Diario Sur

Isabel Bono: «Un premio siempre conlleva sospecha»

sabel Bono, con un ejemplar del libro que presentará el miércoles.
sabel Bono, con un ejemplar del libro que presentará el miércoles. / Ñito Salas
  • ‘Una casa en Bleturge’ (Siruela) es una historia de ausencias y silencios que le ha valido el Premio Café Gijón 2016 de novela, que se presentará el miércoles en Madrid

Para ella la escritura es como tener un superpoder. Lo supo con siete años. De pronto empezó a llorar y cuando su madre le preguntó qué le pasaba mintió por vergüenza. Dijo que se había dado un golpe. En realidad, había leído algo triste. Ahora cree que ‘Una casa en Bleturge’ (Siruela) es algo triste. Una historia de ausencias y silencios que le ha valido el Premio Café Gijón 2016 de novela, aunque ella no está segura de que eso que se presentará el miércoles en Madrid sea una novela, la primera que firma después de haber dado a la imprenta una docena de libros de poesía. Isabel Bono (Málaga, 1964) es una máquina de dar titulares, pero después de casi una hora de charla tiene la sensación de no haber dicho nada. Y eso que se expone en cada frase. Sin coraza ni red. Quizá porque tiene un superpoder, también desde niña: es libre. Y escribe y dice lo que siente. Siempre.

–‘Una casa en Bleturge’ está construida a partir de frases cortas y de capítulos también muy breves. ¿Se trata de una estrategia para estos tiempos de lectores apresurados?

–No. Si lo puedes decir con cinco palabras, ¿para qué lo vas a decir con diez, para rellenar papel? A mí me mosquea mucho eso, cuando notas que el autor está como rellenando para que la novela en vez de 100 páginas, tenga 200. La misma frase dicha varias veces de diferente manera. La retórica. La retórica no la soporto.

–¿Por qué?

–Porque no tiene sentido. No hay que ser retórico. Si te entienden a la primera, ¿para qué vas a decirlo de otra manera? ¿Para qué lo vas a rebuscar, para que no te entiendan? Si para hablar y para escribir lo que pretendemos es comunicar algo, mejor cuanto más sencillo, ¿no? A mí no me gusta que usen retórica conmigo, así que no me gusta la retórica para nadie. A los demás los mido por mí. Entonces, cuando ya tenía esto terminado, pensaba que alguien que no estuviera en el interior de mi cabeza no se iba a enterar, con los diálogos, por ejemplo, que van sin guiones. Pensé: ‘Los pongo con raya’. Y luego decidí: ‘Pues no. Voy a medir al lector por mí’. Si a mí no me gusta que me lo den todo masticado, si me gusta que me hagan pensar, pues trato al lector como me gustaría que me trataran a mí. Supongo que con eso estoy haciendo una criba antes de empezar, porque quizá al que no le guste que le hagan pensar no le va a gustar esto. Por eso creo que el jurado ha comentado que era una novela exigente, que exigía la atención del lector. Hay que estar un poquito atento, pero qué menos vamos a pedir al lector que esté atento.

–¿Le ha exigido más esta novela que sus libros de poemas?

–Sí, porque en los poemas no cabe inventar, ¿no? Si no no sería un poema. Para mí esos poemas en los que el autor se mete en la personalidad de otro, ¿para qué? Escribe un cuento, escribe otra cosa. En los poemas no hay personajes, eres tú, es lo que sientes. Ni siquiera tú, es lo que sientes, en el estado más desnudo posible. Para mí eso es un poema. En narrativa también hay de mí, está lo que siento, pero se lo coloco a personajes para que se manejen con esos sentimientos míos.

–¿Qué distancia hay entre lo que uno es y lo que uno siente?

–Lo que uno siente siempre te lo guardas más que lo que uno es.

–¿Cuánto hay de usted en los personajes del libro, sobre todo en la protagonista?

–¿De este libro?

–Sí.

–¿Por qué?

–Quienes le conocemos un poco intuimos que algunas de las cosas que hace y dice la protagonista bien podría hacerlas y decirlas usted.

