María Kodama: «No soy la viuda de Borges, soy el amor de Borges»

María Kodama dialogará esta noche con Juan Manuel Bonet en el marco de la cuarta edición de La Noche de los Libros./Francis SIlva
María Kodama dialogará esta noche con Juan Manuel Bonet en el marco de la cuarta edición de La Noche de los Libros. / Francis SIlva

«Si hubiera sabido que Borges iba a dejarme su obra, me habría negado», sostiene la presidenta de la Fundación Jorge Luis Borges, uno de los reclamos de La Noche de los Libros que hoy se celebra en La Térmica

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

El vuelo transoceánico le ha dejado una leve afonía que asume con el estoicismo japonés heredado de su padre, Yosaburo Kodama. Con 16 años su vida se cruzó con la de Jorge Luis Borges y desde la muerte del escritor custodia su legado. María Kodama (Buenos Aires, 1937) acude a La Térmica para presentar una exposición con fotografías de sus viajes con el autor argentino y para ser una de las protagonistas de la cuarta edición de La Noche de Los Libros, que hoy se celebra en el centro de la Diputación Provincial.

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¿Cómo era la vida con Borges?

–Fascinante. Muy especial. Lo conocí de una manera totalmente loca. Yo tendría unos diez años y leía todo lo que caía en mis manos y un día leí «Nadie los vio desembarcar en la unánime noche» (la frase inicial de 'Las ruinas circulares') y quedé impresionada. No entendí nada, pero me impactó muchísimo. Por eso fue tan emocionante cuando tantos años después me dieron un libro para que hiciera el prólogo, un libro en el que Victoria Ocampo describía una serie de fotografías a Borges y él le iba contando qué había sucedido en cada lugar. Leí atentamente cada descripción de cada foto hasta que llegué a una en la que le dice a Borges: 'Acá hay una casa que tiene un jardín a la derecha y una escalera a la izquierda' y Borges contesta: 'Ah, si es esa, es la casa de la calle Anchorena, donde en una semana escribí 'Las ruinas circulares'. Durante aquella semana, iba a la biblioteca, comía con mis amigos, caminaba, pero lo único que quería era volver a esa casa, porque nunca, ni antes ni después, pude escribir algo con la intensidad con la que yo escribí ese cuento'. Yo lloraba, porque esa intensidad es lo que sintió una chica de 10 años que no entendió nada, pero que quedó prendida.

¿Cree que esa intensidad es la clave de la fascinación que sigue despertando la obra de Borges?

–Creo que sí, porque esa intensidad está ahí. Yo sentí esa intensidad con diez años, con ese cuento. Para mí ese es 'el' cuento.

Habla de 'el' cuento y justo la trayectoria de Borges ofrece la singularidad de haber quedado en el canon universal sin haber escrito una novela.

–Es que no le gustaba escribir novelas. Toda la obra de Borges está traspasada por la Filosofía, por la Ética… No es una obra que cuenta algo, sino que contiene todas las teorías filosóficas que leyó durante su juventud. Lo que hace de Borges algo tan especial es que no cuenta una historia del tipo 'Nos encontramos, nos amamos, nos odiamos, nos encontramos'. No es eso. Él no cuenta nada. Es otra historia la que él hace.

¿Cuál sería esa historia en su opinión?

–Él pone al descubierto la esencia de la vida, de las situaciones, de las relaciones, a través de las teorías filosóficas.

El precio de la sinceridad

Al ver la exposición recién inaugurada en La Térmica con imágenes de sus viajes juntos viene a la memoria aquel verso de Borges «No nos une el amor, sino el espanto», porque parece que su caso fue justo el contrario.

–(Sonríe en silencio unos segundos) Es que eso lo escribió para Buenos Aires. Él va haciendo la descripción de su ciudad y dice eso de 'No nos une el amor, sino el espanto / será por eso que la quiero tanto'. Es la relación que tenía con la ciudad.

Da la impresión de que Borges tenía con las ciudades una relación similar a la que podía tener con las personas.

–Él era una persona que explícitamente decía lo que pensaba y eso generalmente no caía bien. No siempre gusta que le hagan ver a uno los errores que comete y él lo hacía, siempre de una manera educada y a veces un poco irónica, por eso escribió aquello sobre Buenos Aires, porque el amor y el odio, el espanto, son dos caras de una misma moneda. Uno no puede odiar a cualquiera.

