Isabel Oyarzábal, pionera silenciada

Isabel Oyarzábal. /
Isabel Oyarzábal.
8M

El legado de la escritora malagueña, considerada una de las madres del feminismo en España, fue sepultado por el machismo y la dictadura

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

El legado de Isabel Oyarzábal Smith sigue sacudiéndose la tierra décadas después de ser sepultado por la dictadura y el machismo. Aquella malagueña combativa y poliédrica que plantó cara a Miguel Primo de Rivera para reclamar el sufragio universal revive ahora en las reivindicaciones feministas a las que abrió paso, junto con otras mujeres, hace más de un siglo. Nació en 1878, hija de un matrimonio burgués y mestizo, madre escocesa y padre andaluz de origen vasco, pero el corsé de la época pronto le resultó demasiado ceñido, tanto simbólicamente como desde la literalidad de una presión insoportable. Así lo recogió en sus memorias: «Mi madre pensaba que ya tendría tiempo de apretarme cuando fuese adulta. Las otras niñas se enorgullecían de sus pequeños talles de avispa y me decían que siempre me recordarían como la niña sin cintura. Al principio lograban incomodarme, pero esos comentarios sobre mi apariencia física solo lograron provocar mi indeferencia».

Durante décadas cuestionó el orden social dominante, que resquebrajó hasta conquistar nuevos espacios de igualdad y libertad. Fue la primera mujer embajadora de España, cargo que ocupó en Suecia y Finlandia entre 1937 y 1939, y también la primera inspectora de trabajo, puesto al que accedió mediante oposición en 1933. Tuvieron que pasar más de setenta años, sin embargo, para que su autobiografía, ‘Hambre de libertad. Memorias de una embajadora republicana’ (Almed, 2011), fuese editado en España. Oyarzábal había publicado este libro, escrito en inglés, una de sus dos lenguas maternas, en Estados Unidos en 1940 bajo el título original ‘I must have liberty’. Tenía 62 años y, exiliada por el franquismo, ya nunca regresaría a su país.

Nacida en calle Peligro, próxima a la Alameda, Oyarzábal está considerada una de las madres del feminismo moderno. La educación recibida en casa resulta fundamental para comprender su activismo, basado en un inquebrantable compromiso social: «Mi madre era huérfana y estaba acostumbrada a hacer su voluntad, circunstancia que debió de ser un añadido para mi padre, cansado quizás de la conducta sumisa de las jóvenes españoles de su clase. Si familiares y amigos discutían con él por dejar a mi madre salir sin ser acompañada por familiares o sirvientes, como lo hacían otras damas de Málaga, o por permitirle remar en su bote dentro y fuera del puerto, bailar o incluso fumar, desafiando de este modo todas las ideas malagueñas de buen comportamiento para las mujeres, él invariablemente encogía los hombros y decía: ¿Qué importa si así es feliz?».

Isabel (segunda por la derecha), junto a otras mujeres de su familia.
Isabel (segunda por la derecha), junto a otras mujeres de su familia.

Su dominio del inglés, tan inusual en España, permitió a Oyarzábal trabajar como corresponsal de agencias y periódicos como The Standard o Daily Herald, además de abrirle las puertas de organismos como la Organización Internacional del Trabajo, donde presentó propuestas progresistas para mejorar las condiciones laborales de las mujeres. También acudió como delegada de la Asociación Nacional de Mujeres Españolas al Congreso de la Alianza para el Sufragio Universal en Ginebra y fue vicepresidenta del Lyceum Club junto a su paisana Victoria Kent. Llegó a realizar una gira de conferencias por más de cuarenta ciudades de Estados Unidos y Canadá en busca de apoyo para la República, denunciando la insolidaridad internacional frente al avance del fascismo en Europa. En Nueva York, con aquel discurso insólito en boca de una mujer española, se dirigió a un auditorio de más de 25.000 personas en el Madison Square Garden.

