Eternidad del esperanto trinitario

JESÚS NIETO JURADO

Se abrieron las puertas de la capilla ardiente. La ciudad entera fue a despedirlo, a él, a Gregorio Sánchez, uno de sus mejores embajadores en esa literatura al corazón que es la jerga más inmediata; ese código que tienen las palabras para contarnos cuánto puede tener de humor la existencia.

Durante estos días en que se nos estaba yendo, he escrito por aquí mucho y he pensado más en Chiquito de la Calzada; quizá porque se apagaba sobre Málaga una estrella, una estrella trinitaria, que nos ha visto pasar a la edad adulta. He recordado -y me he recordado- al creador de ese registro del habla, del habla más nuestra, de ese esperanto cotidiano nacido en Málaga y entendido en Ponferrada por el cual cualquier asunto perdía gravedad en los 90, y la vida ya sí se hacía un poquito más amable con un grititoo, un «jarl», con una entonación y una forma distinta de asumir en la iglesia o en los colegios de monjas que sí, que nos dijeran «pecadores» desde el púlpito. Era cuando los niños íbamos con los tazos de Chiquito en cuatricomía y redondel, como medallitas de una religión trascendental y descojonada que daban con las ‘Matutano’ de cinco duros.

Vestía elegante en estos años del ocaso tan digno, y su Málaga sabía de la incurable pena de su viudedad. Como pudo llevó esa soledad, y con gran dignidad le vimos en la casa de Bertín Osborne junto a una Paz Padilla que parecía que sólo quería las vísceras y el llanto de su amigo. A Málaga, cuando la provincia lo nombró hijo predilecto, le declaró todo el amor posible con una declaración de humildad: «gracias por acordarse de mí»; como si sus cuatro esquinas cotidianas, como si el medio ambiente que lo llevó a convertirse en el humorista por excelencia del pasado siglo, tuviera a otros candidatos más ilustres para ahijarlos.

Porque Gregorio Sánchez estos últimos años ha llevado su penar, su ausencia de Pepita,con dignidad y nobleza. Por las intrincadas calles que dan o vienen del Chinitas, se le veía de traje casi viviendo un descuento atroz. La difícil sonrisa la forzaba, sí, pero nos sonreía a pesar de todo. Toda Málaga sabía de su luto y al malagueño le bastaba con sonreirle y que Gregorio les/nos devolviese la mirada con ternura. Sin nada que decir más que el cariño y la admiración: por tantos momentos que fueron los más nuestros.

La muerte de un humorista nos deja doblemente mudos. He revivido a aquellos frames televisivos en los que esperábamos a Chiquito en horas que no eran las decentes. He recordado a «Genio y Figura» en el prime time, ya hará casi veinte años -como de todo-, cuando los niños dejábamos las faenas del colegio, las matemáticas o así, y no había nada más en el mundo que el resorte y la patadita.

Si Chiquito consiguió algo que hay que reivndicar ahora, al borde de precipicio, quizá haya sido el coser a todo un país en torno al buen humor; a un habla feliz, en años también duros. Ahora que miro hacia atrás, se me vienen los días (las noches) de Pepe Carroll y Chiquito; la estrella sobre la cual brillaba la televisión en aquellas noches que paralizaron a España con el buen rollo, la paz y el chiste. Miro hacia atrás y veo que no tiene los reconocimientos oficiales que debiera: pero sé que un país entero lo ha mirado risueño, que cuando nos cruzábamos con él por el Centro, insisto, nos sonreía sin palabra interpuesta.

Que se ha ido sabiendo del amor del malagueño y España entera. Y con eso basta.

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