JUICIOS TELEVISIVOS

Juan Francisco Gutiérrez
JUAN FRANCISCO GUTIÉRREZMálaga

No estoy entre los seguidores habituales de 'El Hormiguero', espacio chisgarabís de Antena 3 con entrevistas estelares de promoción, humor bobalicón, experimentos pseudocientíficos y juegos vertiginosos. Me chirría un poco su público energético, ese desfile incesante, las hormigas cotorras y hasta las tres preguntas medio interesantes que pueden hacerse cada noche, cosa que no siempre ocurre. El presentador, Pablo Motos, tampoco suscita mis simpatías, pero ello no obsta para reconocer que como productor de este espacio ha logrado algunos hitos innegables. Entre ellos, entrevistar a Isabel Pantoja tras su salida de la cárcel sin ni siquiera pronunciar la palabra cárcel, trena o talego.

En el trato jabonoso a sus entrevistados está el señuelo que le permite sentar a su mesa, antes de ponerlos a danzar, desde Tom Cruise a Pablo Alborán. Una agenda envidiable, a pesar de las denuncias de cierto tufillo micromachista en las entrevistas, o en el trato dado hacia algunas invitadas o colaboradoras. Mi juicio personal, con todo, no me lleva a negar lo innegable: es un producto entretenido, chispeante, un programa infantil para adultos, o viceversa. 'El Hormiguero', ahí es nada, es casi un entremés futurista con guión de españolada y secundarios de Hollywood.

Para colmo, el formato ha logrado este año un premio del Ministerio de Cultura y los modernos de guardia han puesto el grito en Twitter sin leer si quiera, o quizá sí, que lo ha obtenido en la categoría de Televisión, creada en 2009 y que ya ha premiado entre otros a 'Cuéntame', Chicho o Hermida. No veo mal que se distinga al divertimento banal si bien hecho está. Veo peor a esos savonarolas televisivos que un día lo mismo abominan de estas golosinas audiovisuales y otro arremeten contra los abuelos que disfrutan viendo a otros abuelos contando sus vidas en un plató. Supongo que sus pantallas estarán llenas de excelsas y magnas producciones, pero me da a mí que lo mismo les convendría relajarse alguna noche disfrutando de la televisión popular. Aunque fuera una poquita.

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