Esther Ferrer entrelaza piel y cerebro en el Guggenheim de Bilbao

Pionera del arte conceptual, la artista donostiarra bendecida hoy con los grandes premios muestra nueve instalaciones inéditas

IÑAKI ESTEBAN

BILBAO. Sólo los monos se ríen unos de otros, pero se desconoce si pueden reírse de sí mismos. Son datos importantes para Esther Ferrer (San Sebastián, 1937). Apunta a los humanos como depositarios únicos de todos los matices de la risa. Matices también geográficos o raciales, pues la veterana artista conceptual cita estudios que prueban que la vocal dominante en los chinos al partirse la caja es la 'i' -«sí, como en las películas», aclara- mientras que los occidentales tienden a la 'a' y otras culturas a la 'u'.

La histórica Ferrer, ninguneada durante décadas y ahora «de moda», como dice con mucha sorna y prevención, inauguró ayer en el Guggenheim 'Espacios entrelazados', exposición con nueve instalaciones inéditas creadas desde los años ochenta hasta hoy. La más vistosa y sonora se titula 'Las risas del mundo'. Son 37 'tablets' colgadas del techo. Debajo, un mapamundi y encima de cada región, la imagen de una boca de un habitante del territorio que rompe a reír cuando el espectador se acerca.

Un poco más allá un cuartito con libros sobre la risa a la entrada -Bergson, Freud, Berger- y dentro un micrófono abierto a las carcajadas de cada cual. Quedarán grabadas y Ferrer compondrá con ellas una pieza que se escuchará el 19 de mayo. En la habitación ya hay grafitis y las paredes están abiertas a las aportaciones de los visitantes. El que cita a Charles Chaplin dice: «Un día sin risa es un día perdido».

Ferrer presentó su trabajo acompañada de la comisaria de la muestra, Petra Joos, y de Juan Ignacio Vidarte, director general del museo, que recordó la cascada de premios que ha recibido la artista desde que representó a España en la Bienal de Venecia de 1999. El Gure Artea del Gobierno vasco, el Nacional de Artes Plásticas y el Velázquez, así como una situación privilegiada en las salas del Reina Sofía, subrayan la importancia de Ferrer, residente en París desde los sesenta y pionera de la performance y del arte conceptual.

«Primero el cuerpo y luego el cerebro», apunta Ferrer para indicar la «penetración» del visitante en la exposición y las posteriores experiencias. La entrada es un estrecho pasillo lleno de plumas blancas y negras concebido para activar la piel y la percepción del espectador. «Sería mejor atravesarlo desnudo, pero entiendo que el museo no comparta este criterio», requiebra Ferrer con ironía. Quiere que de su exposición sólo quede «alguna foto y el recuerdo». La obra en sí no tiene valor. Lo adquiere en la medida en que activa la respuesta del visitante. «Por eso trabajo a lo pobre, con cuerdas, alambres y sillas baratas porque todo esto desparecerá como obra de arte y volverán a ser cosas cuando se termine la exposición», concluye.

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