Albas y ocasos

De la femme fatale a la reina fugaz. Barbara Stanwyck y Ana de Cléveris

Barbara Stanwick y Gary Cooper, en una escena de la película 'Juan Nadie'./SUR
Barbara Stanwick y Gary Cooper, en una escena de la película 'Juan Nadie'. / SUR

Tal día como hoy nacía Barbara Stanwick, que se convertiría en una de las femmes fatales del cine hollywoodense, y moría Ana de Cléveris, cuarta esposa de Enrique VIII cuyo matrimonio nunca fue consumado

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Barbara Stanwick, que se convertiría en una de las femmes fatales del cine hollywoodense, y moría Ana de Cléveris, cuarta esposa de Enrique VIII cuyo matrimonio nunca fue consumado.

Barbara Stanwick. Del 16-7-1907 al 20-1-1990

El dieciséis de julio de 1907 nacía, en el neoyorquino Brooklyn, Ruby Catherine Stevens, que se convirtió en Barbara Stanwyck cuando, de la mano de su primer marido, el actor Frank Fay, llegó a Los Angeles para iniciar su carrera cinematográfica. La obsesión de Fay por convertir a su esposa en genuina estrella del celuloide comenzó a materializarse con el primer gran papel que le dieron a la Stanwick en la película de 1937 Stella Dallas, dirigida por King Vidor, con la que logró su primera nominación a los Oscar, si bien el premio fue a parar a las germánicas manos de Luise Rainer. La segunda nominación de Barbara a los dorados premios le llegó cuatro años más tarde, recayendo en esta ocasión el Oscar en Joan Fontaine, y tampoco a la tercera fue la vencida ya que la anhelada estatuilla le correspondió a Ingrid Bergman. La cuarta nominación la mantendría en vilo hasta que una Jane Wyman, sorda y muda por exigencias del guión de Belinda y prometida con Ronald Reagan por azares del guión existencial, le arrebatara la estatuilla, de tal manera que Stanwick tuvo que aguardar hasta 1982 para recibir un Oscar honorífico a toda su carrera, ceremonia de consolación en la que te premian pero como de puntillas, por si sospechan que puedes finar en breve y quisieran disculparse antes por los sucesivos desplantes de mister Oscar. En el ínterin de las no consecuciones oscáricas, Barbara se había especializado en papeles de femme fatale; se había divorciado de Fay; recasado con Robert Taylor, el cual la cornamentó con Ava Gardner y Lana Turner con tal entusiasmo que Barbara intentó suicidarse para evitar el dolor residual de las astas simbólicas; había mantenido relaciones con Frank Capra y Henry Fonda y había sido al mismo tiempo estigmatizada como lesbiana de closet, es decir de armario, por su amistad con Marlene Dietrich y Joan Crawford, integrantes todas ellas del denominado Círculo de la Costura, donde coser se cosía poco o nada pero donde te podías ocultar de las quemas de brujas sexuales o políticas que imperaban en el Hollywood de la época. Vade retro, senador McCarthy.

Ana de Cléveris. Del 22-9-1515 al 16-7-1557

Trescientos cincuenta años antes del nacimiento neoyorquino de Barbara Stanwick, moría en el kentiano castillo de Hever Ana de Cléveris, cuarta esposa de Enrique VIII de Inglaterra. El matrimonio sin embargo nunca fue consumado ya que el rey, que había accedido al enlace porque necesitaba una alianza con los alemanes y tras haber recibido una miniatura en la que el pintor le había hecho a Anna un fotoshop manual que quítense todas las aplicaciones actuales, descubrió que la princesa de Dusseldörf era más incómoda de mirar que el vampiro de ídem y se fue en busca de Thomas Cromwell, a la sazón Lord Canciller del reino, para que deshiciera el real entuerto: oye, Cromwelito, que, o bien a la dama la retrató un pintor ciego o nos han timado estos Cléveris. Y Oliver impertérrito: que no es tan fea, majestad, y el enlace no se puede anular a estas alturas del partido... Y Enrique erre que erre, que es fea y más fea aún después de haber gozado de Ana Bolena, que hasta decapitada era hermosa. Y Cromwell, que no la mire, majestad, sólo tiene que casarse con ella. Y Enrique, como si él mismo, ya cincuentón, obeso y enfermo, fuese la mismísima encarnación de la belleza, que no y que no, que no me caso. Y el Lord Canciller, cásese, majestad, siempre podrá descabezarla después por algún motivo que ya se nos ocurrirá... La boda se acabó celebrando y, aunque Enrique visitó la alcoba de su cónyuge en varias ocasiones, no se aproximó lo suficiente a la dama para consumar la unión, que acabó seis meses más tarde con una nulidad mutuamente consentida y eclesiásticamente ratificada. A lady Ana, habida cuenta que la responsabilidad del rechazo le correspondió a Enrique, le respetaron magnánimamente la cabeza, además de otorgarle numerosas propiedades y el título honorífico de “hermana del rey”, y acto seguido el rey en cuestión se apresuró a casarse con una dama de compañía de la reina fugaz, la teenager Catalina Howard, a quien, para no perder la costumbre, mandaría decapitar dos años más tarde. Si la Torre de Londres hablara.

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