José Sanchis-Sinisterra, contra la 'cibermemez' y la modorra política

MIGUEL LORENCI MADRID.

«Sacar al público de la 'cibermemez' y la modorra política es urgente y más necesario que nunca». Lo dice José Sanchis-Sinisterra (Valencia, 1940), uno de los grandes de la dramaturgia en España, que regresa a la escena con 'El lugar donde rezan las putas o Que lo dicho sea'. Vuelve a meter el teatro dentro del teatro «para rescatar del olvido a los vencidos y silenciados». También «para saldar una deuda que quise pagar varias veces con 'Ñaque de piojos y actores', '¡Ay Carmela!', 'El cerco de Leningrado' y otras tantas piezas», explica el respetado dramaturgo, director y maestro escénico. Camino de los 80 años, entiende el teatro como «una oración laica o una plegaria atea» y se muestra hiperactivo, risueño y tan lúcido y crítico como siempre tras superar un infarto.

«La realidad es también lo que pudo haber sido». Esta frase del pensador Reyes Mate es la piedra angular de una pieza escrita expresamente para la pareja protagonista y únicos actores en escena, Paula Iwasaki y Guillermo Serrano. Un «regalo» que el dramaturgo quiso hacerles tras asistir a una de sus representaciones de '¡Ay Carmela!' en las ruinas de Belchite. Estará en la sala Margarita Xurgi del Teatro Español entre el 15 de marzo y el 15 de abril.

«Se trata de saldar una deuda con los nuestros abuelos, con unos antecesores silenciados por esa historia que parecía la única posible», explica Sanchis-Sinisterra. «De comprender que lo que pudo ser y no fue también es parte de nuestra realidad», agrega. «Hay un homenaje secreto al pensamiento de Walter Benjamin que gravita sobre toda la obra», explica el dramaturgo, que quiere hacer un teatro «que entretenga pero que al mismo tiempo modifique la conciencia de la gente».

De «genealogía extraña», el título sale de un cuadernito en el que anota ideas. «Habla del lugar indeterminado, de un almacén abandonado, un galpón, donde los artistas pretenden poner en pie su obra». «Es un lugar de mala nota, un espacio en desuso que alude a esa frase tantas veces oída de que en el teatro solo hay putas y maricones, repetida con despectiva fiereza desde algunos sectores». «El teatro, que es una oración laica o una plegaria atea, surge en ese lugar inhóspito donde rezan las putas», dice el autor, que espera «que nos libere de la cibememez, la modorra política y el consumismo». «Se está produciendo una mutación antropológica de la que nuestros nietos serán víctimas, si ya no lo son, en la medida en que estamos perdiendo las cualidades de primate superior», denuncia.

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