Los Jawlensky dan color al Museo Ruso

Los Jawlensky dan color al Museo Ruso
Ñito Salas

El espacio de Tabacalera reivindica a Alexei Jawlensky como artista nuclear de las vanguardias del siglo XX y le pone en diálogo con sus maestros y su hijo Andreas

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Fue amigo de Kandinsky y juntos dieron forma al grupo artístico 'El jinete azul'. Compartieron exposiciones, inquietudes artísticas e influencias y, ahora también, protagonismo en Málaga. Alexéi Jawlensky ocupa hasta febrero de 2018 el espacio dejado por su colega en la Colección del Museo Ruso con una retrospectiva que le descubre como "artista nuclear de las vanguardias del siglo XX", en palabras de José María Luna, director de la filial malagueña. Respetado por los especialistas pero desconocido para el gran público, el espacio de Tabacalera reivindica la obra del pintor expresionista y la pone en diálogo, primero, con la de sus maestros y, después, con la de su sucesor, su hijo Andreas.

Alexéi y Andreas se relacionan aquí a través del uso del color y de la luz ('La aventura del color' es, de hecho, el subtítulo de la muestra), pero desde perspectivas totalmente diferentes. La exposición, que comisaria Yevguenia Petrova, refleja la intensa búsqueda de una personalidad propia por parte de Alexéi, un ansia de ser él mismo que expresa en su pintura y que también deja por escrito en cartas a sus amigos. Nacido en Rusia, pero emigrado a Alemania desde muy joven, el artista entra en contacto con dos mundos totalmente diferentes y ese choque cultural, social y artístico marcará su mirada.

En sus primeras obras queda clara la influencia de sus maestros rusos con obras próximas a los dibujos impresionistas de Iliá Repin, su maestro, y otras cercanas a los retratos de Valentín Serov, a quien admiraba. Ellos abren la exposición para poner en contexto a un joven pintor que empieza a abrirse paso en el arte. Junto con su obra más temprana y famosa en Rusia, 'El grabador Vasili Mate manos a la obra' (1892), la muestra conecta piezas de Jawlensky con las de sus contemporáneos, como Dimitri Kardovsky con dos paisajes realistas prácticamente idénticos el uno del otro; y con Igor Grabar, con naturalezas muertas cortadas por el mismo patrón impresionista. Con ambos partió a Alemania en 1896, pero él fue el único que no regresó a su país.

De esta primera etapa destacan un retrato de 'Andreas y Katia' (1905), la hija de Kardovsky, que demuestra el vínculo entre ambos, y varios paisajes nevados. En esos trazos, como avanza Petrova, "se siente el artista que será en el futuro, pero aún sigue siendo realista". No tardaría mucho en experimentar el mayor cambio de su carrera y sentir que, por fin, era él mismo en su pintura. "Me encontré a mí mismo cuando entendí que mi yo, que mi mirada sobre la vida y mi interés por el arte son tan intensos que requieren otra manera de pensar; al fin y al cabo, la sensación persistente del color de la naturaleza vive en mí", escribe a mediados de la década de 1900.

Las creaciones viran entonces hacia un expresionismo donde las formas realistas de paisajes y de rostros se transforman en golpes de color y de luz que construyen otro concepto de lugares y caras. Como 'Fábrica' (1910), su pieza "más potente" a juzgar por Petrova, y la serie 'Cabeza' (a partir de 1912), la más popular de su trayectoria, donde "el retrato deja de ser un retrato y se convierte en un conjunto de color" que cambia según el estado de ánimo. Se aleja entonces de lo tradicional para ser creativo en unos años en los que entra en contacto con Kandinsky y las vanguardias europeas.

Siempre quiso volver a la patria, pero problemas personales y la I Guerra Mundial se lo impidieron. Terminará sus días en Alemania prácticamente ciego pero sin dejar de pintar. De entonces son un conjunto de obras de los años 30 más oscuras de lo habitual y con trazos más simples. "Intentaba pintar de memoria", cuenta la comisaria. Es ese momento, en sus últimos años, cuando vuelve de nuevo la mirada a sus orígenes y cuando, a su manera, sus obras se acercan a los iconos rusos.

Se cierra el círculo, pero en paralelo se abre otro. Su hijo Andreas se crió rodeado de artistas amigos de la familia, "pero nunca quiso parecerse ni a su padre, ni a Kandinsky ni a Paul Klee, siempre intentaba encontrar su camino, sus temas y, como se ve en la exposición, lo consiguió", señala Petrova. La explosión de colores vivos e intensos se hace en él mucho más evidente, en obras llamativas y sugerentes como 'Locarno de noche' (1976). Se decantaba especialmente por el paisaje y apuesta por un mayor realismo en el retrato, con figuras femeninas estilizadas. Su vida tampoco fue fácil. Por su dominio del ruso, Alemania le escogió como traductor en la II Guerra Mundial, hasta que el ejército soviético le hizo prisionero y pasó diez años en Siberia. Aquello le marcó tanto que uno de sus primeros paisajes es una composición libre de temática siberiana y uno de los últimos estaba dedicado a los recuerdos de Ucrania ('Ucrania en pleno verano', 1982).

'Alexéi y Andreas Jawlensky. La aventura del color' cierra una etapa en la Colección del Museo Ruso de Málaga para dejar paso a una nueva que ya anticipa la segunda exposición temporal que hoy se inaugura. 'Carteles de la Revolución', con una treintena de piezas originales de la época, recuerda en el espacio de Tabacalera el centenario del levantamiento bolchevique de octubre y sirve, además, de transición a lo que está por venir. "Es una pequeña introducción de lo que vamos a hacer en 2018: El arte después de la Revolución, cuando todo cambió y los artistas pensaban que el cuadro típico de óleo en la pared ya no hacía falta, que todo el arte tenía que ser adaptado a la vida actual de la sociedad soviética", adelanta Petrova.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos