EL HOMBRE DEL PUENTE

SORA SANS

Cada vez que llueve no puedo evitar pensar en el hombre del puente. En todos los hombres y en todas las mujeres de todos los puentes que se reúnen en uno solo, al que miro casi sin querer, desde la otra acera. Me cuesta mirarlo porque al hacerlo es como si invadiese su intimidad. Imagina a un extraño observando a través de la ventana de tu salón o de tu dormitorio. Es algo más que la intimidad, es la dignidad lo que invade mi mirada. Pero su casa no tiene paredes que defiendan absolutamente nada. Está ahí, desnudo ante el mundo, con apenas unos harapos y algunos cartones enmohecidos para soportar un poco el frío. Lleva una mochila, nunca se la quita. Pienso en cuánto pesa su mochila y en cuánto pesa la mía. Intento imaginar el contenido de su preciada carga y no soy capaz de ver más que un libro raído, una fotografía arrugada, una muda sucia, unas monedas, un papel de aluminio con algo de pan, un caballito de mar de hojalata, un absurdo detrás de otro, un tesoro sin fondo. Pienso en mi carga, la invisible, la que tira de mis hombros, la misma que el psioterapeuta trata de disolver. Mi estúpida carga de preocupaciones, letras, números, momentos insípidos, anhelos idiotas, hambre histérica, pesadillas insomnes, un absurdo detrás de otro, un pozo sin fondo. No puedo mirar al hombre del puente y atropellar su intimidad sin mirarme a mí mismo y escudriñar la mía. Él me devuelve el gesto, ¿qué gesto? ¿qué he dicho? Agacha la cabeza a modo de saludo, con orgullo, como si mi lástima no significase nada para él. Debo ser un transeúnte más, bien abrigado bajo el paraguas. Debe sentirse como un elefante en un zoo, le sobran cacahuetes y le falta justicia, pero ¿quién soy yo para decir que es injusto? No sé nada del hombre del puente, no sé si merece estar ahí, si alguien merece eso, si yo merezco esta carga, si soy digno de ella. No sé si nada, más allá de la lluvia, tiene sentido. Pienso en el hombre del puente cuando era niño, pienso en la Navidad, en los propósitos que nos hacemos, en lo lejos que nos resulta acabar así, en lo cerca que estamos ahora, acera contra acera, tan solo unos metros, y la lluvia, nos separan. to

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