Diario Sur

¿Era Lewis Carroll, autor 'Alicia en el País de la Maravillas', un pedófilo?

El dibujante londinense fue el ilustrador que acabó dando forma a los personajes de ‘Alicia’
El dibujante londinense fue el ilustrador que acabó dando forma a los personajes de ‘Alicia’
  • 150 años se cumplen esta semana de la publicación de su obra magna, que surgió de una historia que Lewis Carroll se inventó para entretener a las tres hijas de su jefe

  • Matemático y clérigo, murió enriquecido por el gran éxito de su obra, pero siempre se ha sospechado de su debilidad por las niñas, a las que solía fotografiar desnudas

Todo comienza en la ribera de un río en un día caluroso. Alicia, una niña de siete años y medio, sentada junto a un árbol, escucha aburrida a su hermana, que lee un libro sin ilustraciones ni diálogos. De repente ve pasar a un conejo blanco con ojos azules que marcha de forma apresurada musitando: «¡Ay! ¡Ay! Voy a llegar tarde». El conejo extrae un reloj del bolsillo de su chaleco y echa a correr. Alicia no había visto nunca nada parecido y decide seguirlo. Ve al extraño animal meterse en una madriguera. La niña atrevida sigue la misma senda y, tras entrar en el recinto subterráneo y avanzar por un túnel, cae en un pozo profundo forrado de armarios y estanterías con libros, de mapas y cuadros. Tiene la sangre fría de coger un tarro con una etiqueta prometedora: ‘Mermelada de Naranja’.

Todo comenzó en realidad en un bote de remos que recorría el Támesis, entre Oxford y Godstow, el 4 de julio de 1862. El día era fresco, con los cielos cubiertos de nubes, cuando un tímido profesor de matemáticas de 32 años, Charles Lutwidge Dodgson, comienza a relatar las ‘Aventuras Subterráneas’ de una niña llamada Alicia para entretener a las tres hijas –Lorina, de 13 años, Alicia, de 10, y Edith, de 8– del decano de su colegio universitario, Christ Church. El reverendo Robinson Duckworth, que acompañaba en esa ocasión al grupo, le incitó a escribir aquella historia que había cautivado a las niñas. Ellas también se lo habían comentado encantadas a sus padres, el decano y gran experto en historia y lenguas clásicas Henry Liddle, y su esposa, con reputación de autoritaria, que igualmente le animaron a llevarla al papel.

Dodgson se puso a la tarea unos meses después y terminó el manuscrito en febrero de 1863. El profesor de matemáticas era el hijo mayor de un pastor anglicano y había crecido con siete hermanas. En su infancia y adolescencia fue director de teatrillos, conciertos y entretenimientos en su casa. Era aficionado a los juegos de palabras, a los acertijos, a los rompecabezas lógicos y al nuevo arte de la fotografía. Él mismo ilustró con sus dibujos el libro terminado.

La editorial Macmillan se interesó por el manuscrito. Dodgson albergaba dudas sobre el título, pero ninguna sobre quién debía ilustrarlo: John Tenniel, el reconocido viñetista de la revista satírica ‘Punch’, que había evolucionado en su carrera hacia un estilo grotesco que encantaba al autor. Finalmente decidió titularlo ‘Alice in Wonderland’ (Alicia en el País de las Maravillas) y firmar con el seudónimo de Lewis Carroll. Dos mil ejemplares fueron editados en abril de 1865. Pero Tenniel, el primer ilustrador que recibió el título de Sir, no aceptó la calidad de la impresión de sus dibujos y se retiró la edición.

Aquellos ejemplares terminaron en Estados Unidos, donde se publicaron datados en 1866, y la nueva tirada de Macmillan para el público británico salió a la venta hace 150 años, el 26 de noviembre de 1865. Se agotó aquella Navidad y desde entonces el libro nunca ha estado fuera de imprenta, con nuevas ediciones e ilustraciones, además de inspirar una veintena de películas, puestas de escena en teatros y más de cien traducciones.

