UNA DISPARATADA CORRIDA DE LAS RAMBLAS

BARQUERITO

Nunca se había devuelto por manso un toro en Madrid. Un toro de 600 kilos del hierro de Las Ramblas que en pos del cabestraje volvió virgen a corrales. Ni un mero capotazo siquiera. Disparatadas hechuras, como las de casi la corrida entera. Los trotes del toro en su intento vano de salir de escena se subrayaron con runrún de acontecimiento. Cundieron algunas protestas en localidades de espectadores de ocasión. Para sorpresa de quienes seguían la operación con los ojos bien abiertos, al cabo de unos cinco minutos de espera, el presidente sacó el pañuelo verde que remite al corral los toros inválidos o mutilados. Este no lo estaba ni lo era. La decisión del palco contravino el reglamento. Cobró cuerpo entonces la primera bronca de la feria.

El sobrero, del hierro de José Cruz y sangre Jandilla, fue, por cierto, un toro de excelente son. Uno de los tres toros de mejor nota en lo que va de feria. Con él una faena larguísima, muy desigual y muy de más a menos de David Mora, que abrió de rodillas y por alta en tablas, se entregó en dos tandas primeras en redondos y, descubierto por el viento, perdió de golpe el rumbo.

El tronco cilíndrico del toro de Las Ramblas que partió plaza, el menos ofensivo de los seis titulares, fue una rareza. Igual que su conducta extravagante. Corto de cuello y manos, el toro se movió mucho, arreando con temperamento cuando tomó engaño por abajo. Volvía contrario, estuvo fijo en la pelea, se puso andarín, David Mora se acopló en el arranque y en el final de una prolija faena de tres tramos.

El segundo, descarado, muy astifino y bizco, fue el primero de las cinco moles que iban a ir desfilando después. Lo fijó con Juan del Álamo con lances despaciosos, encajados, de ancho y limpio vuelo, José Garrido remató un sucinto quite con una preciosa media, Jarocho banderilleó con pureza y riesgo, y luego vino una faena muy afanosa del torero de Ciudad Rodrigo, que le encontró al toro el cómo -perdiendo pasos y abriéndolo- y el dónde, junto a la segunda raya y por fuera, en paralelo con ella. Distraído, incierto, con más pies que celo, la cara a media altura, salidas sueltas de suerte, sin entrega pero peleón, escarbador también, no se prestó el toro a mayores. Estuvo seguro, entero y firme Del Álamo. Demasiado pequeña la muleta para gobernar toro tan mayúsculo. Demasiado largo el trasteo: un aviso antes de la igualada. Y una buena estocada.

Entró en barrena la corrida, apenas aligerada por el sobrero. El tercero, tan corto de cuello como el raro primero, tardo y escarbador, incierto, viajes gateados sin emplearse, fue muy deslucido. Garrido anduvo sereno sin más. Le esperaba en su segunda baza -y última porque era la segunda de sus dos tardes en San Isidro- un feísimo pavo, cornalón, agresivo pero a la defensiva. Habría procedido una faena de castigo o aliño. El quinto, 643 kilos, fue un gigante disparatado: los pechos frondosísimos tan ajenos a la estampa propia de la bravura en una ganadería de encaste Salvador Domecq, cuello, morrillo y colgajo fundidos en una sola pieza. Frío de salida, picado en las dos puertas en todo lo alto, pero ni cuatro puyazos lo hicieron descolgar. Fue toro sin segundas intenciones, pero es que no cabía en los engaños.

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