Grafitis, mirillas y trazos ocultos: lo que no se ve del telón de Ferrándiz

Vista de los trabajos que se están realizando. / Álvaro Cabrera

La restauración saca a la luz las cicatrices de la pieza y revela datos de su composición original

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

El acomodador del teatro de la época dejó su huella en la obra maestra que pintó Bernardo Ferrándiz como telón de boca para el Cervantes. Se sabe que fue él porque junto a su nombre escribió "guardalínea de butaca", como se llamaba a la profesión a principios el siglo XX. Es una de las inscripciones a lápiz que el equipo de Quibla Restaura encontró al retirar la tela de algodón superpuesta en una de las "nefastas" intervenciones a las que fue sometida la pieza. La restauración del telón de boca del Cervantes, que se realiza a puerta abierta en el Patio de Banderas del Ayuntamiento, con el patrocinio de Fundación Málaga, saca a luz las "cicatrices" de una obra con historia y revela datos de su composición original.

"El privilegio nuestro no es solo tocar la obra y mirarla a cinco centímetros de distancia, sino también la posibilidad de ver detalles ocultos", señala la restauradora Estrella Arcos. Entre otros, dos mirillas que en algún momento de la vida del telón -no en sus inicios- se abrieron en la tela para que los actores pudieran ver sin ser vistos el patio de butacas. Ambas, colocadas en las figuras que aparecen a los lados de la columna, han sido cubiertas ahora (tras registrarla gráficamente) porque la chapa metálica que se incorporó a la pieza dañaba el conjunto.

Tras dos trabajos previos en 1902 y 1954 que "no respetaron la obra del autor" y la dejaron en situación crítica, el telón de boca de 1870 recupera su salud, pero los expertos descartan ya devolverle su aspecto primigenio. "La obra de Ferrándiz está debajo de dos capas de pintura", confirma Estrella Arcos, lo que significa que "se nos ha ocultado ya para los restos en buena parte el original".

Los análisis fotográficos y químicos previos, junto con la intervención directa, revelan modificaciones sustanciales. Por ejemplo, el sombrero rojo de Mefistófenes en sus inicios era de pan de oro, la lira que sujeta en las manos una figura estaba antes a los pies, el niño no sujetaba rosas sino coronas de laureles y el rostro de la mujer que escribe los nombres de la columna ha sido totalmente retocado. "Parece una folclórica de los años 50, ya no es una cara del siglo XIX", cuenta Arcos.

Pero algunos trazos de Ferrándiz están apareciendo. En la columna, por ejemplo, resurgen sutilmente más nombres de dramaturgos -que se suman a los que son visibles en la base- que después alguien decidió cubrir. Y confían en poder rescatar algunas pinceladas más del artista que dejarán como testigo: uno de los retos es descubrir el rostro real que se esconde bajo el repintado de Mefistófenes, donde se dice que se autorretrató Ferrándiz. "Porque es una pena que ya no podamos saber qué cara tenía", lamenta Arcos.

Al margen de anécdotas y curiosidades, "lo más oculto que ha salido a la luz" para el equipo de restauración es la técnica original del autor. "Nos puede permitir hacer un comparativo con el resto de sus obras a partir del empleo de los pigmentos que hace, del tipo de pincelada, de las secuencias estatigráficas...", enumera.

Lo cuenta frente al inmenso telón desplegado en el Patio de Banderas del Ayuntamiento, donde le queda un intenso mes de trabajo para reponer el color que falta, una vez concluido el estucado. Es la fase final (el 8 de agosto vuelve al Cervantes para los retoques definitivos) y la más vistosa, donde los ojos inexpertos aprecian más los avances. Pero "el gran proceso" ya se ha hecho y permanece invisible. Se trata de la intervención, casi de microcirugía, con bisturí incluido, sobre la tela deformada y mal conservada. Se fijó el color, se sustituyó el reentelado de algodón que añadía un peso excesivo por uno de lino similar al original (encargado en Italia), se elminaron los parches (hasta cinco capas de telas distintas había en algunas partes) y se ha incorporado una tela ignífuga que además sirve de soporte al conjunto.

Se sabe, por ejemplo, que Ferrándiz usó cola animal de conejo para el temple; ahora, en las distintas fases, Quibla ha empleado desde cola de pescado a miel de caña, pasando por harina de trigo y goma de borrar. Cuando la gente conoce la labor que está desarrollando Quibla Restaura -esta mañana les visitaban, por ejemplo, los Amigos del Thyssen- exclaman "¡vaya reto!". "Pero yo respondo: No, ¡vaya irresponsabilidad! Esto es una auténtica locura", añade con ironía Estrella Arcos.

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