Delirio boquerón

Crítica de arte

Ricardo León nos invita a un viaje en el que revisita, a travésde una estética muy cuidada y de una serie de mitos, la Costa del Sol delos años ochenta. Desde el humor y el delirio ejerce un análisis social

Vista general de la exposición en la Facultad de Bellas Artes./Cristian Ruiz y Manuela Sessarego
Vista general de la exposición en la Facultad de Bellas Artes. / Cristian Ruiz y Manuela Sessarego
JUAN FRANCISCO RUEDA

Traspasar el umbral de la sala de exposiciones de la Facultad de Bellas Artes supone realizar un viaje en el tiempo. Bien es cierto que no muy lejos, concretamente a la Costa del Sol de los años ochenta, pero ese ejercicio de inmersión, a través de relatos fabuladores y delirantes, nos provee de perspectivas sobre ese momento y ese lugar que no suelen aparecer cuando nos atrevemos a recordarlos. Quien lo posibilita es Ricardo León (Málaga, 1993), que en su primera exposición individual vierte, sin prejuicios y con una libertad afortunadamente temeraria, asuntos en torno a los mitos de aquella Costa del Sol y a distintas manifestaciones culturales de aquella década. El proyecto de León es extremadamente singular y excéntrico. Ha de destacarse, en primer lugar, cómo vida y arte están indisolublemente unidos en su caso. El artista se ha configurado, en su día a día, como el personaje central que puebla sus fabulaciones, ambientadas décadas atrás: él en sí mismo, 'a tiempo completo', es la primera pieza de su proyecto artístico.

Estas ficciones están marcadas por el sentido del humor, de tal manera que la revisión que hace de ese periodo, no vivido por él pues nace en 1993, es profundamente paródica. Como protagonista principal se auto-representa y actúa en una serie vídeos y de imágenes (pósters, carátulas de discos y de películas en vídeo del extinto formato VHS, cómics) que, en ese delirante ejercicio de 'revivalismo', hace resucitar e introduce elementos y géneros que tenemos vinculados a ese espacio-tiempo. Es el caso del videoclub que levanta –uno de los 'templos sociales' e icono de los ochenta–, en el que las cientos de películas que se presentan, con sus respectivas carátulas, están protagonizadas por el artista en diversos papeles, como el del «cazador», una especie de desenfadado galán ibérico con la estética hortera de aquel momento, o el de un detective envuelto en tramas ambientadas en la Costa del Sol en las que se mezcla la ciencia-ficción, la delincuencia y el sexo. Justamente, estas películas suponen una síntesis del cine de serie B y Z, de las teleseries de investigadores privados y, en parte aunque muy matizado, del cine del destape que tuvo precisamente en Málaga un 'plató' privilegiado. Recupera también formatos televisivos que abundaron a partir de la implantación de las televisiones privadas y locales, ya en los noventa; espacios que se dedicaban a los contactos y a las confidencias y en los que se podía participar llamando a los teléfonos sobreimpresionados. León se apropia de esa estética y de esta tipología de programas para incluir locuciones que nos dibujan una sonrisa al calibrar el grado de ridiculez que se empleaba en aquellos formatos.

El artista convierte la sala de exposiciones en una gran instalación ambiental que, desde que accedemos, nos envuelve escenográfica y sonoramente, haciendo más fácil que podamos emprender ese viaje al pasado. Además de los guiños o citas concretas, como la recreación de un chiringuito o merendero, del videoclub, de esos programas y películas, de la aparición de rótulos luminosos, de la estampación en algunas paredes de la trama de amebas que ocupa el icónico suelo del mítico Hotel Pez Espada o de la ambientación de parte del espacio como una sala de fiestas, en la que no faltan las elementales cortinas rojas, León ha procurado, en aras de la verosimilitud –de no ser así no nos embarcaríamos en ese viaje-, cuidar todos los detalles que participan en la exposición, lo que confiere ese aire evocador. Esto es, las películas se proyectan en voluminosos televisores antiguos y no en pantallas planas y, como cabría esperar, mediante reproductores de vídeo; la estética de las imágenes no cuenta con la definición actual y aparece puntualmente aquella imagen de la 'nieve' cuando se perdía la señal; o el 'atrezzo' y el 'figurinismo', que se ajustan a la imagen de aquel tiempo, abundando objetos (ceniceros o estanterías metálicas) e imágenes no sólo reconocibles, sino que muchos de los que vivimos en esas fechas llegamos a poseer. Todo conduce a cierto sentido obsolescente que abre la puerta a la memoria o a la melancolía.

En ese ejercicio de recuperación del imaginario, revisita algunos de los mitos del conocido como «estilo del relax» (cúmulo de manifestaciones artísticas que, con cierto 'aire de familia', se dio en la Costa del Sol a partir de los cincuenta). Aparecen, entre otros, el Club de buceo Aqua-Tec, en Carvajal (Fuengirola), y muy especialmente el Hotel Pez Espada, en cuyo icónico 'lobby', al igual que en la escalera, se graban varias escenas de uno de los vídeos. También se introduce una mesa de televisor, con evidentes rasgos del diseño 'del relax', así como neones de algunos de los hoteles donde este estilo se proyectó con más 'encanto'.

Una de las virtudes de este delirante universo, anclado en el pasado reciente de nuestra geografía, es la capacidad de arrojar una visión sobre ese tiempo y sobre cómo 'hemos evolucionado' en distintas actitudes. Ocurre en cómo León replica la continua y burda alusión que se hacía a la mujer como reclamo sexual –hoy persiste pero más subliminal. Aunque esas imágenes se amparan en lo que tienen de rememoración de un tiempo pasado, ciertamente León se arma de valentía para incorporarlas en estos tiempos de corrección política, de asepsia, de autocensura y en los que se confunde la realidad y la ficción. Esto también ayuda a dar una visión de nuestra sociedad en comparación con aquélla. Otra de las virtudes radica en cómo desde el humor, el delirio y la fabulación se puede proyectar cierto análisis social.

Ricardo León. 'The Gift'

La exposición: Es una propuesta multidisciplinar que se materializa al modo de una gran instalación ambiental ('environment'), compuesta por otras pequeñas instalaciones. El artista recrea escenarios y espacios, introduce imágenes creadas o modificadas por él, en las que generalmente se auto-representa, y, sobre todo, proyecta vídeos que él protagoniza replicando distintos géneros. Comisario: Carlos Miranda. Lugar: Sala de exposiciones de la Facultad de Bellas Artes. Plaza de El Ejido s/n., Málaga. Fecha: Hasta el 27 de abril. Horario: De lunes a viernes, de 9.00 a 14.00 y de 16.00 a 21.00 h.

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