GANAR FUERA

JUAN FCO. GUTIÉRREZ LOZANO

Paradojas del destino: el mismo fin de semana que volvimos a preguntarnos otra vez cómo hacer para ganar Eurovisión, artefacto tan entretenido como banal, se nos fue Antonio Mercero, un artesano audiovisual que dio empaque a todas las historias que narraba y que puso una pica en Flandes en la creatividad televisiva de los años setenta. Mercero ponía su cámara siempre a ras de suelo y cerca de nuestros corazones. Explotó la lagrimita fácil, vale, pero supo dotar del amargor suficiente a sus series y películas para no empalagar del todo.

Es verdad que con su oscura 'La cabina' logró un premio Emmy internacional, ea, pero sus tramas locales buscaban sobre todo un retrato cercano picantón, un pellizco íntimo. Los infantes españoles que recordamos vagamente la muerte real de Fofó y luego fuimos al cine a ver alguno de sus filmes con Lolo García, nos vestimos luego de primer luto por Chanquete, ay, para luego hacernos mayores y modernos y mirar por encima del hombro a 'Farmacia de Guardia', su éxito más resonado en la era de la competencia comercial. Pero Mercero, genio de la tele familiar, siempre adornó sus comedias traviesas con un halo de tristeza. Y aunque ganó fuera, sus logros tuvieron que ver con su modo jocoso de representar a la clase media española en la pequeña pantalla.

No me cabe duda de que si Mercero hubiera pillado a Amaia en aquella época de fulgor de sus teleseries habría hecho de ella una secundaria de lujo en sus repartos. Los espectadores que no han caído de bruces en la absurda campaña orquestada en contra del dúo español representante en Eurovisión de este año ya lo saben: Amaia puede parecer bobalicona o inocentona, pero no lo es. Es una cantante enorme, una joven irónica a la que no le iban muy bien, esta vez, ni el acompañante ni la canción. Una copla un poco lacia, con demasiado azúcar para tan poco pollo; un intento difícil de emular a Sergio y Estíbaliz en medio de una 'rave'. En fin, que para ganar fuera le faltó a su puesta de largo europea un punto de picardía, ese aliño que Mercero nunca olvidaba.

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