De Joseph a Joseph (y tiro porque me toca): Joseph Goebbels y Joseph Pulitzer

Joseph Goebbels/
Joseph Goebbels
Albas y ocasos

Tal día como hoy nacía Joseph Goebbels, quien tendría el siniestro honor de pasar a la historia como uno de los colaboradores más cercanos de Hitler, y moría Joseph Pulitzer, que aprovechó la crisis imperante para ir comprando periódicos

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Joseph Goebbels, quien tendría el siniestro honor de pasar a la historia como uno de los colaboradores más cercanos de Hitler, y moría Joseph Pulitzer, que aprovechó la crisis imperante para ir comprando periódicos, no ejemplares sueltos destinados a la lectura cotidiana o al síndrome de Diógenes, sino las empresas que los editaban.

PAUL JOSEPH GOEBBELS, 29/10/1897--1/5/1945

Rheydt, Alemania,veintinueve de octubre de 1897. Nace Paul Joseph Goebbels, quien tendría el siniestro honor de pasar a la historia como uno de los colaboradores más cercanos de Adolf Hitler, ministro para la Ilustración Pública y de Propaganda del Tercer Reich por la gracia del führer; antisemita radical por la desgracia de su padre enfermo crónico de cristiandad tergiversada; escritor frustrado por la verbigracia de plumas comparativamente excelsas, y narcisista activo por la acracia de su propio reflejo contemplado en todas partes excepto en los espejos, ya que éstos le devolvían una imagen que el propio Goering, él mismo adalid de la empatía como nadie ignora, definió como la de un enano cojo y diabólico, cuya deformidad derivaba de una osteomielitis que a los cuatro años le dejó la pierna derecha como una alcayata.

Tenemos entonces a un enano místico, deforme, acomplejado e intelectualmente frustrado, que para mutar también en diabólico sólo necesita hallar a un espécimen que lo supere, y éste no podía ser otro que Aldolf Hitler, acerca de quien Goebbels escribió tras el primer encuentro de ambos: “Este hombre lo tiene todo para ser rey. El Tribuno de la plebe nato. El futuro dictador”. No es por tanto de extrañar que, después de que su dios vencido se volara la cabeza en el famoso führerbunker berlinés, el matrimonio Goebbels se suicidara a su vez, no si antes haberse llevado por delante a sus seis hijos, a quienes primero inyectaron morfina y después les desencapsularon en la garganta cianuro suficiente como para matar a sendos caballos.

Goebbels dejó para la posteridad sus once principios de propaganda nazi entre los que destacan el principio de la unanimidad, consistente en convencer al mayor número posible de personas de que todos piensan como ellas, y el principio de la transfusión en el que lo transfundido no es la sangre sino el odio puro y maduro. Y es que menudo era el cojo diabólico.

JOSEPH PULITZER 10/4/1847--29/10/1911

Catorce años después del nacimiento germano de Goebbels moría, en la estadounidense bahía de Charleston y a bordo de su yate Liberty, Joseph Pulitzer. Antes de erigirse como el multimillonario creador de los premios periodísticos homónimos, Pulitzer había sido un inmigrante húngaro que desembarcó en Estados Unidos sin un centavo en la cartera ni una palabra de inglés en los bolsillos lexicográficos, y tras combatir en las filas del ejército nordista durante la Guerra de Secesión, se buscó dos trabajos de ocho horas cada uno, dedicando cuatro de las ocho restantes a estudiar el idioma local.

Ya reciclado en periodista, aprovechó la crisis imperante para ir comprando periódicos, no ejemplares sueltos destinados a la lectura cotidiana o al síndrome de Diógenes, sino las edificadas empresas que los imprimían, y al cabo de unos años era tan rico que las factorías periodísticas y los dólares le salían hasta por las orejas norteamericanamente nacionalizadas, y se compró también un hotel que le había negado la entrada cuando era pobre como una rata húngara, y un rascacielos en el que nunca había intentado introducirse pero donde se quedó ciego, no por los decorativos oropeles y los vidrios reflectantes, sino literal y sensorialmente disfuncional y a la búsqueda constante de secretarios susceptibles de metamorfosearse en sus ojos aunque no en sus oídos, ya que éstos habían compensado la ceguera con una sensibilidad tan extrema que el único anhelo de sus últimos años fue el del silencio. Para acallar el mundo que no paraba de incordiarle con sonidos indeseados, Pulitzer se hizo construir el Liberty, un yate de 96,32 metros de eslora y más de mil seiscientas toneladas; barquichuela sobre cuya inmaculada blancura destacaba el latón brillante de sus remaches y cuyos sesenta tripulantes se movían como fantasmas para no irritar los pulitzerianos y sensitivos tímpanos que se hicieron a la mar con el fin de que las noticias le llegaran como brotes de espuma en lugar de hacerlo como tormentas eléctricas.

También la muerte le llegó, a pasos velados y con el Liberty surcando la charlestoniana bahía y, testamento mediante, hicieron lo propio dos millones de dólares que le cayeron alegremente a la Universidad de Columbia para que creara una escuela de estudios avanzados de periodismo, así como un galardón anual que comenzó teniendo cuatro categorías y ya va por veintiuna. Bien está lo que bien acaba.

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