El imperativo

Antonio Garrido
ANTONIO GARRIDO

D e la misma manera que se puso de moda lo de juez-estrella corresponde hablar de académico-estrella. Me refiero a aquellos que tienen una proyección pública significativa, a los que aparecen con frecuencia en los medios de comunicación y en las redes sociales. No cabe duda de que a Arturo Pérez-Reverte le viene el calificativo como anillo al dedo.

Periodista y escritor no es lugar ni momento de comentar su obra. Ingresó en la RAE en 2003 y ha recibido muchos premios y galardones. En este año el Premio Rey de España de Periodismo, por citar un caso. Autor de un muy leído artículo en el suplemento dominical de Vocento desde 1993 es novelista de éxito. Arturo es el que ha levantado la liebre al escribir en la red que la RAE acepta el uso de la forma de infinitivo para expresar los enunciados de imperativo. La polémica está servida y quiero hacer unas precisiones.

Un error generalizado es que los académicos, tanto de número como correspondientes y honorarios, somos unos señores que manejamos el idioma a nuestro gusto y placer por lo que la institución recibe dardos sin cuento en la diana del diccionario, de la gramática y de la ortografía. Nada más lejos de la verdad. La RAE tiene como horizonte el uso del idioma, uso sometido a unas reglas que deben ser respetadas; mucho más cuando el empobrecimiento del idioma es una constante lamentable en estas tierras. Decir 'amoto' es vulgarismo y no se considera correcto. La mayoría decimos 'moto'. Si cambiara el uso probablemente se aceptaría, con horror por mi parte.

El imperativo es un modo verbal y también una clase de modalidad

Desde esta perspectiva es desde la que tenemos que analizar este asunto que tanta discusión ha provocado. Muchos se han rasgado las vestiduras y comparto la opinión del escritor antes citado cuando, con ironía, afirma que hay que ver la cantidad de hablantes que usan el 'idos' y el 'comed' en lugar de 'irse' y 'comer'. Los trabajos de campo, las encuestas directas, muestran todo lo contrario. El infinitivo, guste o no, ha ganado la batallas en el uso.

El imperativo hay que estudiarlo dentro de la modalidad, dentro de los actos de habla, por eso decimos que vamos a tratar de los enunciados imperativos. Antes quiero aclarar eso de modalidad. Se trata de la manifestación en el lenguaje de nuestra actitud ante el contenido de los mensajes. Las informaciones lingüísticas son de quien las produce y en ellas también están sus puntos de vista y hasta aspectos afectivos. Un mensaje tiene un contenido y un punto de vista. Así, «¿llegó Carlos?» posee una información y una posición. Todos usamos actos de habla, muchas veces en función apelativa, pero no solo de esta manera. Las formas gramaticales son diversas. En la página 3.123 de la Nueva gramática hay ejemplos de lo dicho.

El imperativo es un modo verbal y también una clase de modalidad. Tiene sus formas pero es cierto que, según algunos gramáticos, las formas imperativas acogen formas de subjuntivo. Esto ha provocado largas discusiones que han llevado a distinguir entre oraciones exhortativas: «¡Vete ya!» y las optativas: «¡Que les vaya bien!», donde más que una forma rotunda se aprecia un deseo.

Lo cierto es que hay vacilación y la norma se ha ido ampliando. El lenguaje evoluciona. En el español antiguo se admitía el imperativo con pronombre anterior: «Las manos le besad», que aparece en el Cid. Hoy no se encuentran, aunque todavía queda en usos populares. En lugar de «póngame un kilo de patatas», encontramos: «Me ponga un kilo de patatas».

El imperativo va unido a la perspectiva de orden, de recomendación: «¡Venid aquí!» Poco a poco o no, la forma del infinitivo ha ido enriqueciéndose, aunque hay un uso perfecto que es el infinitivo impersonal: «¡No tocar, peligro!» que no exige flexión, es de carácter general.

La sustitución se da en las formas imperativas acabadas en -d que se corresponden con la segunda persona del plural: ¡Comed! ¡Jugad! ¡Esperad! En lenguaje coloquial se escucha: ¡Comer! ¡Jugar!, muchas veces precedidos de a. ¡A comer!, lo que es perfectamente correcto en uso y norma. La -d desaparece cuando se añade un pronombre: ¡Callaos! y no ¡Callad-os! El uso ha ido imponiendo. ¡Callaros! ¿Quién no recuerda a la genial Lola Flores gritando: ¡Si me queréis, irse! y no ¡Idos! o el más frecuente ¡Marchaos! Los que no distinguen entre vosotros y ustedes no tienen este problema.

La RAE da fe de los dos usos y ahora el hablante tiene libertad. Personalmente distingo entre lengua hablada y escrita por lo que ¡irse! me parece excesivo en la escritura. Claro que es una opinión. Entramos en el terreno resbaladizo de los niveles culturales, de los registros personales, de los gustos particulares y, por supuestos, de los contextos. En Andalucía y zonas de Centroamérica y del Río de la Plata los infinitivos pronominales tienen ganada la batalla: ¡Callarse! ¡Sentarse! El tema se complica cuando hay modificadores: El asunto tiene su cosa.

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