Pablo d’Ors: «La Iglesia no ha sabido estar a la altura de los tiempos»

Pablo d’Ors, momentos antes de pronunciar su conferencia en La Térmica. /Álvaro Cabrera
Pablo d’Ors, momentos antes de pronunciar su conferencia en La Térmica. / Álvaro Cabrera

«La separación es la gran perversión del ser humano», defiende el autor, que ayer presentó en La Térmica su nueva novela, 'Entusiasmo'

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Casi una hora antes de que comience la presentación ya se han vendido los 25 ejemplares de ‘Entusiasmo’ (Galaxia Gutenberg) que había disponibles. Otra señal de la extraordinaria acogida de los libros de Pablo d’Ors, autor de la ‘Biografía del silenció’ (Siruela) de la que se han despachado más de 100.000 volúmenes. Escritor, sacerdote y consejero del papa Francisco, D’Ors protagonizaba ayer una nueva cita en La Térmica del ciclo Málaga 451, en el que hoy comparece Belén Gopegui (20.00 horas).

Su nueva novela relata el proceso de construcción de la identidad de un joven de unos veintitantos años. ¿Qué opina de ese afán contemporáneo por mantener la juventud más allá de los 40?

–A mi modo de ver es una estupidez, como tantas otras que cometemos. Es verdad que el contexto cultural influye y no es lo mismo ser niño ahora que en el siglo XVI, pero no hasta el punto de violentar lo que corresponde biológicamente a cada etapa. El mito de la juventud ha hecho mucho mal. Tampoco creo que haya que mitificar ala ancianidad, pero la experiencia es fundamental.

¿Ha cambiado su experiencia como escritor con el paso de los años?

–Sostengo que la escritura es un ejercicio espiritual. Casi siempre asociamos la escritura con la cuestión mental, pero siempre digo que escribir es un trabajo manual, no mental. Es la propia escritura la que te revela lo que tienes que escribir, no lo descubres tú antes.

En apenas un rato se han vendido 25 ejemplares de ‘Entusiasmo’ aquí, en La Térmica. ¿Cómo se maneja con la vanidad?

–Escribimos y leemos novelas quienes tenemos un infinito interés en saber quiénes somos. No es una afirmación ególatra, sino la afirmación del buscador, del que mantiene las preguntas fundamentales abiertas. La pregunta por uno mismo es lo que late detrás de la novela. La novela nace de la modernidad, es épica del individuo y supone ciertamente una mirada a uno mismo. Esa mirada puede ser vanidosa si uno se queda en el yo superficial, mientras que si miras al yo profundo, no es un acto vanidoso. La novela tiene que hacerse cargo de la oscuridad, pero tiene que ir al núcleo de luz que también somos. La vida no sólo son bofetadas, también son caricias. Y la literatura tiene que hacer justicia narrativa a la realidad y si hablas sólo de lo despiadada de la vida, tu visión es superficial, porque la vida no es sólo eso, ni siquiera es fundamentalmente eso.

Pese a lo que dicen los informativos.

–Pese a eso (Sonríe). Y pese a lo que dice la gente. Tenemos una sombra a la que damos cauce mucho más que a la parte luminosa.

¿A qué cree que se debe?

–A que es más fácil acceder a lo superficial que a lo profundo. Además, creo que no nos han dado los instrumentos para entrar en nosotros mismos.

En esa búsqueda de uno mismo, ¿dónde queda la fe?

–Lo que me preocupa sustancialmente es la confianza. Para mí fe es, sustancialmente, confianza.

¿En qué?

–En la vida, en los demás, en ti mismo, en el futuro… Fe es, en primera instancia, confiar y sólo en segunda instancia, creer. Primero confío en ti y luego creo en lo que tú me dices. La fe hay que plantearla en estos términos. Para mí Dios es la menor de mis preocupaciones en el mundo espiritual, porque creo que si estás centrado en la realidad, en el otro y en ti mismo, seguramente, emergerá de un modo u otro eso que llamamos fe.

¿La buena vida es enemiga de la fe religiosa?

–Tiene que haber un acto de apuesta, de coraje, de ruptura, de búsqueda de cambio y si estás demasiado cómodo, quizá no surge.

¿En esa lógica de cambio y ruptura inscribiría el nombramiento del papa Francisco?

–Creo que sí. Es un cambio de rumbo con respecto al anterior pontífice. Eso es claro. Creo que nos hacía falta una persona así, que mira a las personas más que a las ideas o a las estructuras.

¿Y entiende que los jóvenes se alejen de esas estructuras?

–Si no lo entendiera sería tonto. El alejamiento de las personas de la institución eclesial obedece no sólo a una realidad sociológica secularizada, sino que también obedece a que seguramente la Iglesia no ha sabido, o no hemos sabido, estar a la altura de los tiempos, responder a la sensibilidad y al lenguaje contemporáneo.

Ese asunto también está presente en ‘El entusiasmo’.

–Así es. La Iglesia creo que no ha sido novelada en los últimos 30 años y creo que es necesario, porque hay millones de personas que se dicen católicos y creyentes.

¿Siente que esa es su misión como escritor?

–Eso sería demasiado presuntuoso. La única misión del escritor es ser él mismo lo más posible y escribirlo. Creo mucho en el poder de la palabra. Escribir es un acto de amor porque solamente amando nos sentimos uno. Cuando estamos separados, nos sentimos mal. Cuando estamos unidos, nos sentimos bien.

Esa última frase, con la que está cayendo en Cataluña, tiene su miga.

–Sí. Exacto. Quizá por eso convenga decirlo más que nunca: la experiencia mística es la experiencia de la unidad. Y por tanto el problema fundamental del ser humano es la separación, la fractura, la división también social. La separación es la gran perversión del ser humano.

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