DILUVIO DE OREJAS EN PAMPLONA

BARQUERITO

Los tres primeros toros de la corrida cinqueña de Victoriano del Río, uno negro, otro salinero y un tercero retinto, salieron buenos. El primero, acodado, muy bien rematado, metió la cara sin duelo y dócilmente. Epítome del toro babosa pero encastado: ni un mal gesto, ni una prueba, ni un negarse. Castella brindó a la memoria de Iván Fandiño desde el platillo. Se santiguó con la montera dos veces, llevaba brazalete de luto. Y, enseguida, más que a gusto: en el saludo de capa, a pies juntos y en línea antes de dos recortes de su firma, y en una faena ni breve ni larga pero de tandas muy abundantes, más acopladas por la mano diestra que por la zurda, y rematadas por sistema con dos cambiados.

Dos estatuarios de apertura cosidos con otros tantos naturales a pies juntos, muy del repertorio mexicano, y el de pecho fueron la única sorpresa de una faena patrón y muelle. El toro, traído y llevado como un niño en un columpio. Una notable estocada. Y la primera de las que iban a ser cinco orejas de la tarde. Por el balance parecería un acontecimiento. No lo fue. Una presidenta muy dadivosa tendría tomada la decisión de repartir premios como fuera. Parecía quemarle en las rodillas el pañuelo blanco.

El segundo toro, salinero o castaño salpicado, abierto de cara, fue de una velocidad sobresaliente. Se lo pensaba un poco antes de galopar, se emplazó de partida, pero el galope era de vértigo. Como si tomara carrerilla. Romaneó y derribó en la primera vara, sangró bien en la segunda -gran puyazo de Tito Sandoval, el caballo de frente, la vara larga-, persiguió de bravo en banderillas y no paró de atacar. En los muletazos de abajo arriba protestaba, y si enganchaba tela, también. Cuando se aburrió, se soltó, pero volvió a la pelea, enterró pitones, cobró un volatín entero cuando ya estaba acabando faena un López Simón firme, seguro y valeroso, ileso tras una voltereta, y sin sentido de la medida. Sesenta y tantos muletazos. Una estocada hasta el puño, de alto riesgo y saldada con cogida sin cornada. La segunda oreja.

La tercera pudo haber caído con peso y razón en manos de Ginés Marín, que no se animó a cruzar ni a pasar con la espada y dejó sin remate, y sin final, una faena entre redicha y candorosa, ni compleja ni sencilla, a un tercer toro de corrida que sacó por la mano izquierda mejor estilo que ninguno y planeó. Un toro descarado -uno de los tres de armas mayores- pero de particular fijeza y claro son. Marín lo toreó de capa a compasito. Sobró una media verónica de rodillas a destiempo y apurada, para la galería.

En una faena tocada por la gracia y el hábil manejo del engaño abundaron los gestos para la galería -miradas, golpes de cuello y mandíbula, guiños al tendido, mucho gesticular-, pero lo importante fue una primera mitad en los medios y dos tandas con la izquierda cortas pero de quilates. La segunda mitad fue de logros menores, espaciada y calentita. Tres pinchazos, una buena estocada y una vuelta al ruedo por decisión propia. Las otras tres orejas vinieron en la segunda parte de corrida, con toros menos propicios que los tres primeros. Un cuarto veleto, descaradísimo, del hierro de Toros de Cortés, percha descomunal, extraordinariamente distraído. Castella se empeñó en vano. Un aviso antes de entrar a matar. Y, el verduguillo sin afilar, estuvo a punto de sonar el tercero.

El quinto, playero, de los que no caben en la muleta pero cupo, recibió de López Simón trato más seguro que brillante en una faena larga. Listo el torero de Barajas para atender a las mutaciones del toro, que las hubo. Una estocada desprendida pero letal. Oreja al canto. Y dos más para Ginés Marín para una estocada de efectos todavía más letales que hizo rodar sin puntilla al sexto, que salió a cañón, fue el menos ofensivo de la corrida -pero también lo era- y no planteó problemas mayores.

En el juego de torear para el tendido y para el toro volvieron a alternarse las dos cosas. Una buena apertura por banderas y trincherillas, una tanda de caro remate; y el cuerpo luego de una faena al hilo del pitón pero de muletazos de muy delicado trazo, tandas breves o cortadas, mucha plaza recorrida, un final por manoletinas, deslavazada la cosa. Y, sin embargo, una segura manera de pisar.

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