La forense Inge Schilperoord entra en la mente de un pederasta en 'No volverá a pasar'

Á. S.

madrid. En su primer proyecto literario, la novela 'No volverá a pasar' (Catedral), la forense holandesa Inge Schilperoord (La Haya, 1973) se enfrentó a un reto mayúsculo: describir uno de los grandes crímenes del siglo XXI, la pederastia, desde dentro de la mente de un personaje, Jonathan, recién salido de la cárcel, donde estuvo tras ser acusado de abusar de una niña y posteriormente absuelto por falta de pruebas, y que luchará contra sus impulsos.

Schilperoord reconoce que era consciente de que entraba en aguas pantanosas porque posiblemente el de pederastia es el delito con el que menos empatía puede sentir cualquier lector. «Pero yo quería ver cómo evoluciona un pederasta, cómo crece la tensión en su interior, cómo lucha, y no tanto la visión de su terapeuta o de sus vecinos cabreados», explica. El libro, que ha sido traducido a varios idiomas y se convertirá también en película, tuvo una gran aceptación en los Países Bajos, Bélgica, Francia o Italia, pese a lo controvertido del asunto que trata.

«Igual que hay millones de tipos de alcohólicos, hay millones de tipos de pedófilos», cuenta la autora. «Algunos sienten los impulsos, pero se controlan, no necesitan terapia. Otros necesitan ayuda para aprender a controlarse. La terapia puede ayudar a algunos, pero no a todos. Por mi experiencia, en los casos de aquellos que han cometido abusos sexuales la terapia no suele resolver el problema de los impulsos, pero sí sirve para controlar otros, como el abuso de alcohol, que es una de las causas de que reduzcan su autocontrol», argumenta.

Schilperoord recuerda que los pederastas también son seres humanos, así que admite que en algunos momentos de la escritura sintió cierta empatía por el protagonista. «Aunque tiene impulsos que yo no tengo y que no apruebo, me preocupo por él y no me importó convivir con él. No es una mala persona, pero tiene deseos peligrosos», subraya.

'No volverá a pasar' reflexiona también sobre la percepción que la sociedad tiene respecto a estos delitos. «La sociedad, lógicamente, quiere encerrar a estas personas porque todos queremos proteger a nuestros niños. Pero también hay que poner en la balanza los derechos de estas personas. ¿Ayuda que estén en la cárcel? ¿No sería mejor que fueran a terapia? Es complejo», asegura.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos