Un instante

Un instante
Sr. García .
Cruce de vías

Se había hecho demasiado tarde y decidí acostarme sin cenar. No pude conciliar el sueño

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .(ILUSTRACIÓN)

Aparcó el coche en segunda fila y dejó la llave puesta. Me dijo que la esperara un instante y nunca más volví a saber de ella. Al poco de irse, un policía se acercó para decir que no podía estar parado en medio de la calle. Le conté lo que había pasado e insistió en que tenía que mover el vehículo. No me quedó más remedio que obedecerlo. Estuve dando vueltas a la manzana hasta que se encendió la señal del carburante, como ignoraba si consumía gasóleo o gasolina preferí no correr riesgos y aparcarlo en el espacio que tengo reservado en el garaje de casa. Curiosamente el aparcamiento estaba vacío porque hacía menos de un mes tomé la decisión de vender el coche y moverme por la ciudad a pie o en transporte público. Al llegar, abrí la puerta y solté todas las llaves sobre la mesa del comedor.

Miré la hora en el teléfono móvil. Se había hecho demasiado tarde y decidí acostarme sin cenar. No pude conciliar el sueño. Me levanté de la cama y bajé al aparcamiento para coger la documentación del vehículo y averiguar el nombre y la dirección de la mujer, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Me hizo gracia comprobar que su nombre coincidía con el modelo del coche. Pensé que ella tampoco sabía nada de mí y le resultaría imposible contactar conmigo. Me levanté temprano y fui a la dirección que venía en los papeles. No contestó nadie. Me planteé acudir al mismo sitio donde me dejó, quizás la encontrase esperando que yo apareciera. Tal vez había denunciado el robo del automóvil y me andaban buscando. También cabía la posibilidad de que la mujer repitiera el mismo itinerario que habíamos recorrido juntos desde que nos conocimos hasta que me abandonó en medio de la calle. No quise ni pensar que hubiera ocurrido algo grave, que estuviera ingresada en un hospital, o peor aún. Opté por acudir a comisaría, denunciar su desaparición y entregar el coche; pero inmediatamente cambié de opinión. Mejor no devolver el coche ni decir nada. Si acudía a la policía me convertiría en sospechoso, ¿qué estaba haciendo yo con el coche de una desconocida? La realidad era incomprensible. Mejor abandonar el coche donde ella desapareció y olvidarlo todo. Eso fue lo que hice. Lo dejé con la llave en el contacto y volví caminando a casa. No olvido aquella tarde, yo iba paseando y la mujer bajó la ventanilla del coche para preguntar por la calle en la que casualmente vivo, le contesté que iba hacia allí y me brindé a acompañarla. Ella lo agradeció con una sonrisa y subí al coche. Le estaba indicando la dirección cuando me interrumpió para decir que había olvidado algo, detuvo el coche en segunda fila y me pidió que la esperara un instante.

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