El desparpajo

Juan Francisco Gutiérrez
JUAN FRANCISCO GUTIÉRREZMálaga

Confieso una rara admiración hacia quienes saben mentir con desparpajo. Sí, a esas personas a las que no les tiembla una ceja, ni un párpado. Que encajan la mandíbula con la sonrisa perfecta y los ojos como brótolas. A las que ni un lagrimeo de más les estorba su mal paso. A quienes la frialdad, desfachatez para otros, les hace impermeables a cualquier chaparrón: una lluvia de reproches que, si acaso llega, apenas les cala. Los mentirosos practican sobre terrenos conocidos y juegan siempre bajo cubierto. Son expertos en todo tipo de superficies, en las duras por aquello de su rostro, y en las de hierba porque esta no vuelve a crecer a su paso, no al menos con el mismo verdor verdadero.

Conste que llamar mentiroso a alguien es cosa muy fea, y así nos va. Está peor visto el juicio justo a bocajarro que las mentiras, sean piadosas o escandalosas. Nos pierden las buenas maneras frente a las malas versiones de la realidad. Ante el engaño solemos optar por no liarla: o nos hacemos los suecos y pasamos del tema, ohm; o nos hacemos los madrileños y bailamos al son del organillo sobre una baldosa, con la cabeza vuelta para al final encontrarnos de nuevo, al poco, frente a la misma cara de quien nos contó la trola. Mareados por el chotis y con la lengua mordida. Quien nos mintió habrá perdido nuestra credibilidad, vale, pero nosotros habremos perdido la oportunidad de cantarle las cuarenta a costa de ganar en paz interior. Por lo común renunciamos a nuestra carrera cantora, ay, y nos negamos a dar el do de pecho por mor de mejorar nuestra empatía y no desafinar.

Pero eso sí, admirando el desparpajo de quienes no se arredran y sostienen sus bulos y cuentos frente a viento y marea, más aplaudo a quienes combaten con elegancia la maestría en cinismo propia de los mentirosos habituales. Vale que a todos nos pierda alguna vez la boca soltando mentirijillas, pero no todos somos capaces, por cobardía o pudor, de descorrer el velo del engaño con lengua de hierro y guante de seda. Qué envidia: quizá es que han hecho un máster en asertividad.

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