«Tenemos una relación indigna con nuestro pasado»

'Los pacientes del doctor García' es la cuarta entrega de los 'Episodios de una guerra interminable' que la escritora inició en 2010 Almudena Grandes desentraña la red que cobijó en España a nazis y criminales de guerra al amparo de Franco y los aliados

MIGUEL LORENCI MADRID.

Impostura y fracaso. Son las palabras clave en 'Los pacientes del doctor García' (Tusquets), la novela con la que Almudena Grandes (Madrid, 1960) avanza en sus 'Episodios de una guerra interminable'. Es la cuarta entrega de su ambicioso y galdosiano proyecto, en el que revisa un pasado reciente «con el que tenemos un relación indigna y anormal». Ofrece una versión alternativa «a la historia que escriben los vencedores» y reivindica el papel «primordial» de una burguesía republicana «que ha sido exterminada del relato de la guerra y la posguerra». La escritora desenmascara a los actores de la red que en la España franquista ayudó a casi un millar de nazis y criminales de guerra a eludir la justicia a partir de 1945 y sus tentáculos en Argentina. Lo hizo con la connivencia del régimen y ante la pasividad de los aliados, «los verdaderos malos de la película», dice la escritora, que reivindica en toda la saga el papel de los «resistentes» que fracasaron en su lucha «armada, política y diplomática» contra el franquismo cuatro décadas.

La clave de la trama y del relato es Clara Stauffer, Clarita, española de origen alemán, nazi, falangista, deportista y propagandista de la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera. «Era un personaje irresistible y es el motor de la novela», explica la escritora. Dio con ella en un libro y disparó su imaginación cuando supo que la «guarida de lobo», su casa, estuvo en el número 14 de la calle Galileo de Madrid, «por donde he pasado millones de veces». «En España nunca pillaron a aquellos criminales -del croata Ante Pavelic al belga Leon Degrelle-, totalmente amparados por la estructura del Estado; por las familias y las personas más poderosas», denuncia Grandes. Mezcla hechos y personajes reales y ficticios en una autentica «parada de monstruos» en la que los peor parados son los aliados, «a quienes les gustó más Franco que los republicanos españoles, solos y aislados en mitad de la nada». «Los nazis se sentían como en casa» protegidos por el aparato franquista a través de Stauffer, «la única mujer en la última lista de las 104 personas reclamadas por Naciones Unidas relacionadas con el nazismo y España nunca la entregó», explica Grandes.

Además de «la historia del fracaso diplomático en la lucha contra el franquismo», es una novela «sobre la impostura y las falsas identidades», según su autora. De gente normal que adopta otra identidad para penetrar en la red Stauffer. «Una historia sobre la amistad, de héroes a su pesar; de personas muy normales que acaban asumiendo riesgos y peligros enormes por motivos tan corrientes como la lealtad entre amigos que se salvan la vida mutuamente», explica la autora. «He seguido las enseñanzas de don Benito Pérez Galdós para contar desde abajo la historia de gente corriente», precisa.

«La historia la escriben los vencedores, pero su versión no tiene por qué ser eterna»

Trata de iluminar un periodo «oscuro, terrible y penoso» de nuestra historia reciente. «Un pasado con el que España tiene una relación indigna», asegura. Cita como «una de nuestras grandes anomalías democráticas» que los archivos de aquellos años de plomo «no sean de libre disposición». «La batalla de la memoria se ganará por la ley de la gravedad, no por la Ley de la Memoria Histórica. Se abrirán esos archivos y tendremos una relación más digna con nuestro pasado», vaticina Grandes.

«España es el único país de Europa sin una política pública de memoria. La única democracia europea surgida de un régimen totalitario que no inició su andadura con una denuncia expresa y una ruptura de vínculos con la dictadura anterior», lamenta la escritora. «Fundamos en la Transición un insólito estado de autocomplacencia», señala. «La historia la escriben los vencedores, pero su versión no tiene por qué ser eterna», asegura la autora, que se documentó a fondo para ofrecer su versión alternativa. Una mezcla de realidad y ficción que la reconcilia con su formación de historiadora. «La norma de la historia es la verdad. La de la novela es la verosimilitud», plantea. «No hubiera podido escribir estos libros de no haber estudiado Historia en la universidad. Creí que no servía para nada, pero estaba muy equivocada», dice.

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