–Sí, es verdad. Construyo a partir de algo, a partir de cosas que siento y de cosas que me han pasado. Del aire, yo no sé construir. Cuando pensaba en escribir y buscaba un modelo decía ‘Oh, Vladimir Holan. En una isla. Quince años. Él solo. Masticándose. Y es capaz de escribir los poemas que escribe’. Yo no puedo. Yo creía que aislada iba a escribir, pero necesito salir a la calle, oír conversaciones, ver el gesto de alguien y, de ese gesto, a veces de un gesto, ya estoy loca por volver a casa para tirar de ese hilo, ponerme a contar algo, a inventarme la vida de esa persona, a mezclarla con algo que me haya pasado… Necesito la vida alrededor, si no no puedo escribir, aunque sea salir a la terraza.

–¿Le sucedió con esta novela?

–Yo no sabía que esto iba a ser una novela. Iba escribiendo peldaños, así los llamaba, y tenía uno más y uno más y uno más… Y de repente pensé ‘¿Y si los convierto en una historia?’ Porque estaban sueltos, pero había personajes. Así que los fui uniendo. Cuando tenía como 120 páginas pensé que me faltaban páginas, se lo comenté a Alberto, mi marido, me dijo: ‘Eso, vas al supermercado y te traes dos historias’. Efectivamente.

–¿Tuvo entonces la sensación de que tenía una novela entre manos?

–Cuando escribo no tengo una sensación, porque yo cuando escribo no existo. Yo me pongo a escribir y no estoy en el mundo. Escribir, para mí, es estar en otro lugar.

–Pero necesita la vida.

–Sí, para nutrirme. Pero en el momento de sentarme a escribir, puede estar la casa ardiendo a mis espaldas que no me entero. Para mí escribir adelgaza, porque se me olvida comer. Todo es escribir, construir. Y no es escribir, es estar escribiendo. Lo que me gusta es estar escribiendo, muchas veces escribo por puro placer, en libretas y luego a menudo ni siquiera entiendo mi letra y eso se va quedando por ahí. El gerundio es lo que disfruto. Estar escribiendo.

–Pues hay escritores que dicen que sufren con el proceso de escritura, que en realidad lo que les gusta es haber escrito, a posteriori.

–¿Ve? Yo eso no lo entiendo. Yo no sufro escribiendo. Vamos a ver… He llorado mientras escribía, pero no por sufrimiento, sino porque estaba contando algo que me emocionaba, pero aunque me veas llorar yo estoy disfrutando mientras escribo. Yo no sufro escribiendo. Si sufriera escribiendo no escribiría. Ni los poemas más tristes. Es un placer escribirlo. El acto de escribir es un placer enorme. Para mí no hay nada mejor, nada que puedas imaginar me da más placer que escribir. Así. Nada. A mí me gustaba pintar, pero la mano se me iba a la escritura. Pinté varios cuadros y cuando mi padre vino a verlos me dijo: ‘¿Tú no escribías? Pues escribe’. Eso me sirvió para siempre, porque si no me habría dispersado.

–De ser cuadros, ¿sus textos serían impresionistas? Por la frase corta como la pincelada.

–¡No! El impresionismo no me gusta nada. Me resulta súper ñoño. No. A mí me gusta el expresionismo abstracto, también lo prerrafaelistas, que no tienen nada que ver. Pero a mí me gusta lo sucio, básicamente.

–Nadie lo diría al leer sus textos.

–Navaja. Navaja (Hace el gesto de cortar con el canto de la palma de la mano). Antonio Gamoneda le mandó una vez una carta preciosa a Antonio Muñoz Quintana, donde decía: ‘Cuando escribas, déjate ir como un loco y después, lupa y navaja’. Es que no hay más. Lo que tienes que hacer: escribir lo que tengas que escribir. Y en ese momento ya te pones. Las comas, todas las comas que sobren, fuera. Todos los puntos que sobren, fuera. Todas las palabras que sobren, fuera. Escribir es un trabajo de jardinería, yo lo que hago es podar todo el tiempo, por eso no me avanzaba el libro.

–¿Cuánto tiempo has estado podando el libro?

–¡Uf! Pues desde 2008, aunque no sólo con él, porque en realidad esto no era un libro, eran fragmentos que iba escribiendo. Y a medida que avanzaba veía que tenía una historia. Ha sido algo parecido a un puzzle, a un ejercicio de relojería. Ordenarlo ha sido como hacer bolillos.

–¿Y ya le parece una novela?

–En realidad no lo llamo novela. Lo he empezado a llamar novela cuando el libro ya ha estado publicado. Hasta entonces lo llamaba ‘el libro’. A la gente que lo iba leyendo le preguntaba si les parecía una novela y me decían que sí.

