Se llama Carmen y es de madera: así es la máquina de hacer flamenco

El Museo Interactivo de la Música alberga en su interior uno de los ejemplares de la impresionante creación de Ignacio Rodríguez, una caja capaz de hacer sonar cualquier ritmo con duende

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Si se cierran los ojos, el oído tarda unos segundos en percibir que algo falla. Parecen tacones sobre un tablao, palmas acompasadas o incluso golpes en una mesa durante un cuadro flamenco. Pero no. El timbre tiene algo diferente. Con el oído a secas es prácticamente distinguir de qué se trata, y una vez el espectador contempla lo que está marcando el ritmo, la pregunta es siempre la misma: «¿Eso qué instrumento es?». En el Museo Interactivo de la Música de Málaga (MIMMA) hay una caja llena de duende, y es una de las pocas que hay en España capaz de llevar el compás de una bulería.

Se trata de la máquina de flamenco de Ignacio Rodríguez, llamada coloquialmente 'Carmen'. Básicamente, la creación consiste en un mueble, de estructura similar a la de un piano, con una serie de palancas y niveladores que permiten al músico reproducir infinidad de ritmos flamencos de forma automática. Aparentemente es complejo, pero en cada una de las palancas está indicado qué parte de la armonía rítmica interviene si es accionada. Así, con un simple gesto, se pueden incluir tresillos, repiques o escobillas a cualquier compás, con una sonoridad perfecta y al tempo deseado (con la exactitud de un metrónomo).

El guitarrista Francisco Martín Cerdán, habitual de los espectáculos del MIMMA, se reúne con SUR para tratar de utilizar la máquina en vivo. Admite que es la primera vez que la ve en funcionamiento. «La conozco de verla aquí y de algunos vídeos, pero nunca he podido trastearla», comenta. Con gesto curioso, comienza a subir y bajar palancas. Las veinte bolas de madera conectadas a sus respectivos percutores suben y bajan, a diferentes intensidades, velocidades e intervalos. La mecánica es similar a la de los piñones de una bicicleta, con veinte engranajes (uno por esfera) adheridos a un eje central que no deja de girar.

Al principio hay algo de caos, pero enseguida el ritmo cobra fuerza e inspira al músico a sacar la guitarra de la funda. Coge una silla. Afina y lanza los primeros acordes. No puede ocultar una pequeña sonrisa, porque suena, y suena muy bien.

Distintos tempos

Carmen permite a Francisco llevar de un lado a otro la bulería, a todos los tempos humanamente practicables, por todos los palos y con todos los adornos que hagan falta. Incluso una vez finalizada la demostración (y pese a que tiene una actuación en menos de diez minutos) quiere seguir probando. «Baja la velocidad, y ponla por soleá», le pide a Ángel, uno de los técnicos del museo. Francisco y Carmen tocan un rato más, y los presentes (algunos responsables y trabajadores) se miran sorprendidos, toman imágenes con los teléfonos y comentan lo curioso de la creación.

El inventor –que ha estado asesorado por músicos a lo largo del proceso creativo–, presentó su creación en el año 2015, y desde entonces ha girado por algunos escenarios y se ha utilizado como elemento didáctico, aunque la producción del instrumento ha sido baja y su popularidad todavía no está en el punto más alto.

En el propio MIMMA, según explican, suele llamar la atención de los visitantes, aunque por lo general no se hacen demostraciones porque el funcionamiento es algo engorroso. En cambio, la pared refleja una actuación en la que se puede ver y escuchar a Carmen en plena acción.

Junto a esta invención descansa uno de los primeros prototipos, solo que en vez de ser electrónico, requiere de que una persona gire una manivela. Las opciones de adornar el compás son menores, pero la máquina permite tocar todos los palos. En vez de haber 20 bolas, el sonido se produce por el contacto de dos zapatos de madera contra una superficie similar a la de un tablao.

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