Esencias catalanas

La muestra permanecerá abierta al público hasta el próximo 17 de septiembre./Fernando González
La muestra permanecerá abierta al público hasta el próximo 17 de septiembre. / Fernando González

Esta mínima selección de obras de la Fundación Francisco Godia no sólo refleja lo valioso de la colección, sino que permite adentrarnos con solvencia en distintos momentos históricos

JUAN FRANCISCO RUEDA

No llega a las cincuenta piezas, pero esta mínima selección, con algunas obras sobresalientes, da la medida de la importancia de los fondos de la Fundación Francisco Godia. La colección está conformada por más de 1500 obras realizadas desde el siglo XII hasta prácticamente la actualidad, con valiosos fondos del Románico, del Gótico y del cambio de siglo (XIX-XX), con preferencia de los creadores españoles y más específicamente catalanes, así como cerámica de los siglos XVII y XVIII. El arte sacro, tal como podemos ver en esta exposición, es fundamental en los fondos, obviamente debido al arranque cronológico de los mismos.

Aunque la idea de belleza se enuncia en el título como una suerte de médula o aglutinante de esta selección, es difícil encontrarla en buena parte de las obras que se muestran del último siglo y medio, puesto que la búsqueda de lo bello deja de ser una preocupación y un fin para los artistas de ese momento; es más, algunas obras, marcadas por el expresionismo y lo grotesco, se posicionan en las antípodas del concepto de belleza. Habida cuenta de ello, esta selección, aun pudiendo permitir una lectura amplia y global de algunos periodos y evoluciones de la historia del arte, rezuma ciertas esencias catalanas. A saber, la atención al entorno geográfico más próximo y sus momentos más deslumbrantes, como el arte medieval, especialmente el gótico, que en la Barcelona modernista fue recuperado en la arquitectura y las artes decorativas, de manera que se reformulaba y proyectaba parte de una identidad, en cierto modo, polimorfa, enriquecida a principios del siglo XX con las nociones de lo clasicista y lo mediterráneo. A esa lógica atención a lo local y a su área de influencia, aunque no sólo a éstas, como se puede apreciar aquí, la colección se constituye como ilustración del interés de la burguesía catalana por el coleccionismo y el mecenazgo de obras y empresas artísticas. En el caso que nos ocupa, el actor fundamental fue el empresario Francisco Godia (Barcelona, 1921-1990).

‘La esencia de la belleza. Obras de la Fundación Francisco Godia’

La exposición.
47 obras que dibujan un arco cronológico comprendido entre el siglo XII y la actualidad, siendo la obra más reciente, de Zhang Huan, de 2009. El conjunto está compuesto por pintura (temple sobre tabla y óleo sobre lienzo y tabla principalmente) y escultura policromada y estofada.
Comisaria.
Mercè Obón.
Lugar.
Ars Málaga. Palacio Episcopal. Plaza del Obispo 6, Málaga.
Fecha.
Hasta el 17 de septiembre.
Horario.
De lunes a sábado, de 10 a 21 h.; domingos, de 10 a 18.30 horas.

La exposición se divide en dos claros conjuntos profundamente disímiles, definidos por lo cronológico. La primera parte se dedica al arte sacro desde el Románico al Barroco, si bien las obras de este último periodo son estrictamente dos piezas. Como no puede ser de otro modo, abundan las piezas románicas y góticas generadas en Cataluña y Aragón, aunque en un número parecido al grupo compuesto por otras castellanas, de los Países Bajos, Flandes y Borgoña. Esta veintena de piezas que va desde el Románico al Barroco permite ver pervivencias y variaciones en algunas iconografías, así como evoluciones durante los cinco siglos aproximados que las amparan. Ocurre especialmente con la iconografía de la Virgen con el Niño Jesús; de la rotundidad, hieratismo y arcaísmo de las vírgenes sedentes románicas, cual virgen-trono (‘Theotokos’), a la progresiva verticalización del modelo en el Gótico, acompañada del incremento del naturalismo y de la relación madre-hijo.

