«Busco la luz tras la tinieblas de la vida»

Rosa Montero. :: M. Atrio/
Rosa Montero. :: M. Atrio

Rosa Montero gana el Nacional de las Letras por el compromiso «vital y existencial» que encierra la obra de la narradora y periodista

MIGUEL LORENCI MADRID.

En mayo la Real Academia Española le cerraba sus puertas. Seis meses después el Premio Nacional de las Letras consagra a Rosa Montero como una de las grandes de nuestra literatura contemporánea. Lo ganó por «la creación de un universo personal que refleja sus compromisos vitales y existenciales», lo que el jurado calificó como «la ética de la esperanza». Reconoce la «larga trayectoria novelística periodística y ensayística» de Rosa Montero Gayo (Madrid, 1951), autora de una quincena de novelas en casi cuatro décadas y que se siente «en plena madurez».

En poder del Premio Nacional de Periodismo y de varios de los grandes premios literarios, recibía «emocionadísima y agradecidísima» un galardón «que alivia esa inseguridad propia de los escritores» y le aporta «el sosiego que da esa sensación de llegar a casa». Reconoce que «tapona ese agujero interior que llenamos con palabra los novelistas». Siente «que vivir es deshacerse en el tiempo» y que al escribir «se conjura esa sensación desasosegante».

Dotado con 40.000 euros, el Nacional de las Letras es el segundo en el rango institucional tras el Cervantes. En su nómina no abundan las mujeres, y Montero es su quinta ganadora. «Eso forma parte del sexismo en el que vivimos», dice la escritora, que toma el testigo de Carme Riera (2105), Ana María Matute (2007), Carmen Martín Gaite (1994) y Rosa Chacel (1987), ganadoras en las 34 ediciones del premio fallado por primera vez en 1984. «Hay montones de escritoras maravillosas y es lógico que aumente el número de mujeres», dice Montero.

Admite que todas sus novelas desde la lejana 'Crónicas del desamor' (1979) «comparten el tono existencial» al que alude el jurado. «El paso del tiempo, que es una obsesión, la muerte, la capacidad de sobrevivir al fracaso y abrir puertas en la vida son mis temas recurrentes», señala. «Si la literatura del siglo XX es existencial, la mía más: obsesionada por cómo nos hace y nos deshace el paso del tiempo», reconoce. «Vivir es deshacerse en el tiempo yo escribo sobre eso, buscando la luz que hay al otro lado de las tinieblas de la vida», asegura. Cree, como el pintor Georges Braque, «que el arte es un herida hecha luz» y que «lo mejor que puedes hacer con las heridas es tratar de convertirlas en luz».

El premio sorprendió a Montero en plena grabación de 'Ochéntame otra vez' un programa de TVE que evoca los años en que emergió a la literatura esta periodista que disfruta hoy de la «madurez» que impulsó su decimoquinta novela, 'La carne', una «intriga emocional» protagonizada por una mujer que llega a los sesenta acosada por el miedo a envejecer.

Psicóloga además de periodista y narradora, se siente «más libre que nunca». «La novela es un género de madurez y en las tres últimas he tenido esa sensación de potencia, de más domino sobre mis recursos». «Escribir es remar mucho, y sigo haciéndolo como una 'galeota', aunque en otro tiempo me sentía más perdida o desorientada. Cuando empiezas es como picar piedra, pero ahora escribo como si bailara y me acerco más al ideal que tengo en la cabeza» se ufana.

Reconoce «haber caído hasta el fondo» para alzarse «montones de veces». «Ni pena ni miedo» es el lema que lleva literalmente tatuado en su piel. Un verso del chileno Raúl Zurita «maravilloso y apropiado para quienes cumplimos ya una edad». «La vida es riesgo y sin él no merece la pena», dice convencida. «Hay que vencer la pena por las pérdidas de seres queridos, de los amores y de muchas posibilidades cuando crece el miedo a lo que te espera». «Hay que vivir con plenitud el presente -aconseja- cabalgar la vida y procurar no caerse; pero si el precio del riesgo es caerse, lo asumo», afirma.

Hija de un banderillero y un ama de casa, fue Rosa Montero actriz en su juventud, colaboró con grupos de teatro independiente mientras publicaba en medios como Fotogramas, Pueblo o Posible. En 1976 se incorporó a El País, diario para el que trabajó en exclusiva y del que fue redactora jefa. «Me harté de hacer entrevistas», dice una maestra del género que ha firmado mas de dos millares y que prefiere hoy practicar el periodismo desde la periferia y en los artículos de opinión. «Es un oficio maravilloso, un género literario dignísimo y tan necesario como siempre, o más. No ha perdido sentido ni se ha desvirtuado, pero está en un momento chungo, en plena travesía del desierto en todo el mundo».

Las nuevas tecnologías «han mandado al garete a un modelo de negocio que nadie sabe adaptar para ganar dinero», diagnostica. Una situación que «trajo en cascada cosa tremendas: cierres de medios, la expulsión en masa de profesionales veteranos suplidos por 'juniors' con sueldos de miseria, plantillas más cortas, menos medios, ausencia de editores...Eso genera falta de pluralidad y hace que no se pueda escribir bien ni hacer un buen trabajo», lamenta. «He escrito toneladas de papel desde los 19 años y estoy un poco cansada. No lo dejaré, pero no estaré en primera línea», concluye.

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