El lento despertar de la Imprenta Sur

José Antonio Mesa Toré, en la sala de la Imprenta Sur, que ha sido acondicionada con un nuevo sistema de ventilación.
José Antonio Mesa Toré, en la sala de la Imprenta Sur, que ha sido acondicionada con un nuevo sistema de ventilación. / Ñito Salas

Las máquinas continúan paradas por contratiempos en su adaptación a las normas de riesgos laborales

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Han impreso poesía, etiquetas de pasas y hasta propaganda política. Estuvieron al servicio de los intelectuales y también de los militares. Han tenido una vida intensa con cientos de vicisitudes. Y a punto de cumplir los cien años, las máquinas de la Imprenta Sur siguen sorteando un obstáculo tras otro. La Monopol Minerva de Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, la misma desde la que en los años 20 salía la mítica revista ‘Litoral’, continuará parada en el Centro Cultural de la Generación del 27, al menos, hasta finales de año. La obligación de la institución dependiente de la Diputación de adaptar el equipo a las normas de riesgos laborales –algo que esperaba completar en el primer semestre del año– se ha topado con el interminable papeleo y con la dificultad de encontrar empresas capacitadas para actuar sobre maquinaria centenaria.

De momento, la sala donde se conserva la Imprenta Sur permanece congelada desde hace más de tres años, cuando cerró sus puertas por última vez después de varias aperturas en falso, con la guillotina parada y las máquinas sin tinta. Sí ha habido un cambio sustancial en el continente. El equipo de mantenimiento de la Diputación ha reparado grietas, saneado humedades e instalado un sistema de ventilación para cumplir con la regulación vigente en seguridad laboral. El último paso era afrontar la actuación directa sobre las máquinas y aquí empiezan los problemas.

Condiciones

El organismo encargado de inspeccionar maquinaria industrial anterior a la ley de 1997, el OCA, fijó una serie de condiciones para aprobar la puesta en marcha de la imprenta sin riesgos para el operario. Entre ellas, la señalización de los órganos de accionamiento, la instalación de un sistema de parada de emergencia por si algo o alguien entrara en contacto con el engranaje de las imprentas y la guillotina, y una carcasa protectora alrededor de todas las máquinas para impedir el roce con los elementos móviles. En un primer informe se establecía que esa cubierta debería ser de metacrilato. En un segundo estudio remitido hace escasos días al Centro del 27 se descarta esa opción por el peligro de astillarse que presenta el material y se apuesta por el policarbonato.

El interminable papeleo y la dificultad de encontrar empresas capacitadas para actuar sobre equipos centenarios retrasan hasta final de año la reapertura

Con el estudio en la mano y una primera empresa dispuesta a afrontar el trabajo, el Centro del 27 solicitó hace meses una retención de crédito por 20.000 euros para empezar con la intervención. Una partida que recibió el ‘ok’ de la Diputación hace solo unas semanas, pero ya era tarde. La empresa que iba a ejecutar la actualización de las máquinas había asumido compromisos laborales para estas fechas y ha terminado por renunciar al proyecto.

Una nueva complicación y un nuevo aplazamiento en el calendario. «Es muy difícil encontrar empresas que hagan ese trabajo, hay que buscarlas debajo de las piedras», reconoce José Antonio Mesa Toré, director del Centro Cultural Generación del 27. Tras un ‘impasse’, la institución dependiente de Diputación se reunió la semana pasada con una empresa dispuesta a asumir el encargo de adaptar la Monopol Minerva y la guillotina de los años 20, así como la imprenta automática adquirida en los 70. El compromiso es ejecutar la actuación antes de fin de año.

Todo este tiempo muerto ha dejado en el aire ediciones exclusivas y limitadas en homenaje a Jaime Gil de Biedma y a Rafael Soto Vergés, tal y como preveía Mesa Toré para la nueva etapa. Y ha dejado también varios meses más sin trabajo a José Manuel Andrade, la tercera generación de tipógrafos vinculados a la imprenta desde los tiempos de Prados y Altolaguirre, que ganó el concurso público convocado a finales de agosto del pasado año para volver a hacerse cargo de las máquinas.

Pese a los contratiempos, Mesa Toré no arroja la toalla. «Es el tema al que más tiempo he dedicado en estos seis años. Es una pena cerrar esa puerta, se han hecho ediciones preciosas y estoy empeñado en explorar todos los caminos posibles», asegura el director. Solo queda que el que ahora han encontrado sea ya el definitivo.

Primer ejemplar de SUR en 1937. / SUR
SUR, la cabecera que toma su nombre de Prados y Altolaguirre

No es una simple coincidencia, la Imprenta Sur y el periódico SUR comparten nombre por un motivo. Pero para descubrirlo hay que remontarse a los años 20. Emilio Prados y Manuel Altolaguirre ponen en marcha una imprenta a la que bautizan ‘Sur’ y desde donde lanzan la revista ‘Litoral’, un puntal para la creación de la Generación del 27.​

El triple número dedicado a Góngora en 1927 abre una pequeña crisis entre ambos. «Estaban agotados y sin dinero», relata José Antonio Mesa Toré. En ese momento, José María Hinojosa se une a la dirección y da un nuevo impulso a la revista, que vira hacia el surrealismo. A finales de esa década, sin embargo, Altolaguirre abandona la Imprenta Sur e inicia un proyecto propio. Prados continúa al frente, pero ya no con contenido exclusivamente literario. Para subsistir, imprime desde etiquetas de pasas y botellas de vino hasta libros de farmacia. Sin el aliciente creativo, Prados pierde pronto el interés y en 1934 cede toda la maquinaria a su maestro impresor Andrade, un apellido que aún hoy continúa vinculado a la Imprenta Sur.

Hasta 1937 funcionó fiel a la República. De hecho, una de sus Monopol se envió al frente granadino para tirar propaganda y allí desapareció, probablemente fundida para hacer armamento. Pero en febrero de 1937, como recoge Rafael Inglada en el libro ‘Málaga, 1901-2000: un siglo de creación impresa’, la Imprenta Sur es incautada y se pone al servicio de la propaganda falanguista. Se rebautiza como ‘Dardo’, un nombre más beligerante y el mismo que llevaba la revista que se empieza a editar bajo las órdenes de José María Amado, jefe provincial de Prensa. La palabra SUR se cederá entonces al nuevo periódico malagueño que dirige Sebastián Souvirón, que usó la cabecera ‘Arriba’ en sus primeras semanas hasta que el 7 de marzo de 1937 sale por primera vez a la calle bajo el nuevo título. Y ahí no acaban los vínculos: los primeros ejemplares del diario se tirarían en los mismos talleres de Tomás Heredia en los que Prados trabajó hasta 1926.

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