De la escritora enlobada al filósofo afurgonetado

Roland Barthes /
Roland Barthes
Albas y ocasos

De Flannery O´Connor a Roland Barthes

TERESA LEZCANOMálaga

Tal día como hoy nacía Flannery O´Connor, cuya futura obra sureña la situaría entre la élite de la literatura estadounidense del siglo XX, y moría Roland Barthes, atropellado frente a La Sorbona por la furgoneta de una tintorería.

25-3-1925 a 3-8-196 Flannery O´Connor

El veinticinco de marzo de 1925 nacía en Savannah Flannery O´Connor, cuya futura obra sureña la situaría entre la élite de la literatura estadounidense del siglo XX. Después de estudiar en el Georgia State College y de ser admitida en el prestigioso Máster de Creación Literaria de la Universidad de Iowa, miss O´Connor simultaneó la redacción de numerosos cuentos con la de sus dos novelas, y en ello andaba cuando fue atacada por un lobo, no por un mamífero placentario del orden de los cánidos sino por un lupus erimatoso sistémico, enfermedad autoinmunitaria que lo mismo te inflama articularmente como un pez globo que te devora la piel a úlceras descamativas o te licua los pulmones en menos que se tarda en decir What the fuck. Huyendo del lobo voraz que por razones obvias no logró despistar porque éste ya le había catado hasta el miocardio, O´Connor se refugió en una granja situada a orillas del sureño río Oconee por aquello de las similitudes etimológicas; enclave en el que, a la vez que iba escribiendo cuando el lobo relajaba momentáneamente la presión de sus fauces, la autora criaba pavos reales por la belleza de su abanicada policromía y patos comunes por la suculencia de sus carnes. De la granja apenas volvió a salir O´Connor hasta el día de su muerte a los treinta y nueve años, salvo una vez en que viajó a Lourdes para ver si la Santa Bernadette le echaba desde su gruta una mano a ella o un manotazo al lobo que cada día la iba mordiendo con más saña, pero la virgen lourdesa debía de andar ocupada en otros menesteres o atrapada en un pisapapeles nevado, y Flannery y su mascota lobuna regresaron a la granja georgiana a contemplar los pavos reales y a comerse los patos hasta que el lupus remató a O´Connor merendándose sus riñones de un solo bocado. Oh dear.

12-11-1915 a 25-3-1980 Roland Barthes

Cincuenta y cinco años después del nacimiento georgiano de Flannery O´Connor, fallecía en París Roland Barthes, que un mes antes había sido atropellado, frente a La Sorbona donde iba a impartir y a compartir una de sus clases, por la furgoneta de una tintorería que primero lo dejó más blanco que una sábana en lejía y treinta días después más tieso que una toalla sin suavizante. Antes de ser parisinamente afurgonetado, Barthes había huido de sus orígenes filosóficos sartrianos y brechtianos para lanzarse de cabeza a la escuela estructuralista que escudriñaba el comportamiento humano como un puñado de Sherlocks Holmes sin violín y sin morfina, a la vez que se iba adentrando en el hasta entonces poco transitado sendero de la semiótica, ciencia que trata de los diversos sistemas de comunicación dentro de las sociedades humanas, y viajaba, no filosófica sino geográficamente, a la China para ser testigo sobre el terreno de las sangrientas purgas que Mao Tse-Tung, antes de ser desromanizado como Zedong, estaba llevando a cabo de ídem a rabo bajo la eufemística definición de Revolución Cultural que escabechó en supuestos tiempos de paz a sesenta y cinco millones de chinos que, aun dejando bastantes porque ya eran muchos, era una pura barbaridad que equivalía a la totalidad de la población francesa. Ya en plena notoriedad mediática por sus ensayos semiológicos y su radical renovación de la crítica literaria, Barthes fue contratado en el sorboniano Collège de France para impartir unos cursos sobre “La preparación de la novela”, y en ello estaba cuando, entre el almuerzo que acababa de disfrutar con el entonces candidato presidencial François Mitterrand y la sobremesa de aula y docencia, fue embestido por un tintorero imprudente o automovilísticamente sesteante o, según el texto ucrónico de Laurent Binet publicado en 2015 y titulado “La séptima función del lenguaje”, asesinado por una conspiración literaria en el que resultan tan sospechosos los teóricos del posestructuralismo como Foucault, Derrida o Lacan, como el entonces presidente en funciones Giscard D´Estaing… Como bien escribió el propio Barthes: “a fuerza de mirar, uno se olvida de que puede ser también objeto de miradas”.

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