De la Gran Duquesa multiplicada al explorador ahogado

Tal día como hoy nacía Anastasia, hija menor del último zar de Rusia y moría Roald Amudsen, durante una expedición de rescate

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Anastasia, hija menor del último zar de Rusia, Nicolás II, quien fue, primero amablemente invitado a abdicar de su trono y finalmente afiambrado por la Revolución, y moría Roald Amudsen, durante una expedición de rescate en busca de un dirigible que andaba extraviado por esos cielos árticos.

ANASTASIA NIKOLÁYEVNA ROMÁNOVA. De 18-6-1901 a 18-7-1918

Dieciocho de junio de 1901. Nace en el Palacio Peterhof de San Petersburgo la Gran Duquesa Anastasia Nikoláyevna Románova, hija menor de Nicolás II, último zar de la Rusia Imperial en aquel momento y último zar de la historia tras ser, primero amablemente invitado por la Revolución a abdicar de su trono, después confinado bajo arresto domiciliario, y finalmente afiambrado por los bolcheviques junto a toda la familia, incluyendo a Anastasia aunque a lo largo de las décadas siguientes aquello fue un no parar de Anastasias pululando por doquier como vindicativas sombras imperiales ávidas de luz mundana: que si Anastasia soy yo, no hay más que ver mis modales aristocráticos; que si tú lo que eres es una arribista porque Anastasia no hay más que una y ésa soy yo y a ti te mandaré fusilar cuando se reinstaure el régimen zarista; que si vaya panda de fraudulentas, como si no fuese una evidencia que para Gran Duquesa, yo; que si, no es por criticar pero sólo hay que diferenciar las caras de campesinas de los Urales de las falsas Anastasias de mis rasgos imperial y sabiamente forjados por el punzón dinástico; que si ¿Anastasia tú?, mi sangre azul se subleva en hierático desprecio frente a la rojez plebeya de tu cutis… En fin, que aquello era un poco como lo de Espartaco somos todos pero en versión lánguidamente eslava, y como no habían descubierto aún los misterios del ADN, si eras rubia de ojos azules nada te impedía postularte a Gran Duquesa exiliada e incluso creértelo si el entusiasmo se radicalizaba en su delirio. Lo cierto es que fue ese mismo ADN por aquellas fechas genéticamente ignoto, el que permitió certificar que ninguna de las Anastasias fugitivas era la genuina, sino que ésta yacía, junto al resto de la familia Románov, cerca del palacio de Ekaterimburgo donde fueron todos bolcheviquizados a punta de revólver y rematados a bayonetazo limpio. Por si las moscas mencheviques.

ROALD AMUDSEN. De 16-7-1872 a 18-6-1928

Veintisiete años después del nacimiento petergurgués de Anastasia, moría en el mar de Barents Roald Amudsen, durante una expedición de rescate en hidroavión para localizar el dirigible Italia, que andaba extraviado por esos cielos árticos, siendo la tripulación del dirigible repescada mientas el cuerpo de Amudsen se hundía para no regresar, ni siquiera congelado. El primer explorador en alcanzar el Polo Sur, tras haber comandado la primera expedición que logró recorrer el Paso del Noroeste entre los océanos Atlántico y Pacifico, acumulado conocimientos sobre el magnetismo de la Tierra, y ser adelantado por Robert Peary en la llegada al Polo Norte, logró finalmente vencer a Robert Falcon Scott en la carrera hacia el Polo Sur, aventajando a los caballos mongoles de Scott con los perros groenlandeses que tiraban los trineos de la expedición de Amudsen. En cierto modo, fue como si Gengis Khan se hubiese medido en velocidad y resistencia contra Rintintín, dicho esto sin retintín alguno, ya que a los caballos el sudor se les congelaba en la piel y los inmovilizaba mientras los perros, que regulan su temperatura sin sudar ni despeinarse, corrían como si no hubiera un mañana austral o les aguardaran unos kilos de filetes de foca al final del trayecto. La posteridad gubernamental noruega le concedió a Amudsen un día homenajeador al año, el catorce de diciembre, también conocido como Día del Polo Sur, en que a las doce del mediodía le dedicaron dos minutos de silencio mientras las campanas de todas las iglesias del país repicaban al unísono. Después, habida cuenta el desmesurado estruendo nacional y la sensibilidad de los tímpanos escandinavos, se suprimió el repiqueteo campanaril y hasta los ciento veinte segundos de mutismo, estimándose que, si bien París valía sin duda una misa, un Polo Sur tampoco era para lanzar todas las campanas al vuelo cada dos por tres. Ni siquiera cada dos por dos.

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