El hombre bipolar

El hombre bipolar
Sr. García .
Cruce de Vías

Nunca supe en qué trabajaba, tampoco le pedí ni él sacó el tema. Tenía la pinta de ser uno de esos abogados queno tienen ni un solo cliente

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .Ilustración

El pasado jueves me crucé por la calle con Carlos después de años sin vernos. Nos abrazamos y me invitó a tomar una cerveza para celebrar el reencuentro. Me disculpé argumentando que tenía una larga lista de asuntos pendientes. “Cuando mientas cierra los ojos para que no te traicionen”, me aconsejó. No había mentido al decir que tenía compromisos, pero he de reconocer que no me apetecía comenzar a tomar cervezas a las diez de la mañana. “Otro día”, dije, y le di mi número de teléfono sabiendo el riesgo que corría. Me cuesta un gran esfuerzo decir que no y esta actitud me provoca innumerables situaciones incómodas. También he de reconocer que unas horas con Carlos dan pie para escribir varios relatos.

Cuando se quedaba sin dinero solía acudir a un bar que se hallaba cerca del materno, se acomodaba en la barra y aguardaba pacientemente que apareciera algún padre primerizo dispuesto a invitar a una ronda a todos los clientes. Luego se encargaba de hilar una larga conversación con el recién llegado hasta que ambos cerraban el local. Nunca estuve en su casa, pero la imaginaba en penumbra y desordenada. Llegué a pensar que Carlos demoraba la vuelta porque le daba miedo estar solo. Una vez le pregunté si estaba casado o tenía pareja y me miró sorprendido, como si estuviera muy claro cuál era su estado civil y sentimental. Se quedó reflexionando un instante y afirmó: “Lo único que he hecho por una mujer en toda mi vida ha sido sacar los cubitos de hielo”.

Nunca supe en qué trabajaba, tampoco le pregunté ni él sacó el tema. Tenía la pinta de ser uno de esos abogados que no tienen ni un solo cliente. Un hombre desencantado, un vividor generoso aunque sin un céntimo en el bolsillo, un alcohólico al que nunca conseguí ver borracho. Muchas noches se retiraba tambaleando y él atribuía el balanceo a una neuralgia del trigémino que le afectaba al sentido del equilibrio. Durante años lo vi casi a diario, yo tenía bares y él era un cliente fiel. Casi siempre lo invitaban, yo también dejaba de cobrarle más de una copa. Nunca olvidaré aquel día que cerré el bar amaneciendo y fuimos juntos a desayunar. Acudimos a una cafetería y pidió doce huevos fritos, doce. El camarero se quedó tan asombrado como yo. Le sirvieron la bandeja y los devoró en un periquete. Nunca lo había visto con una cara tan plena de satisfacción. Me contó que siempre que llegaba a casa amaneciendo ponía a freír los huevos y la impaciencia le impulsaba a sacarlos de la sartén con los dedos y servirlos en el plato. Al oírlo, me acordé de los cubitos de hielo. Sin duda, Carlos era un hombre bipolar.

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