Elgar firma su única viñeta triste

Elgar, en su estudio, en una fotografía de archivo. /Salvador Salas
Elgar, en su estudio, en una fotografía de archivo. / Salvador Salas

El humorista gráfico, que publicó más de 25.000 ilustraciones, fallece en Málaga a los 91 años

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Un falló multiorgánico firmó en la madrugada del jueves al viernes la única viñeta triste de Manuel García Duarte, decano de los humoristas gráficos. No soltó el lápiz hasta que la vista y la memoria comenzaron a fallarle en 2015, unos meses antes de cumplir noventa años. «Me doy de baja con mucha pena, pero no puedo seguir», confesó entonces. Elgar, apodo formado por el final de su nombre y el inicio de su primer apellido, se retiró acumulando más de 25.000 dibujos trazados con el feliz objetivo de arrancar sonrisas, cuando no carcajadas, que oscilaban entre la mordacidad y la ternura. Construyó una galería de personajes rápidamente identificables, eficaces como un chiste directo, despojado de artificios y estridencias; oficinistas, señoras deslenguadas, políticos, vagabundos, tipos espigados embutidos en chaquetas de otro tiempo y niños a menudo más osados que inocentes componen un universo fascinante que durante setenta años encontró un hueco diario en las páginas de SUR.

Sus retratos encierran la historia de España desde la posguerra hasta el final del bipartidismo, desde el fax hasta Internet. Las viñetas de Elgar sobrevivieron al franquismo, se atrevieron a ironizar sobre la Transición y cuestionaron la gestión municipal hasta ponerla contra las cuerdas en más de una ocasión. Tras aquellos trazos se escondía un hombre tímido y humilde que durante cuatro décadas trabajó primero como administrativo y luego como gerente del Colegio de Aparejadores. «Soy un mal dibujante y por eso no cambio tanto de personajes», comentaba quién sabe bajo qué porcentaje de sentido del humor y verdadera modestia. Era un malagueño nacido en El Araich en 1926, cuando la ciudad marroquí estaba bajo protectorado español. Hijo pequeño del apoderado del Banque d’Etat du Maroc en Alhucemas, emigró en su juventud, cuando «el futuro no tenía futuro».

Por sus primeras viñetas cobraba diez pesetas, aunque hacer reír, pensaba, no tenía precio. Heredó el oficio de su hermano mayor José Luis (Garay), que fue llamado a filas. Ocupó su vacante en Chaveas, el suplemento infantil del periódico La Tarde, y ya no faltó a su cita diaria con el folio en blanco hasta más de siete décadas después. En 2015 recordaba así su estreno: «El director, Antonio Gallardo, se empeñó y a base de insistir me fui defendiendo poco a poco», aunque reconocía que su afición de verdad era «escribir cuentecillos de humor, que es lo que hacía al ayudar a mi hermano en los pies de los dibujos». Posteriormente comenzó a colaborar en SUR, donde destiló su humor gráfico hasta colgar las botas por prescripción médica cuando el centenario comenzaba a asomar en su horizonte curvilíneo.

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Elgar autoeditó los libros ‘This brief world: Spanish humor in cartoons’ (1965), ‘Mens sana in corpore insepulto’ (1974) y ‘Vete a hacer viñetas’ (1979) y es autor de ‘La transición en bragas’ (Planeta, 1984) y ‘Planeta Elgar’ (Grupo Editorial 33, 2009). En 2007 recibió el homenaje de la Asociación de la Prensa de Málaga, una distinción sobre la que volvió a volcar su peculiar ironía: «Sin ser periodista tengo esta medalla; sin ser aparejador soy aparejador de honor; sin ser malagueño soy malagueño del año, y sin conocer Mijas, van y un día me ponen una calle». Aunque hay quienes perdieron el tiempo tratando de encasillarlo, Manuel García Duarte no libró más batallas que la de tamizar la cotidianidad a través de su sentido del humor, aunque hace casi tres años confesaba a SUR: «¿Yo, facha? Eso es lo dice mucha gente, pero no he sido ni franquista ni monárquico y Rajoy se lleva sus palos. Me considero un republicano de derechas y un hombre religioso».

Respeto y aprecio

Además de granjearse el respeto y el aprecio de la profesión periodística, con tendencia al cainismo, Elgar contaba con una larga lista de admiradores ilustres como Mingote, Forges o los hermanos Idígoras. Cela le enviaba dedicados todos sus libros. En una de las cartas que se cruzaron, Manuel Alcántara le escribió tras repasar algunas de sus viñetas: «Perdona el retraso. No te he contestado antes porque estaba riéndome. Hay historias gráficas, frases ilustradoras, eso que llaman chistes, verdaderamente memorables. Cada vez mejor, y andaluz, inequívocamente. Lo he pasado muy bien y te lo agradezco mucho». Fue el poeta y articulista malagueño quien pidió que el Certamen Nacional de Viñetas Periodísticas convocado por la Asociación de Periodistas de Málaga y la Fundación Manuel Alcántara llevara el nombre de Elgar.

Todavía ahora, más de dos años después de su retirada forzosa, las viñetas de Elgar mantienen vigencia y funcionan como una lupa de aumento sobre la realidad política y social de España. Dibujantes y humoristas de diferentes generaciones lo consideran un maestro, puente entre las primeras viñetas impresas de la posguerra y el humor gráfico actual. El impacto de su trazado y el sentido del humor de sus textos hicieron que Forges cuestionara «si una imagen vale más que mil palabras o una palabra vale más que mil imágenes».

Manuel García Duarte falleció en el Hospital CHIP de Málaga, donde llevaba dos semanas ingresado, aquejado de problemas en los riñones. La misa funeral tiene lugar hoy a las nueve de la mañana y a continuación será incinerado.

Un matrimonio curtido en mil vaivenes

En una ilustración que le rinde homenaje, Rafael Vega (Sansón) dibujó a un humorista gráfico ante la mesa de Elgar, tras quien hay almacenadas miles de viñetas. «Vaya, creo que este chiste ya lo he hecho antes. Busca ahí detrás, a ver si lo localizas». Para el humorista malagueño, sin embargo, su mayor conquista no era su vasta obra gráfica, sino un matrimonio curtido en mil vaivenes. Se casó con Ana, nueve años menor, cuando ella tenía 15: «Mírala, era de las niñas más guapas de Málaga, pero hoy seguro que me habrían metido en la cárcel por pederasta», ironizaba tras siete décadas de relación. «Casi siempre hemos podido ahorrar y nos ha gustado tener una segunda casa, como ahora en Rincón, donde guardo muchos libros. Con tanto aparejador conocido, ya me dirá si lo teníamos fácil», explicaba. Ana conservaba todas sus viñetas, cuidadosamente guardadas y ordenadas en cajas.

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