Del escritor aventurero al pintor condecorado. Joseph Conrad y Auguste Renoir

Albas y Ocasos

Tal día como hoy nacía Joseph Conrad, cuyos personajes viajaron del Corazón de las Tinieblas a la Línea de Sombra, y moría Auguste Renoir después de revisitarse en el Louvre para recordar épocas y cuadros remotos

Renoir/
Renoir
MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Joseph Conrad, cuyos personajes viajaron del Corazón de las Tinieblas a la Línea de Sombra, y moría Auguste Renoir después de revisitarse en el Louvre para recordar épocas y cuadros remotos.

Joseph Conrad. Del 3-12-1857 al 3-8-1924

Tres de diciembre de 1857. Nace en la Ucrania de hoy, la Polonia de ayer y la Rusia imperial correspondiente a la época, Teodor Józef Konrad Naleczh Korzeniowski, que ingresaría en el olimpo de las letras inglesas con el nombre ya recortado y britanizado de Joseph Conrad. Su temprana orfandad le encaminó a la carrera marítima, primero en un velero francés y posteriormente en la marina mercante británica, en la que permaneció dieciséis años surcando mares y océanos y rastreando material literario en fase aún embrionaria. Ya licenciado de sus aventuras marítimas, Conrad empapeló literalmente la vulnerabilidad y la inestabilidad moral del ser humano en historias precursoras del modernismo en las que sus personajes viajaban desde El Corazón de las Tinieblas a La Línea de Sombra, mientras su autor surcaba los mares siniestros de la depresión y como el Kurtz navegante de su corazón tenebroso repetía ¡El horror!, al mando de una fragata llamada melancolía que capitaneó como pudo hasta que el miocardio vagabundo e isleño se le infartó en letales interrupciones sanguíneas. En su lápida del cementerio de Canterbury hay tres erratas en el nombre de origen y un epitafio que se le tomó prestado a Edmund Spenser: “El sueño tras el esfuerzo/ Tras la tempestad el puerto/ El reposo tras la guerra/ La muerte tras la vida harto complacen”. En Canterbury, además de la tumba de Conrad, hay un arzobispo homónimo – de la ciudad, no del escritor, of course – que lidera la Iglesia Anglicana desde su catedral Patrimonio de la Humanidad, una Universidad Europea de Kent, y unos Cuentos medievales que son como el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita o el Decamerón de Boccaccio, pero en versión british. Cuentos de Inquietud, que diría Conrad el viajero.

Auguste Renoir. Del 25-2-1841 al 3-12-1919

Sesenta y dos años después del nacimiento imperialmente ruso de Conrad, muere en su propiedad de Cagnes-sur-Mer, departamento francés de Alpes marítimos, Pierre Auguste Renoir, pintor figurativo que, tras haber centrado su obra en el impresionismo puro, evolucionó, influido por el renacentista Rafael, hacia un estilo de realismo libre que libérrimamente lo impulsó a emprender más de cuatro mil cuadros en los que lo mismo te servía un bodegón que un desnudo femenino, un retrato manierista que un paisaje invernal, unas danzas orientales que una naturaleza muerta, una escena mitológica que una calle de pueblo provenzal. Renoir comenzó en el arte abanicándose, no de modo literal sino decorando abanicos para ganarse el sustento mientras llegaba el éxito pictórico, que le alcanzó bien pronto con la primera obra que expuso en el salón de Bellas Artes, un cuadro titulado Esmeralda 1864, que Renoir destruyó tras la exposición en un arranque de renoirismo agudo ante las críticas recibidas por sus obras posteriores. Después de varios años de impresionismo extremo y no menos extrema miseria, Renoir consiguió forrarse, monetariamente hablando, retratando a familias ricas que querían verse artísticamente colgadas en sus mansiones mientras tomaban el té, y esta bonanza económica le permitió a su vez al artista viajar y evolucionar en sus experimentos pincelados lo suficiente para que el Estado francés le concediera la Legión de Honor, que el pintor inicialmente rechazó por principio y después aceptó porque, como diría Groucho Marx, “estos son mis principios, si no les gustan tengo otros”. Ya con la Legión de Honor en mano se rompió la ídem, además del brazo entero, al caerse de una bicicleta, que las condecoraciones alimentan el ego pero no escudan los huesos, y ahí comenzó su decadencia física mientras su reputación artística seguía un camino inversamente proporcional al declive biológico y lo lanzaba a exponer pictóricamente a lo largo, ancho y alto de Europa y hasta en las profundidades de los Estados Unidos. Sus últimos cuadros los difuminó por él la poliartritis reumatoide que de enemiga había conseguido convertirse en cómplice y, antes de que una congestión pulmonar le inundara los alveolos en irreversibles edemas, le dio tiempo de revisitarse personalmente en el Louvre para recordar épocas y cuadros remotos. Y se gustó, pero mucho.

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