En el infierno de Quevedo todo es blanco y hace frío

Echanove, anoche en el escenario del Cervantes/Fernando González
Echanove, anoche en el escenario del Cervantes / Fernando González

Juan Echanove lidera el monumental elenco de esta versión libre de los ‘Sueños y discursos’, que podrá verse hoy de nuevo en el Cervantes

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

El Teatro Cervantes, con tres cuartas partes del aforo vendido, acogió anoche la primera de las dos representaciones que pondrán en escena ‘Sueños’, una versión libre firmada por José Luis Collado de los ‘Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo’ que es el título de la obra filosófica más conocida de Francisco de Quevedo, el gran poeta y cronista del Siglo de Oro.

Se trata de una esforzada adaptación que toma textos de un lugar y de otro para componer un relato poético y filosófico de los últimos días de Quevedo, ya moribundo por una sífilis que mermaría su cuerpo y su consciencia e internado en una suerte de sanatorio decadente a la manera del balneario de ‘La juventud’ de Sorrentino pero dibujado con el pesimismo del barroco. La escenografía minimalista diseñada por Gerardo Vera incluye proyecciones que a veces resultan repetitivas e insulsas, pero que aportan matices a la indiscutible belleza que gobierna la escena en todo momento.

Este es un ejemplo paradigmático de teatro de verdad, un teatro que duele y en donde los intérpretes no necesitan micrófonos para que se les escuche. Resulta sobresaliente un elenco compuesto por diez actores que interpretan hasta 23 personajes, muchos de los cuales aparecen en el patio de butacas. Juan Echanove, sencillamente magistral, está siempre en el papel de Quevedo y su trabajo en esta obra va a quedar grabado en la memoria de los espectadores que comprobarán cómo su enérgica voz hace vibrar las profundidades de su cuerpo: durante las dos horas largas que dura la función, Echanove apenas abandona las tablas un par de minutos en un titánico esfuerzo físico y actoral.

Binomio diablo

Sin embargo, su protagonismo y su potencia no desmerecen ni a uno sólo de sus compañeros de reparto, entre los que podríamos destacar el binomio diablo – cardenal de Ángel Burgos, a Marta Ribera en el papel de la parca o a Beatriz Arguello, que hace de una enfermera llamada Aminta y cuya coincidencia con el nombre de una amante de Quevedo dispara el primer detonante de un abanico de escenas oníricas, donde los enfermos del sanatorio se transforman en diversos personajes fabulosos o reales de la biografía y la obra del escritor.

A partir de entonces las secuencias se van sucediendo sin demasiada solución de continuidad. La ausencia de una trama nítida provoca que el argumento resulte algo deshilachado y se revela como una de las grandes lagunas de esta obra. A partir de los 90 minutos, la sensación de que la función podría terminarse en cualquier momento corrompe su disfrute. Al final, en cualquier caso, la impresión de haber presenciado una obra mayor y ambiciosa se queda en el espectador, y el esfuerzo actoral se ve recompensado con una larguísima ovación que hizo salir en numerosas ocasiones a los protagonistas.

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