Fernando Cayo: «Nuestros genios lo han sido a pesar de la sociedad»

Fernando Cayo. /FRAN JIMÉNEZ
Fernando Cayo. / FRAN JIMÉNEZ

Dirigido por Ridley Scott, Almodóvar, Bollaín o ‘Jota’ Bayona. De la tele al teatro. El actor vallisoletano se acerca a sus múltiples papeles «como un científico apasionado»

ANTONIO CORBILLÓN

Adicto a papeles al límite, a directores que explotan el ‘animal actoral’ que lleva dentro y sin miedo a ningún género ni formato, Fernando Cayo cumplirá la próxima primavera medio siglo de vida real (Valladolid, 1968). Las inventadas le dan para muchas más. Acaba de revisitar la muerte con el monólogo ‘Inconsolable’, de Javier Gomá. Pero los ‘sepelios’ le duran poco. «Tengo tantos proyectos en marcha que no me da tiempo a sentirme abatido».

Dice un crítico muy respetado que sus papeles son de personajes ‘puteados hasta las trancas’.

– Es que es la vida humana. El proceso de nacer, crecer, envejecer y morir. Hay una parte de lucha y combate con los seres que te rodean y contigo mismo. Ese ‘camino del guerrero’ tiene mucho que ver con sentirnos metidos en dificultades. Y con cómo superarlas.

‘Inconsolable’. ¿Así se queda un actor al acabar una gira?

– Te quedas tocado. Es la culminación de un proceso que va mucho más allá del mes de actuaciones. Ha sido un clímax muy importante y de búsqueda personal, porque quería enfrentar esto más allá de lo memorístico.

Su personaje dice: «No estamos preparados para abandonar la infancia, pero es lo que nos toca». ¿Es así la orfandad del actor?

– Cada experiencia tiene su duelo particular. Amí no me da tiempo. Siempre intento que cada trabajo esté conectado con el siguiente. De hecho, voy a estar todo el año que viene en ‘Amar es para siempre’ (Antena3) y recuperaremos ‘El Príncipe de Maquiavelo’ en el teatro. Siempre hay espectáculos que nunca los dejas del todo.

Detrás de personajes contritos lo suyo era el humor. Un arma cargada siempre de... ¿sentido?

– Intento que siempre forme parte de mis trabajos, incluso en textos existenciales y dolorosos como ‘Inconsolable’. La tragedia nunca se entendería sin un porcentaje de comedia. Forma parte de la vida y es parte de mi formación. Y de mi casa: allí teníamos mucho humor.

Es la España quijotesca y cervantina. Siempre juntando los extremos vitales.

– Javier Gomá habla de la sabiduría cervantina y sus tres elementos: cortesía, idealismo y chiste. Está en el ‘Quijote’ y forma parte de la esencia de lo español. Somos muy idealistas y muy utópicos. Pero también generosos, y nos entregamos a los demás. Por mi parte, trato de ser curioso y siempre me he acercado a mi trabajo como un científico apasionado.

Higiene mental

Destaca las bondades terapéuticas. Desde fuera, uno cree que el trabajo de un actor conduce a la esquizofrenia. ¿Cuánto se ahorra en psiquiatras?

– Llevo bastante años haciendo terapia, modelo Gestalt, que impulsó Claudio Naranjo. Lo hago por higiene mental, no por una patología concreta. Es como el que va al masajista. Yo voy no porque tenga algo malo, sino para no estar malo. En ‘Inconsolable’ pasas por territorios dolorosos. Pero también muy terapéuticos, porque lo haces desde un recorrido muy sanador y luminoso.

Su primer amor fue la música. A los 8 años estaba en el Conservatorio de Valladolid. ¿Cuál es la banda sonora de su vida?

– (largo rato pensando)... Se abre un universo completo y no podría quedarme con una sola. Ahora mismo escuchaba un trío de Schubert... No lo sé. Para mí la música es un mundo muy complejo. La clásica está siempre en mi vida, pero he usado la binaural para mi trabajo. Cuando entreno me sumerjo en el ‘trans’ o la electrónica. Y luego está mi hija Candela, que me obliga a estar al día de lo comercial.

Hasta que se puso ‘Manos a la obra’ (Antena3) no se despejó su camino. No como tantos colegas que viven de otra cosa.

– Hay mucha frustración en la profesión y en el medio cultural en general. En otros países hay un apoyo muy alto. Aquí sólo lo hacemos con los espectáculos de fuera. La Comédie Français nace en el siglo XVII y nuestro Centro Dramático Nacional, a finales de los años setenta. Nuestros grandes genios lo han sido a pesar de la sociedad. Ha habido un desprecio a lo cultural que no se curará hasta que no haya una revolución educativa. Pero las cosas van cada vez mejor. No hay que ser derrotista.

En otoño vuelta a la carretera con su ‘Maquiavelo’ de corbata ¿La realidad escucha a estos clásicos que parecen de hoy?

– Maquiavelo fue, sobre todo, un gran historiador. Esto de ‘ser maquiavélico’ es una visión errónea. Él no decía que hay que ser malvado, sino que mostraba lo que el ser humano ha hecho a lo largo de la Historia. Le pusimos corbata porque nos habla de nosotros, nuestra política y de cómo nos portamos.

Aquel verano de: Primeros amores en Tarragona y al teatro en Almagro

Fernando Cayo es un «entusiasta» de la vida al que le cuesta elegir un tiempo concreto. Así que recurre a la patria de la infancia para acordarse de «aquellos veranos en Tarragona en una residencia sindical». Una inmensa urbanización de recreo a la que «íbamos los amigos. Allí surgieron los primeros amores preadolescentes. Fue un periodo muy vibrante y feliz sintiendo esos amores y sus rechazos, también las amistades juveniles». Pero también le hace hueco a sus estíos calurosos en Almagro, templo del teatro, a donde le llevaba su pertenencia a la Compañía Nacional de Teatro Clásico. «Ir allí era un evento vital. Los ensayos, el calor, las noches compartiendo algo tras las funciones. Todo muy potente».

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