Aquel verano de Isabel Bono

En esta casa, ya inexistente, próxima a La Victoria y Fuente Olletas, transcurrió aquel verano. / SUR
Málaga en Verano

«Aquel verano no sé si aprendí algo. Quizá que ni los amigos ni la vida nos pertenecen del todo. No hay vida que no sea de alquiler»

Pedro García
PEDRO GARCÍA

Unos metros antes de llegar a la casa de mi abuela, frente a la casa de Jesús, había una cochera. La vi abierta muy pocas veces. Recuerdo a un hombre con las uñas negras y un cigarrillo en la boca, siempre quieto, sentado en una silla de anea. Llegué a pensar que sólo estaba allí para decirme ‘Niñaaa’, cada vez que pasaba por delante. Aunque el recuerdo más persistente es el miedo. Más que miedo, asco, el asco a pasar cuando la cochera ya estaba abandonada. El poste de la luz, que ocupaba la mitad de la acera, me obligaba a acercarme a aquella negrura y a aquel olor a gatos muertos. Nunca entendí las dimensiones ni la utilidad de aquel poste de madera del que no brotaba ningún cable.

Para volver a mi casa desde la de mi abuela podía cruzar, cambiar de acera, coches no pasaban. Pero no lo hacía, era mi juego particular. Tomaba aire, aguantaba la respiración y caminaba lentamente como una reina. La reina de Fernando el Católico, la reina de los gatos muertos. ‘Otra vez con el corazón en la garganta, mira que te tengo dicho que no vengas corriendo’, decía mi madre. Corriendo.

Pronto empezarían a tirar las casas para construir bloques de pisos. El primero sobre la cochera, el segundo sobre la casa de los Sánchez. Las tres casas matas quedaron encajonadas entre dos muros blancos. Yo, que entonces creía que el hielo era blanco, empecé a decir que mi abuela vivía en la Patagonia, entre dos glaciares. Afortunadamente, a esas alturas, las niñas del colegio ya no creían mis historias.

«Nos pasamos aquel verano peleando por un gato de plástico relleno de caramelos al que llamábamos Ratón Cotolito, por la canción»

Antes de que Odila y Paco se mudaran a la casa central y de que en la casa de los Zarzalejo pusieran una guardería, tenía amigos nuevos cada verano. Amigos de alquiler, les llamaba. Recuerdo sobre todo a un niño lleno de ronchas y a los de Cáceres. Las ronchas, decía su madre, eran por su afición a comerse las cabezas de las cerillas. La afición de los de Cáceres era comer patata cruda. Me maravillaba la excentricidad de mis nuevos vecinos, y digo excentricidad porque pobres no eran.

Una vez, la chica que limpiaba y cocinaba en su casa me ofreció un trozo. El primer mordisco me dejó los dientes ásperos. Lo tragué sin masticar. El resto lo fui escupiendo cuando no me miraban, mientras jugábamos a darnos balonazos en el patio. Siempre me he preguntado si se darían cuenta.

Los de Cáceres eran tres niños muy guapos. Un niño de ojos azules, y sus dos hermanas de melena lisa y brillante. Nada que ver con el pelo rizado de las hijas de María la del huerto. Tampoco se parecían en la ropa que usaban ni en los modales. Aunque a las otras niñas nunca las vi comer patata cruda.

«La afición de los de Cáceres era comer patata cruda. Me maravillaba la excentricidad de mis nuevos vecinos»

Los de Cáceres tenían un gato de plástico relleno de caramelos, de gajos diminutos muy duros que se pegaban a las muelas. Un gato con la cabeza gorda y el cuello largo muy fino. Era un gato, pero le llamábamos Ratón Cotolito, por la canción. Nos pasamos aquel verano peleando por él. Mi madre, harta de rabietas, lo buscó por todas partes. Nada. A cambio me compró un bañador. Aquella felicidad a rayas me duró dos días.

En otoño volví a pedirlo por mi cumpleaños. Mi abuela no descansó hasta encontrarlo más allá de Fuente Olletas. Ahora Fuente Olletas está a dos minutos de Fernando el Católico, pero entonces parecía estar más lejos que la misma Patagonia.

Aquel verano no sé si aprendí algo. Quizá que ni los amigos ni la vida nos pertenecen del todo. No hay vida que no sea de alquiler.

Treinta años después coincidí con aquel niño. ‘¿Conservas a Cotolito?’, pregunté sin mediar saludo siquiera. Él podría haber dicho ‘¿Cotoqué?’, y yo me hubiera ido a casa con el corazón en un pañuelo. Pero bajó la cabeza y dijo ‘No’.

Los de Cáceres se fueron. En aquella calle todo acababa por desaparecer. La casa de María la del huerto, Jesús, Villa Victoria, el olor a gatos muertos y hasta el poste de la luz. Yo también me fui. Nos fuimos a un piso con sofá blanco y ceniceros enormes en el portal. Un portal inmenso que nunca olió a lejía como las manos de aquella chica que me ofreció patata cruda, donde el portero me llamaba por mi nombre y me saludaba con una leve reverencia. Un piso sin personalidad y con terraza, desde donde mi madre señalaba un solar con cañas y nos decía, rebosante de juventud ‘Ahí pondrán columpios’.

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