KARPOV, KASPAROV, PUIGDEMONT

SORA SANS

Imagina una partida de ajedrez donde cada pieza toma sus propias decisiones, donde tienes que convencer al alfil, al caballo, a la torre... de que se dirijan hacia aquí o hacia allá. El pueblo peón en primera fila, reaccionando antes que nadie, también sufriendo las consecuencias antes que nadie. Peón contra peón y todo el tablero mirando, a ver quién se come a quién. Ni el blanco ni el negro son buenos, son de tu equipo o del otro. Y el otro no es bueno ni malo, pero es otro, lo que menos nos gusta del mundo, la antítesis. Esmirriados alfiles al filo de precipitarse y cruzar la frontera demasiado rápido. Imponentes torres derribando todo a su paso. Los caballos, impredecibles, listillos, saltándose (solo algunas) normas rígidas para otros. Y el rey, los reyes, meditando desde el castillo cada palabra, cada discurso, cada acción. Cómo manipular a las piezas para que se muevan donde ellos quieren, a quién sacrificar, cómo anticiparse al siguiente movimiento adversario, y al siguiente, y al siguiente... Cómo conseguir aliados fieles que no den un paso en falso y destrocen la partida. Tensión. El reloj como herramienta: ¿y si corres demasiado, y si esperas más de la cuenta? La perspectiva, lo que puedes ver desde tu posición dominante, desde un pequeño rincón o desde la total ignorancia de que existe todo un tablero lleno de piezas jugando a la vez, decidiendo a la vez, pensando a la vez. Tremendo. Voces. Palabras. Frases memorables. Expresiones ridículas. Sinsentidos. Muchas voces a la vez, sí. Aquí nadie miente, solo quieren llegar a un lado opuesto del tablero, conquistarlo, sea como sea. Los peones, en la línea de batalla, no quieren sufrir, quieren hablar. Alguno dice que quiere solo para pasar al otro lado y convertirse en reina. Kárpov, Rajoy, Kaspárov, Puigdemont. Al final, no importa quien gane o si quedan en tablas, solo puedo pensar en todo el daño colateral, en la alegría, la confianza, los valores... los peones que quedarán olvidados sobre la mesa.

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