El exotismo oriental de Fortuny

El exotismo oriental de Fortuny

El Prado se acerca a la obra del pintor catalán, que fue a Marruecos para pintar una guerra y volvió enamorado de su luz y sus gentes

IÑAKI ESTEBANMADRID.

Vivió solo 36 años y aun así consiguió fama internacional y dejó una obra única, forjada en el respeto a los maestros y en la experimentación con la luz y el color, que le situaron como uno de los protagonistas del capítulo anterior al impresionismo. Murió en 1872, cuando el arte empezaba a volar con una inédita libertad y por ello surge la pregunta de hasta dónde podría haber llegado.

Mariano Fortuny tuvo un gran talento y quizá el movimiento de las primeras vanguardias le habría llevado más lejos. Pero lo que hizo entre su primera estancia en Marruecos, a los 22 años, y su muerte en Roma, 14 después, le valió para dejar una obra amplia en los mejores museos y colecciones del mundo. El Prado organiza ahora su primera monográfica sobre el creador con 169 pinturas, algunas nunca mostradas antes, otras poco conocidas y otras verdaderamente sorprendentes, como sus acuarelas, la envidia de sus amigos artistas.

La muestra sigue la trayectoria desde sus dibujos sobre la figura humana, un ejercicio de una perfección que parece sobrehumana, hasta sus pequeños cuadros de desnudos de niños que antecedieron con toda claridad a lo que después hizo Sorolla y, en menor medida, Darío de Regoyos. En las salas que acogen la exposición, que se abrirá mañana martes al público con el patrocinio de la Fundación Axa y podrá visitarse desde el martes hasta el 18 de marzo, está el artista del exotismo romántico, de la ensoñación orientalista, de los tipos y paisajes de los que se quedó prendado desde que la Diputación de Barcelona le envió al norte de África para que pintara las heroicidades de los soldados catalanes en la guerra hispano-marroquí.

Fue uno de los antecesores del impresionismo y quizá las primeras vanguardias le habrían llevado más lejos

Ccumplió a medias con el encargo propagandístico. Volvió a su ciudad dos años después, en 1864, pero no logró culminar el cuadro previsto de la contienda en Tetuán, aunque sí mostró la violencia despiadada del enemigo, como era costumbre, en 'La batalla de Wad-Ras'.

En Marruecos descubrió la luz, el color, los espacios abiertos al infinito y las geometrías de su arte. Empatizó con sus habitantes sin abandonar la mirada del orientalismo colonial. «Admiraba la autenticidad con que vivían, al contrario que los europeos», destacó Javier Barón, comisario de la muestra y responsable del proyecto desde que se lo encargara en 2012 Miguel Zugaza, entonces director del Prado.

Figuras como la de 'El herrador', practicando su oficio en un patio por el que saltan sus gallinas, la descripción de fiestas populares como la explosión de la pólvora y personajes de los estratos más modestos del norte de África avisan de la visión dramática, y a la vez complacida, del pintor sobre las rarezas que observaba. A ella regresó varias veces a lo largo de su carrera. En la exposición también se muestran encargos como el cuadro colocado en el techo en el que la regente María Cristina pasa revista a los soldados, y que ella destinó a su residencia de París. Fueron años prósperos. Su marchante francés movió bien su obra y vendió por 70.000 francos 'La vicaría', que representa la boda de un señor mayor y rico con una joven deseosa de mejorar su posición social.

Ese dinero le permitió vivir a sus anchas en Granada, donde elaboró una obra muy libre, con figuras más sugeridas que pintadas. Algo patente en el cuadro del viejo ayuntamiento de la ciudad andaluza, en cuya base se sienta un grupo de personajes pintorescos. En Granada se acercó a la modernidad y también aprovechó las posibilidades de ampliar su colección de objetos con piezas de artesanía hispanomusulmán, armas, cerámicas, textiles, marfiles, muebles y cristales, incluidos en las salas del Prado.

El director adjunto del museo, Andrés Úbeda, incidió en las cuatro compras recientes de obras de Fortuny que se integran en la muestra, la última con los bienes dejados por la maestra Carmen Sánchez en su testamento, «una persona de la que aún sabemos muy poco». De la talla internacional del pintor dan fe los préstamos de 40 instituciones y particulares, como el British Museum de Londres, el Louvre de París, el Hermitage de San Petersburgo y la National Gallery de Washington. Fortuny fue un asiduo de los museos, entre ellos el Prado, donde trabajó como copista de Velázquez, Ribera y Goya para perfeccionar su estilo. Las copias también han sido incorporadas a la retrospectiva. Son detalles que definen a un artista resultón, que agrada y abre una interesante vía de conocimiento para acercarse al espíritu del orientalismo romántico y al triunfo de esta sensibilidad en la Europa del XIX.

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