Factoría de canciones sin partitura

Steve Coleman, en el centro, durante el concierto de ayer en el Teatro Cervantes. /Fernando González
Steve Coleman, en el centro, durante el concierto de ayer en el Teatro Cervantes. / Fernando González

Steve Coleman inaugura el Festival de Jazz con un concierto ecléctico

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Ocho notas. Una melodía casi circular a priori simple. El saxofón de Steve Coleman comenzó a sonar como la flauta de un encantador de serpientes, solitario y cíclico. Sus tres mosqueteros, a la trompeta, bajo eléctrico y batería, decidieron sumarse, tímidos pero hechizados por el líder de Chicago. Así, con aires de banda sonora de bar de Nueva York, el primer tema de Steve Coleman and Five Elements sonó, único e improvisado, en un Teatro Cervantes casi lleno, expectante por el primer concierto sobre las tablas del Teatro Cervantes en el 31 Festival Internacional de Jazz de Málaga. El de ayer era uno de los grandes atractivos de esta edición, y no defraudó: Coleman demostró que en el jazz no está todo inventado, fusionando como acostumbra, funk, soul y ritmos étnicos en un escenario, pasando en la misma canción diferentes compases, acentos e intenciones.

El jazz y la improvisación siempre van de la mano, pero Steve Coleman ha hecho de este concepto su seña de identidad, yendo más allá de hacer solos aleatorios o protagonizar momentos concretos de libertad sonora. El saxofonista, nacido en Chicago pero instalado en Nueva York desde 1978, lleva la espontaneidad a otro nivel, creando patrones desde cero y exprimiéndolos durante largos periodos de tiempo por parte de todo el conjunto, como si fueran un solo músico. El espectáculo comenzó como una declaración de intenciones, con dos fragmentos de más de quince minutos cada uno, en los que hubo tiempo para el vértigo rítmico con los que crearon un espejismo de descontrol resuelto por las manos firmes de Sean Rickman. El batería del cuarteto protagonizó un aplaudido solo durante el segundo tema –la percusión tiene mucho protagonismo en el universo de Coleman–. El conjunto jugó con las intensidades para dar paso a las exhibiciones de los diferentes miembros. Aunque el nombre propio de la banda señala al saxofonista, el foco se posó sobre el resto de integrantes que, sin complejos, aportaron numerosos momentos de virtuosismo, destacando los sonidos rotos de Jonathan Finlayson a la trompeta y la estabilidad rítmica de Anthony Tidd al bajo eléctrico.

Melodías cruzadas

El saxofonista dejó claro que su forma de comunicarse con el público es a través del instrumento, ya que apenas se dirigió a los asistentes, nada más que con algún «good!» –¡qué bueno!– cuando alguno de sus compañeros hacía alguna proeza. Se limitó a decir sus nombres al final de uno de los bloques por encima de los aplausos como agradecimiento por su esfuerzo. La velada se llenó de contrapuntos y melodías cruzadas que, justo cuando parecían que iban a girar hacia un sonido dulce, se tornaban en aparente anarquía expresiva. Anoche nada era lo que parecía y el saxofonista condujo al respetable por una gran variedad de acentos traídos de diferentes géneros musicales, en los que también hubo espacio para hacer gala de la capacidad grupal del conjunto. El tercer fragmento comenzó con una acelerada introducción ensayada que demostró que para improvisar hay que trabajar de forma coordinada.

A la mitad del espectáculo, Coleman protagonizó quizá uno de los momentos más aplaudidos de la noche, un preludio de otro bloque en el que el saxofonista hizo un solo suave y armonioso, sin prisas, con matices clásicos que recordaron a algunas de sus influencias, como Charlie Parker o John Coltrane. El saxofonista se despidió con un tímido y sonriente «muchas gracias» y abandonó el escenario con el público en pie.

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