Línea de fuga

HABLAR Y VIVIR

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Del capazo salía el llanto de un bebé mientras la tela se retorcía en el suelo. Las luces se apagaban de nuevo y alguien medio desnudo corría hacia ti con una antorcha encendida. Otra vez la oscuridad. Pollos sueltos en una danza epiléptica. Cinco postes de madera con gente en ropa interior y botas de agua, amordazados primero y luego lanzados al vacío en un vuelo de cables y catapultas. Mi tío me había dicho que íbamos al teatro y yo me vestí de Domingo de Ramos. Acabé sudando, gritando y corriendo de un lado para otro del Centro del Exposiciones Sur. Tenía 15 años y aquello me pareció fascinante, como el concierto de Philip Glass y Kronos Quartet poniéndole la banda sonora al 'Drácula' de Bela Lugosi en el Teatro Cervantes, como las figuras yacentes hechas con trozos de neumáticos en la exposición de Jesús Marín a cuenta de su Beca Picasso en la planta baja de la Sociedad Económica de Amigos del País, como la conferencia en el piso superior de ese mismo edificio donde oí hablar de las bocas como vaginas dentadas en los cuadros de Picasso.

Mi biografía sentimental de consumidor cultural encuentra en aquellas experiencias un lugar donde el asombro permanece intacto y en todos los casos se lo debo a mi tío, primero, y a quienes se encargaron de ofrecer aquellas propuestas en la ciudad, después. Y aquí mi vida de estudiante se cruza por primera vez sin saberlo con la de Antonio Garrido Moraga, concejal de Cultura en aquellos años que sirven para entender mucho de lo que vino después y casi todo lo que tenemos ahora, con sus muchas luces y sus algunas sombras.

La muerte de Antonio todavía no duele porque lo que no entra en la cabeza tampoco entra en el corazón. La muerte de Antonio resulta inconcebible, imposible, en el sentido literal de la expresión, así que hasta que Antonio no escriba una de sus columnas dominicales sobre el análisis etimológico y lingüístico de su muerte a mí nadie me baja de este burro. Porque Antonio le puso a estas columnas ilustradas por Encarni Hinojosa un título que sirve para todo lo que a él le toca: 'Hablar y vivir'. Qué manera de hablar y de vivir la de Antonio. Erudito y lúdico, preciso y expansivo, certero y torrencial, académico y por momentos histriónico.

La muerte de Antonio es un fallo administrativo en el procedimiento burocrático de la fatalidad, porque todavía tenemos en la Redacción una pila de libros esperando a que se los lleve para hacer, si procede, una reseña en la doble página de los viernes. Antonio firmó aquí su primera crítica literaria con 13 años. Así era (es) Antonio, que leía cuatro o cinco tomos a la vez y que nunca traía bolsas para llevárselos a casa. «Mi único talento en la vida ha sido saber opositar», decía Antonio con una media sonrisa socarrona, a modo de excusa por su aparente despiste. Antonio, que a cualquier nimiedad le sacaba un pregón improvisado, que para eso era (es) especialista en retórica.

Antonio coordinaba una edición actualizada del 'Cantar del Mío Cid' y escribía en el periódico ese domingo sobre la palabra 'pollón'. Y lejos de achantarse, a la semana siguiente arrancaba su 'Hablar y vivir' de esta guisa: «He recibido mensajes de lectoras, a las que agradezco su atención, para pedirme que analice la palabra que más se usa en español para designar al órgano sexual femenino, 'coño', por aquello de la justa correspondencia con el 'pollón' de la semana pasada. Lo hago de mil amores».

Porque la patria de Antonio eran los amores, los amigos y las palabras. Porque Antonio hablaba como vivía y vivía como hablaba. Porque Antonio, que en medio del sopor del debate parlamentario le soltaba hace unos meses al consejero de Cultura: «A mí no me va a encontrar en la faramalla». Y con esas te ibas al diccionario para confirmar la sospecha de que era, justo, la palabra precisa. 'Charla artificiosa encaminada a engañar'. Sinónimo, además, de una de las palabras que más nos gustan a los dos: 'farfolla'. Lo he revisado dos veces y no le dedicaste ningún 'Hablar y vivir', así que déjate de rollos, Antonio, que te estamos esperando y el periódico del domingo hay que cerrarlo prontito.

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