GRAVE PERCANCE DE PABLO PIRRI

Pirri, en la cogida. :: efe

BARQUERITO

La corrida del Puerto fue una monumental exageración. Aunque el promedio de los cinco toros del hierro titular no superó el listón de los 600 kilos, llamaron la atención las carnes tan desproporcionadas, disparatadas en el caso de primero, cuarto y quinto de sorteo. Tres toros cinqueños, que se jugaron en turno impar. Y dos cuatreños que, por comparación, parecieron volátiles.

Extraordinariamente abanto el primero, que no cabía en la plaza. El quinto pegó derrotes por falta de fuerza. Derribaron ese quinto y un segundo estrecho, descarado, un perchero tremendo, sacudido. Claudicaron casi todos. Todos sin excepción tardearon en varas. Falta de criterio, la lidia fue desacertada. Solo el sexto, del hierro de La Ventana, un Huracán castaño lombardo, greñudo y carifosco, talludo y estrecho de sienes, se salió del guión. Parecía de otra corrida.

Otra historia. Tuvo la fijeza y la voluntad de que carecieron los cinco jugados por delante. Aunque claudicó cuando acusó los tirones y los enganchones, sacó particular nobleza. Fue recibido al asomar con una ovación de reconocimiento. En el encierro de la mañana había corrido a una velocidad insuperable. Las estadísticas pondrán en claro antes o después si ha habido en sanfermines otro toro con tantos pies. Probablemente, no. En la entrada del callejón, lo distrajeron dos corredores mal colocados y entonces cambió el toro de marcha pero no de rumbo.

La corrida quedó marcada por un horrible percance. En la reunión del primer par de banderillas con el gigantesco toro que partió plaza, y por no pasar en falso, Pablo Pirri, se vio apurado en la cara del toro, no salió a tiempo y el toro hizo presa con un derrote seco. El cuerno en el vientre, el torero volteado y encampanado, un pitonazo en la cara cuando estaba cayendo de cabeza. La impresión fue brutal.

Curro Díaz se hizo de ánimo, brindó al público y, listo, seguro y hábil, bien asentado y compuesto, acertó a manejar el toro, que perdió mucho las manos por la derecha y, como todos los toros codiciosos pero sin fuerza, derrotó por la izquierda. Demasiado larga la faena, pero iba a ser tarde faenas agotadoras, interminables, populares digamos, y ese primer trasteo de Curro pareció, sin serlo, el colmo de la precisión.

Paco Ureña se eternizó en los dos turnos: pausas, paseos, tiempos muertos y vuelta a empezar. Por una estocada valerosa cobró una oreja del segundo atanasio, pronto pero descompuesto. Con el quinto el trasteo sin sustancia se hizo eterno. José Garrido, que debutaba en Pamplona, anduvo sin fe ni rumbo y recorrió toda la plaza con el tercero, el más largo de los cinco del Puerto y el de más entrega. Curro Díaz resolvió con el cuarto, que lo desarmó demasiadas veces y cuando intentó sin razón ni éxito el toreo de desmayo.

El Huracán famoso desde las ocho de la mañana fue el toro de la tarde con enorme diferencia. De rodillas, en tablas y por alto abrió Garrido faena en un guiño al sol que en realidad se celebró más en la sombra. Un segundo tramo de faena en los medios bien acoplado. Muchos enganchones por la zurda, una interminable matraca. Un aviso antes de entrar a matar ya a toro aplomado. Media, entera, una oreja muy justa de rigor. Dio el toro para mucho más.

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