‘El jardín de bronce’: Más allá de la verdad

Romina Paula y Joaquín Furriel encarnan los padres de una niña de cuatro años que desaparece misteriosamente. / SUR

La serie argentina de HBO es una eficaz y adictiva historia de suspense sobre la desaparición de una niña

MIGUEL ÁNGEL OESTE

En la vida la verdad casi nunca está donde debe. En los géneros negro y policial ese casi brilla por su ausencia. Desde estos géneros concomitantes se escarba en la sociedad para identificar los desvíos que la acechan. El miedo y la vulnerabilidad se encuentran o afloran en cualquier sitio: en un parque infantil o en una comisaría de policía. En esta sociedad desarrollada nadie está a salvo, porque como advertía Conrad, «la sociedad es esencialmente criminal».

Todos somos vulnerables y la tragedia puede surgir en un instante, convertiéndonos en fantasmas. Por lo demás, en casi nadie se puede confiar. Esto lo plantea con eficiencia ‘El jardín de bronce’ (basada en la novela homónima de Gustavo Malajovich, que escribe los guiones junto a Marcos Osorio Vidal), que cuenta con un estupendo material literario que se traslada a imágenes con cuidado y potencia narrativa, aunque en ocasiones de forma funcional.

«La ciudad es la misma»

El punto de partida es la desaparición de Moira, una niña de cuatro años, que intensifica la crisis matrimonial de Lila (Romina Paula) y Fabián (Joaquín Furriel). Lila es una mujer con secretos y tendencia a la depresión que se explica a partir del poema ‘La ciudad’ de Cavafis. «La ciudad irá en ti siempre», escribió el poeta. Mientras Lila intenta hacerse entender: «Yo no estoy en el pozo. Yo soy el pozo». Y es que lo ominoso está tanto en una gran ciudad como Buenos Aires como en un sitio recóndito como Pórtico. Lo hallamos de modo individual y colectivamente. ‘El jardín de bronce’ despliega una eficaz y entretenida narración para identificar las flaquezas de este mundo, las oquedades que muestra y se extiende frente a la acuciante desnaturalización, durante los años de la desaparición de la niña. Este es uno de los hallazgos de la serie, a la vez que nos hace partícipes de un mundo perdido. De ahí que el último diálogo haga titubear lo que el serial expone eficazmente. Aunque eso no venga a invalidar en absoluto una propuesta sólida y absorbente; de las más estimables vistas en los últimos meses.

Suspense

La serie se ancla en las claves del género negrocriminal en su vertiente clásica. Sabe medir el uso del suspense, dejando cliffhangers enérgicos al final de cada episodio. Los episodios comienzan con un prólogo previo a los títulos de crédito que muestran información de los hechos pasados que nos servirá para desentrañar los misterios de la desaparición y lo que esconden los personajes. Desde ellos se reconstruye la historia sin necesidad de otras tretas. Quizá el uso de los sonidos y de la música extradiegética que busca favorecer la tensión dramática y que se sitúa por encima de la imagen sean recursos demasiado incidentes, lo que en ocasiones juega al artificio y no favorece la dinámica de la narración. Este recurso resta un naturalismo que le sienta bien a la historia y que tampoco resulta demasiado orgánico a la hora de crear el clima de pesadilla y obsesión del protagonista.

«El mundo ha asesinado mi capacidad de asombro», asegura el protagonista

A pesar de que hay una evidente plantilla estilística, se aprecian diferencias entre los directores del serial: Hernán Goldfrid (‘Tesis sobre un homicidio’) y Pablo Fendrik. Si ambos consiguen mostrar unitariamente ese mundo diluido donde un sistema deformado choca con los dramas personales de los personajes, combinando la intriga y las debilidades de los mismos tras los golpes que reciben, en los detalles psicológicos y sentimentales de los personajes se desmarcan. Si bien en los episodios de Golfrid el uso de los espejos y cómo reflejan a los personajes es un recurso habitual (y un elemento muy usado en el cine negro clásico), Fendrik no lo usa.

También en las distancias interpretativas de una puesta en escena más difusa o nítida según la deriva de la historia. «El mundo ha asesinado mi capacidad de asombro», le suelta a Fabián su padre en el episodio seis. Y en este sentido la planificación se ajusta en todo momento a lo que se espera de ella. Pero se podría haber transmitido incluso con más negrura desde la puesta en escena. No obstante, hay elementos visuales que funcionan (la fotografía del árbol, por ejemplo), silencios (cuando Fabián y Doberti se ven después de varios años), diálogos, y sobre todo el tono y el ritmo de la serie en sus formas de desplegar el suspense.

Los actores

Si bien la serie está protagonizada por Joaquín Furriel, un intérprete con planta, que tiene que transmitir el dolor de la pérdida en un sentido amplio y la obsesión que lo cautiva, el verdadero eje del serial está representado por Luis Luque, el detective César Doberti. Su presencia es el centro y compensa algunas limitaciones dramáticas del protagonista. Idéntica función ejerce Julieta Zylberberg, la policía Mariana Blanco. Con Doberti se establece un juego metaficcional que dialoga con el género policial. Su indiscutible carisma se pliega de romanticismo y ternura, de sensibilidades que el protagonista no encuentra en su familia ni en la sociedad ni en las instituciones. Los diálogos entre Fabián y César están bien hilvanados, hacen avanzar la trama y proporcionan datos emocionales y sentimentales de los personajes. Lo mismo sucede, aunque de un modo más común, entre Blanco y Fabián. Cuando es el amigo de Fabián, el Ruso (Alan Sabbagh), el que hace de contrapeso para ir avanzando la acción, ‘El jardín de bronce’ se resiente algo, más porque se nota que es un personaje impuesto con una intención demasiado evidente.

La funcionalidad de este personaje y de algún otro, como la poco aprovechada Norma Aleandro, no la revoca en un desenlace con giros que sorprenderán al espectador, pero eso no impide que sean personajes que carezcan de la hondura o ambigüedad de Blanco, Doberti, e incluso de Mondragón (Daniel Fanego).

Esta cuidada producción negra adapta con cuidado a la pequeña la novela homónima de Gustavo Malajovich

Sangre y huellas

Al ‘El jardín de bronce’ se le nota que está concebida con mimo y cuidado. Esto se le presupone a todos los seriales, aunque quizá no sea así o sea presuponer mucho. A la vez tiene claro el modelo que persigue. Una narración eficaz que absorba al espectador mediante los códigos del género negrocriminal para retratar un mundo oscuro, sórdido, en el que no se puede creer en nada, menos en los lazos de sangre, excepto en las certezas de uno mismo y de unos pocos. Y es que la serie plantea una historia en los límites de la cordura en una sociedad en que la cordura ya solo puede ser difusa, sin contornos definidos. De ahí que sorprenda el diálogo de la escena final.

Cartel de esta serie de origen argentino / SUR

No la imagen ni su ubicación que se adecua a la narración y a lo que representa dentro de la ficción. Y sorprende porque en cierta medida incumple todo lo que hemos visto, como si la necesidad de la esperanza fuera esa verdad que no está nunca donde debe, pero que la creamos como posibilidad para salvarnos del vacío. Un espejismo cualquiera. Como el de la ciudad que nos acompaña en la impotencia y la desnaturalización, dejándonos huellas, cicatrices y sangre coagulada.

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