«Mientras los escribo, todos mis libros me parecen horrorosos, una porquería»

El escritor Javier Marías, ayer, durante la presentación de su novela 'Berta Isla'. :: diego pérez / EFE/
El escritor Javier Marías, ayer, durante la presentación de su novela 'Berta Isla'. :: diego pérez / EFE

La nueva novela de Javier Marías, 'Berta Isla, es una historia «sui generis» de espías sobre la espera, el secreto y las identidades

MIGUEL LORENCI

Madrid. ¿Es 'Berta Isla' la última novela de Javier Marías? «Ahora pienso que sí, pero ya veremos», responde a la gallega el escritor y académico madrileño (1951), que cada vez que concluye un libro da por cerrada una carrera que, sin embargo, dura ya más de cuatro décadas. Alfaguara publica la nueva novela de Marías, que aparece en «tiempos insustanciales, de creciente manipulación y superficialidad». Es «la crónica de una espera», una historia de espías «sui generis» en torno al secreto, el azar, el fingimiento y la fragilidad del amor. Es la decimoquinta de su autor en los 45 años transcurridos desde que publicara 'Los dominios del lobo' y llega tres años después de 'Así empieza lo malo'.

Marías se dice inseguro y está tentado de no publicar más. «Todos mis libros, mientras los escribo, me parecen una porquería. Algo sin pies ni cabeza, horrorosos y muy malos», dice quizá con falsa modestia. Sus editores, críticos y lectores convencen de lo contrario a este firme aspirante al Nobel.

Y eso que Marías cree que apenas quedan lectores capacitados. Que vivimos «tiempos de pasmosa superficialidad y de una falta de atención endémica». Una superficialidad que no solo afecta a los jóvenes, «que se contagia y amplifica» en una era digital que nos hace retroceder en lugar de avanzar. «Nadie lee nada, y lo peor es que apenas se entiende lo que se lee; se critican mis artículos sin leer ni valorar mis argumentos», lamenta. Pero no bajará el listón. «No estoy dispuesto a escribir novelas bobas, superficiales, con tontunas copiadas de autores americanos», dice. Deja esa labor a las legiones de presentadores y famosos «que se creen capaces de crear una novela por saber leer y escribir».

Otra consecuencia de este tiempo digital e insustancial es la creciente capacidad de manipulación, especialmente entre los más jóvenes, «como hemos visto con los terroristas de Barcelona y Cambrils». «Los medios de hoy para manipular no tienen parangón, son brutalmente eficaces», dice Marías, que usa un móvil vetusto, que no ha pasado del SMS y que aún escribe a máquina. «Me pregunto: ¿Qué habría sido del mundo si Goebbels hubiera tenido Twitter y Youtube?». Y la respuesta es aterradora. «El mundo sería nazi, si es que ya no lo es. Habrían ganado la guerra, seguro, si vemos lo que los nazis lograron con la radio, la prensa y las películas de Leni Riefensthal», aventura. «Cada vez se piensa menos. Se funciona con ideas recibidas y lugares comunes, y si no se cuestionan las ideas recibidas, el panorama es terrible», asegura.

«Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido», se lee en la primera y esclarecedora línea de la nueva novela de Marías. Berta Isla y Tomás Nevinson protagonizan una peripecia sentimental en torno a los secretos, la incertidumbre, las zonas oscuras de la identidad, la desaparición y el azar. Ambos son viejos conocidos de los lectores de Marías, que los rescata de narraciones anteriores. Se conocieron en el British Council de Madrid e hicieron pronto planes para irse a vivir juntos. Pero su convivencia será «intermitente», ya que el marido aparece y desaparece.

Un tema, dice Marías, tan antiguo en la literatura y tan universal «que ya está en la Odisea» y que él ha tratado en otras de sus novelas. Berta es así una Penélope del siglo XXI y Tomás, o Tom, un Ulises de identidad escindida, de padre inglés y madre española enmascarado tras insondables secretos y muy dotado para la imitación y los idiomas. Lo explica la propia Berta sirviéndose de una cita de Dickens: «Cada corazón palpitante es un secreto para el corazón más próximo, el que dormita y late a tu lado». «Es una historia parcialmente de espías, pero sin aventurillas ni misiones complicadas», aclara Marías.

«Espiar es una bajeza, una vileza tan antigua como el ser humano», admite Marías, pero es algo que aceptamos sin demasiados remilgos. «Ahora que reclamamos transparencia, que nos hemos vuelto locos con ella, acabamos aceptando las zonas oscuras», dice. «La gente no es estúpida, se acepta que haya cloacas y se comprende que es una memez querer saber qué hacen los servicios secretos», concluye.

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