La exposición se divide en dos claros conjuntos profundamente disímiles, definidos por lo cronológico

El tratamiento de los paños, progresivamente con más pliegues y movimiento, evidencia igualmente la evolución. En esa línea iconográfica, la formidable y aún goticista ‘Piedad’ de Alejo de Vahía (hacia 1500) sigue mostrando a la Virgen como soporte para su hijo, sólo que muerto. Y de ahí a la ‘Sagrada Familia’ de Pedro Berruguete, en la que la virgen deja de ser trono para adquirir el modelo de ‘Madonna’ renacentista. El delicioso ‘San José con el Niño’, de Zurbarán, nos ofrece otra visión, mucho más cargada de ternura. Y junto a ellas, tanto escultóricas como pictóricas, distintas imágenes de la Pasión, alegorías de las virtudes y de la propia Iglesia, así como personajes como María Magdalena con sus interesantes variaciones iconográficas, especialmente la ‘Asunción’ de Juan de Borgoña, en la que aparece como Magdalena penitente.

En este conjunto, apreciamos la importancia del ornamento en la estética medievalista como aporte de belleza, que desaparece en el Renacimiento, y la progresiva incorporación de la perspectiva arquitectónica. Mención aparte merece el ‘San Cristóbal’ atribuido al círculo de El Bosco, con sus seres y escenas fantásticas.

Al pasar, sin solución de continuidad, del Barroco y del Rococó –la figura de la ‘Alegoría de la Fe’ podría ser de este último periodo- a las poéticas que se desarrollaron a finales del siglo XIX, el conjunto y el discurso vuelven a situar –con justicia- al arte hecho en Cataluña en este momento como referencial. Son numerosos los artistas catalanes que nos reciben en esta parte del recorrido, muchos de ellos esenciales para comprender la introducción de la modernidad en España y los procesos de equiparación o convergencia con escenarios artísticos fundamentales del arte europeo del cambio de siglo. Por encima de otros, debemos destacar a Santiago Rusiñol, Eliseu Meifrèn, Isidre Nonell, Ricard Canals, Joaquín Mir y Ramón Casas. Todos ellos conforman un mosaico de distintas posibilidades estilísticas (impresionismo, post-impresionismo, modernismo, simbolismo y temáticas como el miserabilismo).

La colección se constituye como ilustración del interés de la burguesía catalana por el coleccionismo y el mecenazgo de obras

Después siguen desfilando otros creadores que, aunque no gozan de la misma trascendencia, han de ser considerados como piezas fundamentales del conocido como Arte Nuevo, el proceso vanguardístico que se emprende en España. Así sobresalen los nombres de Joaquín Torres García, Joaquín Sunyer –aunque la suya no es una pieza que ilustre su fundamental concurso en la configuración mediterraneísta y edénica de la Cataluña del Noucentisme, a la cual también contribuyó de manera capital Torres García–, Josep de Togores, Pere Pruna y un excelente aunque tardío retrato de Manolo Hugué –la escultura que posee la Fundación, aunque igualmente postrera, sí hubiera venido a escenificar ese apego a la pureza, lo natural, lo clasicista y lo mediterráneo de la Cataluña de los primeros compases del XX.

En este último tramo de la exposición se dan una serie de encuentros y diálogos que merecen ser destacados. En la última sala se encuentra casi una decena de retratos de distintas fechas y adscripciones estilísticas. En apenas unas décadas no sólo se transforma la representación humana, sino que conviven distintos modos de acercarse al retrato. Si en la primera parte observamos cómo son necesarios siglos para lentas evoluciones, que llevan del hieratismo a la gracia, aquí vemos cómo ese proceso se dinamita en varias décadas. No es difícil trazar relaciones entre muchos de estos artistas. Ocurre con uno de los retratos de Picasso, realizado en el cambio de siglo en Barcelona. Puede ponerse en relación con los dibujos que Ramón Casas expone en la Sala Parés en 1899, un panteón de personalidades del arte y la cultura catalanas. Picasso, apenas unos meses más tarde, fiel al reto con los maestros que mantendrá en su vida, ‘contesta’ a Casas en Els Quatre Gats con una galería de personajes de la bohemia barcelonesa.

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