Alicia cae en el pozo profundo sobre una montaña de hojas secas y comienza su itinerario entre pócimas que agrandan o empequeñecen a quien las toma, lágrimas que crean mares, círculos de dodos, ratones y patos que puntualizan sus comentarios corteses o sabiondos, orugas que la interrogan sobre el acuciante problema de su identidad, una duquesa que vive entre pimienta y absurdos refranes, una reina que ordena la decapitación, siempre inconclusa, de cualquiera con quien se cruza en una partida de croquet o una falsa tortuga a la que le cuesta una eternidad contar sus historias, repletas de palabras divertidas o chocantes.

El filósofo Roger Scruton ha escrito en ‘England, an Elegy’ (Inglaterra, una elegía) que Lewis Carroll conectó con «un rasgo profundo y espiritual de los ingleses, su gusto por el sinsentido». Combinan, según esta descripción de su carácter, el respeto a «las formas y las dignidades», también a las de la lengua, y «el deseo de reírse de ellas». William Shakespeare, por ejemplo, incluyó juegos de palabras en sus tragedias.

Pero Scruton precisa que los pioneros de la literatura infantil fueron nórdicos o alemanes –Hans Christian Andersen o los hermanos Grimm– y que Carroll, en la era victoriana de la grandeza y del avance de la ciencia, también del «descubrimiento de la infancia», enlaza con fantasías anteriores en las artes plásticas para encandilar al público con un paisaje campestre presentado como una arcadia mágica, y abre una era de literatura infantil en la que el gusto inglés por los animales se acentúa.

Harold Bloom, el crítico más célebre en la segunda mitad del siglo XX, escribió que la segunda parte de la historia, ‘A través del espejo y lo que Alicia encontró allí’ –donde la protagonista se adentra en una partida de ajedrez en la que las piezas tienen vida propia, con dudas existenciales porque ni la reina blanca ni la roja tienen la seguridad o libertad absolutas del ensueño– contiene una amargura algo más adulta y ausente en el primer libro.

En los nueve años que van desde aquella tarde dorada’ en el Támesis, en 1862, y la publicación de ‘A través del espejo’, en 1871, la existencia del profesor Dodgson se vio salpicada de un episodio especialmente doloroso. El clérigo anglicano tenía un carácter afeminado –se ganó en Oxford el cruel apodo de ‘Louise Caroline’– y una predilección por la compañía de las niñas, a las que le gustaba fotografiar desnudas como su cumbre personal de la belleza.

En ‘The Story of Alice’, el profesor de Literatura Robert Douglas-Fairhurst investiga la relación entre Dodgson y Alicia, sin llegar a esclarecer lo que ocurrió otra tarde dorada, en junio de 1863. ¿Un beso? ¿Una petición de mano? El caso es que la madre de Alicia, que tenía entonces 11 años, reaccionó con furia y la relación fue más distante desde entonces.

La ‘Lolita’ de Vladimir Nabokov, las dos amantes impúberes en los relatos de Gabriel García Márquez –América Vicuña en ‘El amor en los tiempos de cólera’ y Rosa en ‘Memoria de mis putas tristes’, ambas de 14 años– se escribieron cuando el mundo ya era consciente de la perversión de la pederastia. Y son presentadas como grandes obras de arte. Lewis Carroll recibe la protección adicional de que su relación con Alicia Lidell transcurrió en tiempos victorianos, donde a los 12 años ya se podían mantener relaciones sexuales consentidas, y que en su obra despliega fantasías y juegos sin sexualidad. Ahora, un documental de la BBC cuestiona que el interés de Carroll por las niñas fuera tan inocente, después de hallar una fotografía de Lorina, la hermana mayor de Alicia, completamente desnuda y posando de frente.

Alicia Lidell fue una joven bella, pretendida en su adolescencia por el polifacético artista John Ruskin o por un hijo del príncipe de Gales. Se casó con un rico jugador de cricket y ya mayor, viviendo en Estados Unidos, explicaba a su único hijo superviviente, otros dos habían muerto en la Primera Guerra Mundial, que estaba hastiada de ser la Alicia del País de las Maravillas.

El profesor Dodgson, hombre conservador y orgulloso de su talento, murió a los 60 años, en Oxford. Publicó libros de álgebra y lógica, de matemática recreativa con su propio nombre, y fue al final de sus días un hombre excéntrico y enriquecido por su gran éxito como Lewis Carroll.