Arthur Koestler, el espía que se refugió en una casa en El Limonar en Málaga

Arthur Koestler, con las manos atadas tras ser detenido en Málaga./John Hillelson Agency
Arthur Koestler, con las manos atadas tras ser detenido en Málaga. / John Hillelson Agency

Un libro retrata la detención en la ciudad de Arthur Koestler que, tras jugarse la vida como agente y periodista en la guerra civil, asistió a la caída de la capital y a la Desbandá

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

Compartió copas con Ernest Hemingway, André Malraux, John Dos Passos y como ellos contó como silbaban las balas como anticipo de las bombas en la Guerra Civil. Pero en sus memorias, el periodista y escritor Arthur Koestler (Budapest, 1905-Londres, 1983) pasaba de puntillas por su estancia en Madrid y el conflicto. Por ello, es el menos recordados de aquellos idealistas y comprometidos redactores, pese a que también fue un espía comunista bajo el sol de España y fue el único al que condenaron a muerte. Además, publicó una entrevista con el general Gonzalo Queipo de Llano en un periódico inglés que hizo que los falangistas se la jurasen. Pese a ello, tampoco le gustaba hablar de su paso por la cárcel tras su detención en Málaga. Un misterio a la altura de este enigmático agente y provocador periodista. Un perfil tan atractivo como para que el escritor Jorge Freire (Madrid, 1985) se lanzará a (des)cubrir esas zonas de sombras de la biografía española de Koestler.

«Incluso a final de su vida se resistía a hablar de ello y por eso quise indagar en las razones por las se afanó tanto en ocultar su propia historia», asegura Freire que ha documentado el periplo español del personaje para intentar separar la verdad de las invenciones del propio escritor que, a su juicio, utilizaba alguna que otra mentira como método de defensa para eludir preguntas incómodas. La búsqueda de esa verdad oculta está en el origen del libro que se lee como ficción pese que se trata de una biografía. «Utilizo herramientas de la novela, pero no hace falta inventar nada porque Koestler fue un intelectual atípico ya que también fue un personaje de acción», explica Jorge Freire, que encontró el sentido de su libro cuando visitó El Limonar y descubrió el ambiente que rodeaba Villa Santa Lucía, donde se refugió el periodista.

Arriba, registro del encarcelamiento de Arthur Koestler en la cárcel de Málaga en la que se especifica «detenido incomunicado». Abajo, a la izquierda, el zoólogo Peter Charlmers-Mitchell, en Villa Santa Lucía, donde acogió a Koestler como refugiado. A la derecha, portada del libro de Jorge Freire. / SUR

«No fue difícil imaginar a Koestler viendo desde allí llegar lentamente las tropas italianas que apoyaban al bando franquista», rememora el escritor madrileño, que añade que, en lugar de seguir la marea de la Desbandá por la carretera de Almería, el redactor húngaro aceptó la protección del aristócrata y prestigioso zoólogo británico Peter Chalmers-Mitchell –«un personaje que se merece otra biografía», reconoce Freire–, ya que había sido declarado periodista non grato por el ejército sublevado. Con lo que ello suponía.

Bien recomendado

Además de su militancia comunista –de la que años más tarde se separaría–, la principal razón de esa consideración de proscrito y traidor de Koestler fue aquella noticia en la que Queipo de Llano no quedó muy bien parado a los ojos del mundo. El periodista había llegado con el aval de un periódico de derechas y recomendaciones de Gil Robles y Nicolás Franco. Y la autorización definitiva para la entrevista con el general franquista la dio el malagueño Luis Bolín, que no quedó en muy buena posición cuando posteriormente se publicaba la información en el londinense ‘News Chronicle’. «Le mataré como a un perro», fue lo que exclamó Bolín. Y como si fuera una broma del destino, el vecino de Sir Peter en Villa Santa Lucía no era otro que el mismísimo capitán Luis Bolín que no tardó en aparecer por allí a cobrarse su pieza. Chalmers-Mitchell intercedió, pero la suerte de Koestler estaba escrita hacía tiempo.

Lo cierto es que, según explica el biógrafo Jorge Freire, el periodista y escritor húngaro podría haberse marchado antes de la caída de Málaga, pero no lo hizo y quiso quedarse cuando sabía lo que le esperaba. Un enigma que el protagonista nunca aclaró y para la que el autor de la biografía encontró una respuesta. «Descubrí que la clave estuvo en la ofensiva contra Madrid», señala Freire que explica que el húngaro salió de la capital por un «ataque de pánico» ya que, en su doble condición de espía además de periodista, tenía en su poder dos maletas con pruebas del apoyo nazi a las tropas franquistas. Finalmente, el ejército republicano logró repeler aquella ofensiva y Hemingway y Malraux lo contaron y quedaron como héroes. Y de Koestler nadie se acordó. «Así que aprovechó la caída de Málaga para enmendar lo de Madrid», sostiene el escritor, que hace ya unos años biografió con acierto a la escritora norteamericana Edith Wharton.

La casa en la que se refugió era vecina a la del hombre que había prometido matarlo

Antes de que se lo llevaran a la cárcel de Málaga, Chalmers-Mitchell entregó al periodista y espía húngaro unas dosis de morfina para que pusiera fin a su vida antes de que lo torturasen. Un recurso que «tranquilizó» a Arthur Koestler ya que, como explica su biógrafo», «no tenía miedo a la muerte, pero sí a la forma de morir». De su condena a muerte tras la detención en Villa Santa Lucía también se ha escrito y especulado mucho, aunque Freire sostiene que hay pruebas documentales. El desahuciado prisionero veía como iban cayendo fusilados los presos que rodeaban su celda y, cuando le llegó el turno, se encontró con la sorpresa de que el gobierno británico había negociado su intercambio. Lo canjearon por Josefina Gálvez, mujer del aviador Carlos de Haya que se encargó él mismo de poner a salvo a Koestler al trasladarlo con su avión hacía La Línea, en la frontera con Gibraltar.

De aquella experiencia quedó una novela fundamental, ‘El cero y el infinito’ (1941). Y el convencimiento de que a la muerte no había que temerla. Tal vez por ello y, como si hubiera guardado en el bolsillo aquellas dosis de morfina toda su vida, Arthur Koestler decidió suicidarse en 1983. Poco después de que en un cáncer volviera a condenarlo a muerte.

Fotos

Vídeos