Del escritor horrorizado al papa confinado, H.P. Lovecraft y Pío VII

El papa Pío VII.
El papa Pío VII.

Tal día como hoy nacía Lovecraft, obsesionado con la culpa atávica responsable de que los descendientes en una línea de sangre nunca puedan escapar de los crímenes cometidos por sus antepasados, y moría el Papa número 251 de la Iglesia Católica

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía H.P. Lovecraft, obsesionado con la culpa atávica responsable de que los descendientes en una línea de sangre nunca puedan escapar de los crímenes cometidos por sus antepasados, y moría el Papa número doscientos cincuenta y uno de la Iglesia Católica, de nombre artístico Pío VII.

H. P. Lovecraft, 20-8-1890/15-3-1937

El veinte de agosto de 1890 nacía, en la rhodisleña Providence, Howard Phillips Lovecraft, que dos años más tarde ya estaba recitando poesía y poco después leyendo y escribiendo que daba gusto verlo. En su Etapa Gótica, se dejó llevar por la influencia del horror clásico en general y del aliento de Edgar Allan Poe en particular, y creó una noche multiplicada en castillos lúgubres y dividida por desolados páramos. De ahí saltó a la Etapa Onírica, concebida y replicada en las mediterráneas Tierras del Sueño, de las que emigró a su tercera época, la de los Mitos de Cthulhu, donde su imaginación lo vinculó a los dioses primordiales y a la terrorífica infinidad de criaturas que acechan la Tierra, a la vez que lo obsesionaba con la idea de la culpa atávica responsable de que los descendientes en una línea de sangre nunca puedan escapar de los crímenes cometidos por sus antepasados, es decir que si su tatarabuelo – el de usted, no el lovecraftiano – escabechó a un independentista en la Guerra de Cuba, está usted jodido por código genético impuesto y por destino interpuesto, es lo que hay.

También nos salió el cósmicamente horrorizado H.P. (Herbert Phillips, of course, no hijo de puta, que también podría ser aunque su madre fuese más puritana que la Asamblea de Westminster, de haber llevado alguna antepasada suya una vida alegre y por aquello de la culpa atávica) bastante racista en su anglofilia confesa, que de igual manera calificaba a la raza negra como especie subhumana, asociaba la racionalidad a la piel blanca o promovía la eugenesia para los morenos y los villanos, estos últimos siempre sospechosamente morenos en sus historias.

En apoyo del ilustre escritor no faltan las voces argumentadoras de la defensa de la superioridad aria como simple costumbre de la época, como una especie de moda de que lo blanco es bueno, bonito y barato y si encuentra algo mejor será blanco también... ¿De qué me suena todo esto?

Pío VII: 14-8-1742/20-8-1823

Sesenta y siete años antes del nacimiento providenciano de Lovecraft, moría en Roma el Papa número doscientos cincuenta y uno de la Iglesia Católica, Pío VII de nombre artístico y Barnaba Niccoló Maria-Luigi Chiaramonti de coletilla familiar, no hay color, y si no que le pregunten a Lovecraft. Barnaba etcétera fue confesor del Papa antes que Papa, y cuando el sumo pontífice en funciones finó mientras huía de la ocupación romana por las tropas de Napoleón Bonaparte, a quien le daban lo mismo ocho que ochenta píos, el séptimo – Pío – fue empleado como Papa a tiempo completo y con contrato de permanencia. A su llegada al Vaticano, el antiguo Barnaba y el nuevo Pío se encontraron ambos con las arcas estatales más vacías que la memoria de Robespierre, ya que lo que se les había escapado a los franceses había sido afanado a conciencia por los napolitanos, y a ver qué hacemos ahora se preguntó Barnaba, siendo de inmediato respondido por Pío: pues una reforma monetaria para detener la inflación y una reforma fiscal para generar ingresos.

Y de paso vamos a drenar las marismas por si cultivamos alguna hortaliza; y a ver qué hacemos con los gabachos, que me han endilgado un Concordato que propone pagar todos los salarios del Clero a cambio de que juremos lealtad al Estado y cedamos nuestros derechos sobre las tierras tomadas después de 1790... Mientras me lo pienso, Napoleón se autocorona emperador y se me cabrea porque no le divorcio a su hermano pequeño Jerónimo de la americana Elizabeth Paterson para que pueda recasarse con Catalina de Württemberg y heredar el reino de Westfalia, creado ex profeso para el benjamín. Después me coloca a su hermano mediano José como rey de Roma, aquél del que hablando siempre por la impía puerta asoma, y cuando me pide incluir a los Estados Pontificios en la alianza continental contra Inglaterra y escudo mi negativa tras la neutralidad del “Pastor universal”, los gabachos me reocupan militarmente Roma y yo los excomulgo, y ellos me encarcelan y yo los reexcomulgo y ellos no me reencarcelan porque ya me tienen preso, y dicen que el cautiverio me vuelve un poco orate y que erro por los rincones palaciegos de Fontainebleau llamando a Bonaparte mi hijo querido y delirando en alternancia temática... Qué alivio lo de Waterloo, oiga.

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