LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL TERMÓMETRO

SORA SANS

Si lo piensas, solo hacen falta veinte grados de diferencia para que todo cambie. De los 5 a los 25 grados, cambia el armario, el perchero de la entrada, nacen y mueren paraguas y chubasqueros, resurgen los tirantes del veraneo, suda la piel, tiembla la piel. Cambia el color del cielo, del agua, del propio aire, incluso el color de tus ojos pasa del marrón al verde como el propio prado. La vida nos pesa más o menos, según la temperatura. En este planeta que a veces nos parece tan grande, en este equilibrio que tanto nos cuesta ver. Veinte grados más y aparece el desastre, veinte grados menos y sería impensable. De alguna manera, la Tierra está en el sitio perfecto en el momento justo para Ser, para permitirnos existir. Y después viene todo lo demás. Esos grandes problemas a los que nuestra cabeza se enfrenta cada día y que, por supuesto, no contamos a ningún extraño. Sin embargo, hablamos con compañeros y desconocidos sobre el tiempo, también a diario, sobre el clima y la temperatura, sobre un tema que nos resulta superficial y cómodo. Nos quejamos de frío y de calor, sin darnos cuenta del equilibrio, ese perfecto ecosistema que nos permite respirar, envejecer, vivir, Ser. Mientras los pequeños problemas y las pequeñas soluciones nos van disminuyendo. Somos ya miles de millones de personas en el mundo y cada día más, pero ¿somos más como Humanidad? A veces me gustaría decir algo así en medio de una conversación trivial de ascensor. Decir, por ejemplo, ponga usted la mano en el agua fría de un cazo y sienta qué ocurre cuando empieza a calentarse. Cuente los segundos, anote en sus registros lo rápido que podría desaparecer el equilibrio. O mejor no lo haga, tan solo piénselo mientras espera el autobús y abrácese entonces a su abrigo. Vuelva a pensarlo mientras espera otro autobús y abrácese a su abanico. Hoy estamos en invierno y hace frío, bendito equilibrio.

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