Diario Sur

Mankell, en una imagen tomada en junio de 2105, cuatro meses antes de su muerte. :: Nora Lorek / AFP
Mankell, en una imagen tomada en junio de 2105, cuatro meses antes de su muerte. :: Nora Lorek / AFP

Mankell, póstumo y sin Wallander

  • El narrador sueco escribió mirando de cara a la muerte su última novela, una reflexión sobre el final de la vida que llega hoy a las librerías

Cuando Henning Mankell (Estocolmo, 1948-Gotemburgo 2015) comenzó a escribir su último libro sabía que sus días estaban contados. 'Botas de lluvia suecas' (Tusquets) se titula la novela póstuma en español -la publicó en vida en Suecia- que llega hoy a las librerías. El gran narrador sueco prescindió en su adiós literario de su inadaptado inspector Kurt Wallander, pero no de las claves de la intriga criminal en una ficción en la que confronta emociones y reflexiones ante la inminencia del final -el cáncer había iniciado su implacable cuenta atrás-, con las ganas de vivir, amar y seguir escribiendo.

Se olvida de Wallander pero recupera a Fredrik Welin -protagonista de 'Zapatos italianos'-, quien se despierta una aciaga noche otoñal cuando las llamas arrasan su casa en la isla sueca. Con 69 años, el solitario médico jubilado huye del fuego calzado con unas botas de lluvia, las dos del pie izquierdo. Lo pierde todo. Debe mudarse a una caravana y la Policía sospecha, además, que él ha causado el incendio que redujo a cenizas bienes, recuerdos y puede que su futuro.

El protagonista y el autor se enfrentan a un insondable desconcierto. En el otoño de su existencia, atisba la muerte y se apresta a saldar todas sus cuentas con la vida. Al borde de la derrota, conocerá a Lisa Modin, una periodista que debe investigar el incendio y que avivará en él la apagada chispa que le devuelve el gusto por estar vivo y amar. Además, su hija Louise reaparece inopinadamente en un momento crucial, cuando en la terrible soledad de la caravana Welin se aferra a sus recuerdos. Esta es la pasta con la que Mankell construye una novela en la que el dolor y la alegría, la melancolía y la ilusión, se alternan como una ducha escocesa en el constante vaivén del protagonista entre el presente y el pasado. Indaga también en las relaciones intergeneracionales, familiares y sentimentales, y en la mortificación por una paternidad culpable.

Mankell vio publicada la novela en Suecia cuando el cáncer que se le diagnosticó en enero de 2104 era ya irreversible. Para despedirse de sus lectores decidió no recurrir a Wallander, el atípico policía al que dedicó una decena de novelas, con quien convivió casi cinco lustros y que le procuró millones de lectores. Pero no renunció a la intriga, a ese 'género nórdico', -«casi un subgénero de la novela negra», según su editor, español, Juan Cerezo-, en el que fue pionero y a dilucidar en clave de thriller un crimen que es de nuevo el motor del relato.

Es evidente la conexión entre Mankel y el personaje del médico, que nunca pudo librarse del lastre de un error profesional que manchó su carrera. Fredrik Welin tiene 69 años y Mankell tenía 67 cuando se enfrascó en esta historia, batallando con los dolores y la quimioterapia. Mirando a los ojos de la muerte que define como «una anarquista incurable». «La muerte no sigue leyes ni reglas. No se entiende nunca», dirá Fredrik en el libro. «No nos dejan aprender a morir», se queja otro personaje.

Y eso que Mankell había conjurado ya los peores fantasmas en 'Arenas movedizas', su diario del cáncer que antecedió a esta novela. «De repente fue como si mi vida se estrechara. Escaseaban las ideas, una especie de paisaje desértico se me extendía por dentro, en la cabeza», escribió tras superar el golpe y la depresión inicial y anunciar que relataría la evolución de su enfermedad. Lo hizo en una historia blanca y descarnada, nada morbosa, que partió de una vieja pesadilla: el pavor a hundirse en unas arenas movedizas capaces de devorarte sin piedad. Leer y escribir fueron así las armas de «una lucha silenciosa para sobrevivir a las arenas movedizas». «Al final logré trepar como pude y empecé a enfrentarme a lo ocurrido. La idea de tumbarme a esperar a la muerte ya no existía», escribe.

Como cumple al estilo de Mankell, la novela está plagada de cargas de profundidad en las que el escritor sueco descuelga sus opiniones sobre asuntos candentes como la inmigración, la galopante desigualdad, la degradación medioambiental y la miseria que convive con el idílico bienestar de los países escandinavos.