Como custodia del legado de Borges, ¿ha sentido más ese amor o ese espanto?

–Ah, no, no… Si no lo amara no defendería su obra. Él me ha dejado gran parte de su obra y si la defiendo es porque la amo. Yo no sabía que me dejaba eso. Soy una persona muy libre, mi padre me crió para ser libre e independiente. Él lo sabía, por eso cuando entrábamos en algún tipo de discusión, le decía 'Usted siempre dice que mi padre me educó para usted. Pues esto es lo que dice mi padre'. Y ya. Soy una persona libre. No soporto ningún tipo de atadura.

¿No se siente atada a Borges y a su memoria?

–No. No lo considero una atadura, es otra cosa, un vínculo, un vínculo maravilloso.

Su custodia del legado de Borges ha deparado diversas controversias, desde el enfrentamiento con la prestigiosa editorial La Pléiade hasta el procesamiento de Pablo Katchadjian por autoeditar un libro titulado 'El aleph engordado' y realizado a partir del célebre relato de Borges.

–¡Ah, sí! Pero siempre encuentran controversias. Son personas frustradas, que querían apoyarse en una figura, existir a través de una figura. No quería eso ni me interesaba eso. Una señora que había querido casarse con él y que manejaba toda la prensa y los 'señores' que querían manejar una obra que nunca habrían podido hacer… Yo no sabía que Borges iba a dejarme su obra, porque si lo hubiera sabido me habría negado. Me enteré cuando el abogado me llamó a Ginebra para decirme que Borges había dejado su obra para que yo la cuidara. Él sabía cómo era yo: estilo japonés, palabra dada, palabra dada.

El legado del escritor

También le han llovido las críticas entre quienes entienden que su celo es excesivo.

–Pienso que son pobres personas, porque tratan de subirse a la obra de otro para llamar la atención sobre ellos y eso me parece muy terrible y muy triste para esa gente. Yo, por ejemplo, escribo, toda la vida he escrito y nunca quise publicar. Escribo porque me gusta, me da placer, para mí es una forma de fuga de la realidad. Y sólo por una razón muy especial y muy triste se publicaron unos relatos míos y la crítica decía 'Qué increíble que desde los 16 años al lado de Borges y ni el estilo ni los temas tienen nada que ver con la obra de él'. Eso es justo lo que a él le fascinaba de mí.

¿Ha sentido el peso de ser la viuda de Borges?

–Es que no soy la viuda de Borges, soy el amor de Borges. Él es mi amor y está en mí como yo estoy en un punto del universo en él. No. Para nada. No siento ningún peso. Si sintiera el peso hubiera tirado otro a cualquier lado.

Empezábamos esta charla con la pregunta sobre cómo era la vida con Borges. ¿Cómo es ahora la vida sin él?

–¡Ah, no, está conmigo! No siento que no está. Sé que no está, pero no siento interiormente que no está. No existe ese 'sin'. Supongo que sucede a todas las personas que realmente han amado a alguien cuando ese alguien ha partido. Si no sería tristísimo.

La exposición podrá visitarse hasta el 8 de julio.
La exposición podrá visitarse hasta el 8 de julio. / Francis Silva

Un paseo fotográfico por los viajes de la pareja

Una barbería de Estambul y una cena romántica en un restaurante, un paseo con la piel tersa y el pelo oscuro y otro ya con canas, pero con la misma sonrisa, los mismos brazos entrelazados. El álbum de recuerdos de cualquiera, sólo que aquí aparecen un escritor esencial y su compañera durante décadas. Jorge Luis Borges y María Kodama vuelven a reunirse en las salas de La Térmica en la exposición 'Borges & Kodama: encuentro infinito', presentada ayer a modo de preámbulo de La Noche de los Libros que hoy tomará el centro de la Diputación Provincial.

La exposición reúne 51 instantáneas, podrá visitarse en La Térmica hasta el 8 de julio y está organizada junto a la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. Con ese material, el proyecto se plantea como «una metáfora de las obsesiones» de Borges (1889-1986), en palabras de la comisaria del montaje, Cristina Carrillo de Albornoz.

Ahí están los laberintos, el paso del tiempo y el papel de los sueños como algunos de los asuntos que cruzan la obra literaria de Borges y que ahora desfilan por la exposición de La Térmica.

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