El humanismo en peligro

El humanismo en peligro
Sr. García .
Cruce de Vías

La vida se reduce a un confeti de llamadas escritas que se lanzan a puñados en viajes, fiestas, entierros y celebraciones

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .

Me dice que nadie piensa en los demás, que no te miran a los ojos cuando hablan, que las palabras se pronuncian pulsando teclas, que se deslizan los dedos por las pantallas en vez de acariciar la piel, que el corazón es una tarjeta SIM del tamaño de un pedacito de papel. Se queja de que nadie habla cara a cara. En realidad, nadie habla, nadie escucha. La vida se reduce a un confeti de llamadas escritas que se lanzan a puñados en viajes, fiestas, entierros y celebraciones. Llamadas esquemáticas con el menor número de palabras posible. Miramos el mundo sin ver lo que tenemos delante, aunque lo fotografiemos. Me confiesa que no soporta más, que no le gusta la vida reducida a la pequeña pantalla de un móvil y que en más de una ocasión ha deseado que todos se queden sin batería.

Paseamos por la calle. Los paseantes andan con su pareja colgada del cuello como si fuera un collar, la llevan en la mano, la guardan en el bolsillo o la meten en el bolso. Una pareja del tamaño de un paquete de cigarrillos que sustituye al ser humano. Nadie hace caso a nadie, dice. Fíjate en aquellos cuatro sentados alrededor de la mesa con las cervezas delante y cada cual inmerso en la vacua profundidad de la pantalla. Oímos el silencio. Estoy harto, confiesa. Me voy, no sé dónde. Me da miedo esta amenaza silenciosa que envuelve la ciudad.

Lo peor de todo es llegar a una reunión y encontrar a los otros mirando hacia abajo, como si el mundo entero estuviera deprimido. Algunos ríen, otros lloran, los hay que no expresan ningún sentimiento, como si todos y cada uno de ellos viera en la pantalla una película distinta. Al llegar la noche, apagan la vida. Mientras duermen, las parejas recargan batería sobre la mesilla de noche o tumbadas en el suelo. Se reencuentran por la mañana temprano y siguen juntos sin hablar hasta que vuelve el sueño. El sueño es lo único que los mantiene vivos y al margen de la pantalla. La humanidad en peligro, el humanismo en peligro, dice con la angustia de quien no concibe la vida muerta.

Nos despedimos en una calle peatonal del Centro rodeados de paseantes que hablan solos, ríen y lloran solos, incluso aman en soledad. Regreso a casa. Me asomo a los cuartos y veo el pequeño resplandor iluminando los rostros impenetrables. Doy las buenas noches. No digo que apaguen las luces porque ya están apagadas y quizás piensen que estoy ciego. Me acuesto. Imagino que un día de estos, el amigo humanista me llamará para decir que se marcha a no sé dónde. Pienso en un lugar del mundo sin cobertura y no se me ocurre ninguno. Mañana investigaré.

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