Divinas coincidencias flamencas bajo el Terral

Flashback

Rocío Molina y la compositora Silvia Pérez Cruz lanzan juntas algo que será de lo mejor que veremos en todo 2018

Rocío Molina, el pasado enero, en el Cervantes. /Ñito Salas
Rocío Molina, el pasado enero, en el Cervantes. / Ñito Salas
Txema Martín
TXEMA MARTÍN

La que se describió como una «divina coincidencia» entre la bailaora malagueña Rocío Molina y la cantante y compositora Sílvia Pérez Cruz se produjo en un avión que iba de Barcelona a Sevilla el 22 de mayo de 2017. Las dos habían sido espectadoras de sus respectivos espectáculos, pero jamás se habían conocido en persona. Tuvieron una conversación empecinada en la timidez y en el respeto, y partir de aquel encuentro algo cambió. Ese encuentro fortuito de dos personas que se admiran fue detonante en primer lugar de un salto al escenario de Rocío Molina esa misma noche.

Fue para improvisar un baile durante el concierto de Sílvia Pérez Cruz en el Teatro Lope de Vega dentro de la gira ‘Vestida de nit’, un espectáculo del que por cierto podremos disfrutar en Málaga el 1 de junio, en el Teatro Cervantes; las mismas tablas que han anunciado esta semana que también serán escenario del fruto de la unión de estos dos imponentes talentos internacionales de la música y del baile y que, unidas por el cordón umbilical invisible que nos une con lo que más nos gusta, han lanzado juntas algo que será de lo mejor que veremos en todo 2018 y que nos pillará cerca, el 7 de agosto, en plena canícula. En pleno Terral: ‘Grito pelao’ es el espectáculo que proponen juntas (no ha sido el único) y llegará a Málaga tras el estreno mundial en el festival de Avignon, acompañadas por una tercera mujer que es Lola Cruz, madre de la bailaora, y que completa una tríada que tiene como argumento la maternidad: «Una mujer sin pareja y lesbiana quiere tener un hijo. Esa mujer quiere implantarse un óvulo propio inseminado in vitro. Esa mujer es bailaora y quiere hacer una obra que hable del anhelo de tener un hijo».

No será desde luego la última cita flamenca que tendremos bajo el Terral, un festival de verano que cumple 14 años y que organizan los teatros municipales. Tampoco la única que tiene a las mujeres como protagonistas. Antes, el 24 de junio, se sumará a la cita la onubense Rocío Márquez, otra renovadora del cante que ha captado la atención de crítica y de públicos que trascienden el flamenco tradicional, en el que ella es una consolidada. Se dio a conocer en 2007 tras ganar la prestigiosa Lámpara Minera y, una vez alcanzados los dominios de los cantes antiguos, se ha inclinado por el camino más difícil pero el que alberga las recompensas más profundas. Después de trazar su debut con un homenaje a Pepe Marchena en ‘El niño’, su segundo disco, ‘Firmamento’, ha recibido aplausos de todas partes, incluso de los más recónditos ámbitos del cante que se han rendido ante un disco que no es ortodoxo sino absolutamente original, que prescinde de guitarras, surgido por un encargo junto al trío de jazz Proyecto Lorca.

Sus canciones van de la tradición a lo popular, con letras políticas como aquella dedicada al polo químico de Huelva (‘Son flúor tus ojos’). Sus directos, dicen, son una joya. Y algo parecido dicen de otro portento como Soleá Morente, confirmada para el Cervantes el 5 de julio junto a Napoleón Solo, y que ha puesto su linaje a disposición de la vanguardia flamenca que en este caso tira más por el pop, por el sintetizador y el autotune pero sin desmerecer toques de jazz o de cante puro. Por último, y quizás en otro nivel porque con la excusa del ‘flamenquito fusión’ se han cometido en nuestro país grandísimas horteradas, llegará el espectáculo Flamencohen el 26 de julio y que, con la dirección de Alberto Manzano y Paula Domínguez, en la voz pretende ser un homenaje a Leonard Cohen y a los flamencos que se han atrevido a meterle mano a su repertorio, con desiguales resultados.

Retomando la metáfora del cordón umbilical, si quisiéramos trazar un esquema de las voces y los bailes que renuevan el flamenco de hoy hacia nuevos caminos nos saldría algo parecido a un árbol genealógico, un montón de raíces entrecruzadas que disparan caminos a todas partes y que tienen como protagonista a puñado de nombres relacionados entre sí por divinos encuentros como estos. Hace muy bien el Cervantes en convertirse en promotora de estos acercamientos a los nuevos caminos que emprenden nuestras mismas raíces.

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