–¿Por qué no lo consideraba una novela?

–Porque tengo complejo o yo qué sé. Es a lo primero que le llamo novela y me da pudor.

–¿Le da más pudor la narrativa que la poesía?

–Sí, porque en poesía tengo ya unos once libros de poemas.

–¿No se siente más expuesta en poesía?

–Sí, claro, pero no me importa exponerme. Si a mí no me importa exponerme… Es el debut… No sé… Es que nunca me habían prestado tanta atención, con los libros de poemas nunca me habían prestado tanta atención y de pronto parece que con una novela…

–¿Por qué cree que se produce ese cambio?

–Se le da más importancia a escribir una novela que a escribir un libro de poemas. Y lo puedo entender. Lo entiendo, porque uno puede tener momentos de una lucidez maravillosa o de una intuición estupenda y por casualidad puedes escribir en tu vida doce poemas buenos, pero escribir una novela que esté bien es muy difícil. No digo que la mía esté bien, no lo llamo ni novela, pero creo que es más difícil mantenerse en 200 páginas que en un poema. La novela tiene mucho más trabajo, sobre todo de continuidad.

–Un escritor envió a la Redacción una obra suya con la siguiente nota: ‘Te mando un libro sospechoso: ha ganado un premio’. ¿Teme esa sospecha?

–No es que la tema, sé que va a haber esa sospecha. Un premio siempre conlleva sospecha. Yo siempre he desconfiado de los premios. Siempre. Y eso que me he presentado a varios.

–¿Por qué se presenta si desconfía?

–Por inseguridad. Siempre me fío más de lo que digan los demás siempre que no sean amigos. Quiero que alguien que no me conozca me diga que no está mal. Esto me ha pasado un poco así. Pensé: ‘Yo quiero saber si esto es una novela’. Luego me dije ‘Pero cómo me voy a presentar… Eso está amañado seguro’. Fue la casualidad de encontrarme en el periódico un anuncio del Premio Café Gijón y dije ‘Este premio sí que sería bonito ganarlo’. Y Alberto me dijo ‘Preséntate’. Llegué a casa y me pensé: ‘Bueno, ¿por qué no?’. Lo mandé porque era por correo electrónico, si tengo que hacer cinco fotocopias, no me presento. Así que le di a enviar y ya está.

–¿Y sigue desconfiando de los premios?

–Sí, claro.

–¿Claro por qué?

–Pues porque no me lo creo. Creo que hay algo o alguien. No digo que no sean limpios, pero siempre hay alguien que influye en que a alguien se le dé un premio. Y todavía tengo que averiguar quién ha hablado bien de mí para que haya ganado.

–¿Piensa en una ‘mano negra’?

–O blanca. Lo pienso porque no confío en lo que escribo. Nunca voy a confiar en lo que escriba. Jamás en la vida. Siempre pienso que hay diez mil que escriben mejor que yo. Tengo amigos que escriben mejor que yo, lo que pasa es que soy simpática o ellos escriben y se lo guardan. No sé. Por eso dije cuando conocí la noticia del premio que los que se han presentado no dejen de escribir ni de presentarse a premios porque un premio no es sólo lo bien o lo mal que escribas. Imagine que hubiera sido otro jurado que quiere otro tipo de historias, una novela más novela, porque yo es que la mía no termino de verla como novela-novela. Veo fragmentos. A ese jurado, pues ese día le gustó ese libro.

–¿Necesita esa desconfianza, esa tensión, para escribir?

–No, qué va. Yo cuando escribo soy feliz. Escribo y al día siguiente lo leo y entonces decido si lo tiro, lo rompo o lo guardo y ya empiezo a pulirlo. Le quito comas. Le quito palabras, siempre es quitar.

–Con las comas tiene una pelea…

–¡Porque estorban al leer! La coma, el punto y coma, los puntos suspensivos. ¡Para qué metes puntos suspensivos! ¡Nunca son necesarios!

–¿No?

–No (Silencio) ¿Qué pasa?

–Yo los uso mucho...

–Ya. Los hombres sois muy de puntos suspensivos. No sé por qué.

–Quizá pensamos que nos hace parecer interesantes.

–No. Os hace parecer inseguros. Y además hacéis dudar al que os lee. Los puntos suspensivos hay que saber ponerlos.

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