El impulso feminista tomado por Oyarzábal colisionó con las leyes de la época. Su marido, Ceferino Palencia, con quien tuvo dos hijos, fue llamado por el juez en varias ocasiones para dar su consentimiento a los viajes de su mujer, además de manejar los derechos de sus libros por su condición de administrador de su economía. No era una sensación nueva. Isabel ya había padecido los zarpazos machistas en su paso a la adolescencia: «Un amigo le comentó a mi padre que mis piernas constituían una tentación y que debía cubrirlas. Deseé no tener piernas. Mi padre decidió presentarme en sociedad y vestirme de largo. El día que me recogieron las trenzas en un moño por primera vez sentí que mi cabeza era todo alfileres». Volcó algunas de aquellas experiencias en sus colaboraciones periodísticas, tras poner en marcha la revista La Dama y una sección femenina en el diario El Sol que firmaría con el seudónimo Beatriz Galindo. También escribió en Blanco y Negro, El Heraldo, Nuevo Mundo o La Esfera, entre otras publicaciones.

Fue la primera mujer embajadora de España y también la primera inspectora de trabajo

Pese a su vasta trayectoria profesional y personal, el conocimiento general de su figura continúa siendo escaso, sobre todo en comparación con los homenajes y las referencias que acumulan muchos de sus contemporáneos, la mayoría sin el eco internacional y los logros obtenidos por Oyarzábal. La escritora Aurora Luque, responsable de rescatar su legado durante su etapa como directora del centro Generación del 27 y de que una sala lleve su nombre, lo achaca a su condición de mujer: «Hay una resistencia, especialmente entre las capas altas, supuestamente ilustradas, a todo lo que sea producción intelectual femenina. Son muy reacios a reconocer el valor de las mujeres, no les entra en su esquema previo». Luque destaca «el valor testimonial» de la obra de Oyarzábal, capaz de tejer «una crónica desenfadada de la aburrida y convencional vida de provincias de principios del siglo pasado».

Junto con Enrique Girón, Andrés Arenas tradujo la autobiografía de Oyarzábal, a quien considera «una pionera, una mujer fabulosa con unas condiciones intelectuales excepcionales». Arenas recuerda que la escritora malagueña «quiso ser actriz, pero luego se dio cuenta de que su verdadera vocación era otra». Le esperaban décadas de escritura y activismo político y social del lado de la República, el socialismo y los valores feministas. Los traductores de ‘Hambre de libertad’ descubrieron su obra por casualidad, durante una exposición hace más de veinte años: «Empezamos a investigar y nos sorprendió mucho que ‘I have must liberty’ no hubiera sido traducido al español ni publicado aquí». La autobiografía, explica Arenas, «es una mina donde relata su vida desde su infancia y su paso por el colegio La Asunción hasta el exilio a México».

Oyarzábal murió un año antes que Franco. No regresó a España, pero su familia aún recuerda el impacto de su presencia antes de su partida. «Mi madre presumía de ser una de las primeras mujeres que usó bicicleta en Málaga, y se la había regalado Isabel», explica su sobrino nieto, Pepe Oyarzábal, que revela la estrecha relación que la autora de ‘En mi hambre mando yo’, novela que publicó a finales de los años cincuenta, mantenía con su madre: «Se querían con locura pese a ser ideológicamente muy distintas. Mi madre también contaba que le había servido té a Manuel Azaña y eso es porque mi tía abuela Ela, como conocíamos a Isabel, había llegado a ocupar un hueco importante en la política española de la época y organizaba reuniones a las que a veces se llevaba a mi madre, que entonces era una niña, para que echara una mano».

El Centro Dramático Nacional ha estrenado este año ‘Beatriz Galindo en Estocolmo’, de Blanca Baltés, una obra que rescata la figura de Oyarzábal como primera diplomática española y una de las precursoras de Las Sinsombrero, las mujeres también enmudecidas del 27. Su legado, decíamos, sigue sacudiéndose la tierra sucia del olvido y la desigualdad.

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