INMORTALES

SORA SANS

Los libros, los de papel, los de verdad, son ahora mucho más valiosos que antes, porque toda esta avalancha digital nos da la posibilidad de no comprarlos, de no almacenarlos en estanterías, librerías, mesitas y cajas. Nos da la maravillosa posibilidad de elegir bien qué libro (de verdad) queremos tener. En un mundo en el que cada vez hay menos espacio, menos tiempo y más de todo lo demás, la propia limitación nos exige seleccionar, no como elegimos la ropa de usar y revender, según vienen las modas, sino como elegimos, por ejemplo, nuestros muebles. No es sencillo descartar un libro, cuando existen tantas facilidades para comprarlo, casi cualquier edición en cualquier idioma con innumerables portadas y formatos, a unos centímetros del dedo índice, que se ha vuelto nuestro 'Pollice Verso', y dictamina sin piedad lo que sí y lo que no merece vivir en nuestro pequeño mundo.

Tras la elección, cuando por fin poseemos ese afortunado libro y lo recorremos una vez o muchas veces, se puede adivinar al mirar en su interior, cómo es su dueño. Los que lo 'respetan' utilizando separadores para marcar el camino recorrido, son como diría Cortázar, el tipo de gente que da citas precisas y que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. Los que, a esos mismos libros, invaden con bolígrafos, son los que tatúan sus propios cuerpos en una búsqueda por algo eterno, algo que parezca verdadero. Y están los que doblan las esquinas de las hojas, tímidamente, deseando, claro está, que la vida les trate igual, sin dejar cicatrices demasiado permanentes. Por fin, mis favoritos, los que con esmero afilan el lápiz, subrayan las frases que les atraviesan la piel, escriben en los márgenes pequeñas notas con letra diminuta y se dejan a sí mismos, una huella de lo que fueron al leer, una huella que podrán llegar a borrar el día que pasen por ese río de nuevas aguas, siendo otra persona diferente que lee de otra forma su propio pasado de carbón.

Los libros, como los muebles de madera, son si cabe más auténticos cuando muestran pequeños arañazos, imperfecciones, el paso de una vida o de un momento de la vida. Es lo que los hace únicos, lo que los hará inmortales.

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