Quijotesco elogio al poder del humor

Don Felipe, doña Letizia y el resto de las autoridades aplauden a Mendoza tras recibir el Premio Cervantes.
Don Felipe, doña Letizia y el resto de las autoridades aplauden a Mendoza tras recibir el Premio Cervantes. / Juan carlos Hidalgo / EFE
  • Lector «forzado» y tardío del Quijote, el escritor sucumbió «contra mi voluntad» al encanto de la universal novela

  • Eduardo Mendoza lo sitúa «en la esencia de la novela moderna» al recibir el Premio Cervantes

alcalá de henares. Con una reivindicación y un elogio del gran poder transformador del humor cervantino agradeció Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) el premio mayor de las letras hispanas. ‘Quijoteó’ Mendoza con ironía, sabiduría y agradecimiento al magisterio cervantino en Alcalá de Henares, la cuna del padre de la novela, en el día grande de la literatura española. El último ganador del Premio Cervantes demostró que pertenece por derecho a la estirpe del creador del ingenioso hidalgo de La Mancha cuya peripecia leyó «forzado» en su adolescencia y «encantado» en su madurez. Aún extrae lecciones de la universal novela hoy «que vivimos tiempos confusos e inciertos». Mendoza recibió ayer de manos del Rey el diploma y la medalla que le acreditan como el ganador número 43 del Cervantes. Fue en la solemne ceremonia celebrada, como cada año, en el centenario Paraninfo de la Universidad de Alcalá y en la que otros galardonados con el premio brillaron por su ausencia. Un acto al que tampoco asistió Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, que delegó en su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría.

En un discurso planteado como «una lección no magistral» plagada de citas a Cervantes y plena de admiración hacia la obra de don Miguel y su irónico humor, este ‘gentleman’ barcelonés residente en el Reino Unido que es Eduardo Mendoza desgranó su relación con un libro que leyó «por obligación» en su adolescencia y al que vuelve con agrado y provecho. Rompió varias lanzas para reivindicar el poder del humor de estirpe cervantina como un género mayor «que ha dado nombres ilustres a la literatura española». «Quiero pensar que el jurado al premiarme a mí premia al género del humor, que a menudo y de un modo tácito, se considera un género menor», lamentó. «Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia», planteó.

Es hoy Mendoza un «asiduo lector de El Quijote». Tras leerlo a la fuerza en los años «de incienso y plomo», admitió que cayó rendido a su encanto «casi contra mi voluntad» cuando presumía enfrentarse a «una tortura dividida en dos partes». Lo leyó «de cabo a rabo» una década más tarde, cuando era un joven «ignorante, inexperto y pretencioso» que llevaba «el pelo revuelto y lucía un fiero bigote».

Pero no sería hasta la tercera lectura, «de madurez», cuando admiró en su plena dimensión «el humor que preside las novela». Un humor de profundo calado «que camina en paralelo al relato, que reclama la complicidad del lector» y «que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo». «Una vez establecido ese vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma», aseguró. A su juicio es ahí donde radica «la esencia de la novela moderna».

Hoy acude Mendoza a las páginas de la universal novela de Cervantes «como quien visita a un buen amigo, a sabiendas de que siempre pasará un rato agradable». Lo volvió a leer «de un tirón» en los días previos a la ceremonia para constatar «que don Quijote esta realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que se le pase por la cabeza».

«La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa. Relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia», agradeció Mendoza el magisterio de Cervantes. «Salvando todas las distancias -confesó- yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos». «Un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie», dijo.

«Contento y muy honrado», llegó Mendoza a Alcalá «disfrazado» con el preceptivo chaqué y derrochando la misma ironía que destila su obra. «A partir de ahora lo llevaré siempre. El vestuario tiene un sentido. Me gusta disfrazarme porque tengo espíritu teatrero», saludó el galardonado. «He venido con la familia para que me critique, y con la ‘cla’ para que me aplauda y me haga la ola», bromeó. Le acompañaban su primera esposa, Anna Soler, y sus hijos Ferran y Álex. «Vivimos tiempos confusos e inciertos. No me refiero a la política y la economía donde lo tiempos son siempre inciertos», denunció Mendoza.

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